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De lo emergente a lo estructural

Me gustan los estudiantes

“Que vivan los estudiantes, jardín de las alegrías. Son aves que no se asustan de animal ni policía y no le asustan las balas ni el ladrar de la jauría. Me gustan los estudiantes porque son la levadura del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura para la boca del pobre que come con amargura”. Con estos versos escritos en 1962, a poco menos de seis años de mayo de 1968, Violeta saludaba y reconocía los méritos del movimiento estudiantil. Sin embargo, la pertinencia de estas estrofas popularizadas magistralmente por su hijo Ángel Parra, nunca dejan de sorprendernos cada vez que nuestros liceanos y universitarios usan los espacios públicos para manifestar sus malestares y demandas.

Las y los estudiantes nos siguen lavando la cara de nuestras culpas, vergüenzas y complicidades. Sin sus gritos persistentes para hacer públicas sus exigencias y sus berrinches, nunca se han podido cuestionar los pilares del modelo de mercado heredado desde la dictadura de Pinochet. El estudiantado chileno no solo ha sido la chispa que ha encendido la indignación nacional, es también el principal actor social que, movilizado, le define la agenda a las autoridades políticas, administrativas y culturales de todos los sectores del país. Al menos es el lugar determinante que ha ocupado en esta larga transición neoliberal de 30 años.

Las bases del actual sistema educativo chileno fueron sentadas durante el régimen militar. Entre las principales reformas, en 1981 Pinochet reformó el sistema universitario, eliminando la educación terciaria gratuita. A partir de entonces, los y las estudiantes que quieren ir a la universidad, pero no tienen los fondos para costearlo, deben autofinanciar su educación, ya sea a través del presupuesto familiar o mediante créditos privados o estatales o, ahora último, a través de subsidios públicos individuales a instituciones de educación superior públicas o privadas.

En el verano de 1990, días antes de irse de La Moneda, Pinochet también promulgó la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE) que, entre otras cosas, redujo el rol del Estado en la educación al de un mero regulador, y delegó la enseñanza en el sector privado. Este marco legal abrió las puertas al lucro en la educación, dando inicio al negocio de la educación y la transformación de las escuelas y universidades en modelos empresa. Es bajo este escenario que nuestra sociedad experimentó el un boom de escuelas, liceos y universidades privadas o subvencionadas por el Estado. Pero al mismo tiempo, obligó normativamente a las universidades públicas a operar y funcionar como instituciones privadas. En la actualidad, prácticamente el 80% del estudiantado chileno asiste a instituciones privadas, donde la mayor parte recibe traspasos financieros del Estado. Junto a lo anterior, la noción de calidad educativa fue reducida a la eficiencia y eficacia que demuestran las instituciones escolares y universitarias, para ubicarse en un ranking que determina la cantidad de productos objetivables que genera la industria educacional.

Bajo este modelo de financiamiento y de producción del conocimiento, las universidades absorbieron a los estudiantes más pobres, dividiéndolos en dos grupos, a saber, los pobres con altos puntajes en las pruebas de selección universitaria y los estudiantes pobres con bajos puntajes. Estos últimos, que provienen mayoritariamente del sistema educativo municipal y público, han quedado atrapados en un sistema “perverso”, pues, desde 1991, independientemente del mecanismo de financiamiento (Crédito Fiscal, CORFO o CAE, por nombrar los más conocidos), ha dejado a miles de jóvenes de clase media y baja, enormemente endeudados bajo la promesa de un futuro mejor que el de sus padres. Además, un porcentaje importante no logró terminar de estudiar y titularse, situación que precariza aún más este escenario. En síntesis, la educación no es actualmente un mecanismo de movilidad social, por el contario se ha transformado, tal como lo advertía el sociólogo francés Pierre Bourdieu, en un (...)

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Dante Castillo* y Mario Torres*

*Investigador PIIE
**Vicerrector de la Vicerrectoría de Transferencia Tecnológica y Vinculación con el Medio. UTEM.

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