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Anna Seghers o la ética del silencio

Los “remigrados” en la RDA

Para los artistas e intelectuales que, después de 1945, decidieron regresar a la que sería desde 1949 la República Democrática Alemana (RDA), el imperativo era ayudar a construir el socialismo. La lealtad en sus convicciones los llevó a guardar silencio, pese a sus desacuerdos. Entre ellos, Anna Seghers, autora de Transit.

Anna Seghers (1900-1983) se salvó del fin de la República Democrática Alemana (RDA) el 3 de octubre de 1990. De haber vivido algunos años más, la novelista ciertamente hubiese firmado la convocatoria lanzada el 28 de noviembre de 1989, iniciada por la escritora Christa Wolf, a favor del mantenimiento de una Alemania del Este fiel a los valores socialistas. Al proyecto de reunificación del canciller Helmut Kohl, los firmantes le opusieron el de una RDA “no como había sido, sino como habría debido ser”. ¿Una utopía? Tal vez. En vísperas del trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, ya nadie se atreve a cuestionar la legitimidad de la reunificación alemana. Aquellos que habían justificado la existencia de la RDA consideraron igualmente fundamentada su desaparición. El orden establecido siempre reviste las apariencias de lo racional. Pero también es cierto, como lo recordaba en junio pasado el escritor Christoph Hein durante el Festival de Verano celebrado en el cementerio de la Chausseestrasse, en Berlín, delante de la tumba de Anna Seghers y no lejos de la del dramaturgo Bertolt Brecht, que “aquí está enterrada una generación que se sacrificó por un porvenir que ya nadie quería”. Una generación doblemente vencida, por haber caído casi en el olvido, cuando no se encontraba en el banquillo de los acusados.

De esa generación que volvió del exilio después de la Segunda Guerra Mundial, como Brecht, los escritores Stephan Hermlin y Arnold Zweig, el historiador de economía Jürgen Kuczynski –por citar a algunos–, Anna Seghers es probablemente una de las figuras más representativas. Su lealtad hacia el régimen comunista, reforzada por su elección de retornar a esa parte de Alemania, parece haberla condenado a observar una “ética del silencio” que le fue reprochada después de la caída del Muro. Y sin embargo, cuando se confronta su correspondencia con los archivos del Partido o, mejor, con los de la Unión de Escritores, de la que fue largo tiempo su presidenta –sin olvidar, naturalmente, los legajos de la Stasi, que no dejó de vigilar a la novelista más famosa y más leal de la RDA–, vemos dibujarse un retrato muy distinto del que ofreció públicamente hasta su muerte en 1983.

Libro sobre campos nazi
Cuando Anna Seghers dejó Berlín, en el momento en que los nazis llegan, ya era una novelista consagrada, galardonada con el premio Kleist. Casada con un comunista húngaro amigo del filósofo Georg Lukács, militaba en el seno del Partido Comunista Alemán (KPD). De origen judío, por añadidura. Su pareja e hijos fueron los primeros en refugiarse en París y, al entrar las tropas alemanas a Francia, se dirigieron a Marsella, ciudad que abandonaron en 1941 con la ayuda del periodista estadounidense Varian Fry y el Comité de Salvataje de Urgencia (Emergency Rescue Committee). Producto de esta parada, Seghers escribió el relato Transit, llevado a la pantalla en 2018 por Christian Petzold y que narra la espera de un barco de antifascistas alemanes en esa ciudad. Fichada como comunista, no recibió la autorización de permanecer en Estados Unidos y se instaló en México, donde en 1942 publicó la novela que la haría famosa: La séptima cruz, primer libro sobre los campos nazis.

Las cifras de la emigración de lengua alemana a partir de 1933 nunca fueron establecidas de manera precisa. Se estima en 500.000 la cantidad de personas que huyeron del régimen nazi, 130.000 de las cuales habrían logrado llegar a Estados Unidos. Menos de la mitad de ellas (de las cuales solo el 4% eran judías) habría optado por el retorno al final de la guerra pero, una vez más, no existen estadísticas oficiales al respecto. Ningún organismo se encargó de realizar ese censo, ni en la Alemania Occidental ni en la RDA.

Una cosa es segura: contrariamente a la emigración, el retorno hacia los países de origen no era un fenómeno masivo. No sólo la toma de conciencia de la amplitud de los crímenes nazis desalentó a los emigrados, judíos o no, a volver, sino que el retorno estaba sometido al aval de las autoridades de ocupación. Pero los aliados occidentales, que se repartían el control de la Alemania vencida con los (...)

Artículo completo: 2 355 palabras.

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Sonia Combe

Historiadora, autora de La Loyauté à tout prix. Les floués du “socialisme réel”, Lormont, Le Bord de l’eau, 2019.

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