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Democracias a medida

Desde sus orígenes atenienses el ideal democrático de sociedad ha tendido a la universalización sin resolver las paradojas que impiden su pleno logro. El actual establishment occidental decide y tolera guerras e invasiones en nombre de las libertades. Y contradice su propia exigencia de elecciones libres como condición para el reconocimiento de otros gobiernos cuando los resultados –el nacionalismo islámico en Palestina o Irán, el gobierno bolivariano de Venezuela, el triunfo de Preval en Haití– contrarían sus intereses.

Presentada a menudo como el mejor de los sistemas políticos, la democracia fue durante mucho tiempo una forma rara de gobierno. Dado que ningún régimen responde totalmente al ideal democrático, que implicaría una honestidad absoluta de los poderosos respecto de los débiles y una condena verdaderamente radical de todo abuso de poder. Y que hay que respetar cinco criterios indispensables: elecciones libres; existencia de una oposición organizada y libre; derecho real a la alternancia política; existencia de un sistema judicial independiente del poder político, y existencia de medios libres. Aun así, algunos Estados democráticos, como Francia y el Reino Unido, negaron durante mucho tiempo a las mujeres el derecho al voto, y además eran potencias coloniales que pisoteaban los derechos de los colonizados.

A pesar de esas fallas, este método de gobierno tuvo tendencia a universalizarse. Primero bajo el fuerte impulso del presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson (1856-1924). Pero sobre todo después del final de la Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética. Entonces se anunció “el fin de la historia” con el pretexto de que nada se oponía a que todos los Estados del mundo alcanzaran un día los dos objetivos de la felicidad suprema: economía de mercado y democracia representativa. Objetivos que se convirtieron en dogmas intocables.

En nombre de esos dogmas, George W. Bush estimó legítimo recurrir a la fuerza en Irak. Y autorizó a sus fuerzas armadas a practicar la tortura (...)

Artículo completo: 905 palabras.

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Ignacio Ramonet

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