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Impacto de las fuerzas de la naturaleza

En Australia, una temporada en el infierno

Domingo 13 de enero de 2019. La temperatura es de 47º C en las llanuras de Nueva Gales del Sur, y el río Darling agoniza en directo en la televisión. La carne roja australiana se agrieta. A veces, el cielo vira al naranja, y tempestades de arena se tragan localidades pequeñas, como Mildura, y las sumen en una noche extraterrestre.

Durante mucho tiempo, la cuenca hidrográfica del Murray-Darling, granero agrícola del país, le permitió vivir a casi una granja de cada dos. Los períodos de sequía acompasaban la vida de los viñedos, vergeles, pastizales y campos de algodón que se extienden a lo largo de un millón de kilómetros cuadrados, de Victoria a Queensland, una superficie igual a la de Egipto. Pero en 2019 el calor extremo acarreó una proliferación de algas verdeazuladas. Centenares de miles de peces muertos por asfixia comenzaron a flotar al sol, víctimas de la espuma letal que producen las cianobacterias Dolichospermum y Microcystis. Las comunidades locales responsabilizan de este ecocidio a la industria agroalimentaria (1). “Temo que hoy algunos quieran hacer política a partir de este drama. […] Es una de las consecuencias de la sequía, por la cual mi preocupación no se modificó en nada”, les respondió el primer ministro Scott Morrison el 14 de enero (2).

Este fenómeno climático bautizado “Angry Summer” (Verano enojado) impactó al país por primera vez en 2012. Desde entonces, el “supervillano” es cada vez más peligroso. Siete años después se recurre a un superlativo para expresar su virulencia: Angriest Summer (3). En solo noventa días se batieron 206 récords de temperatura. El 24 de enero el mercurio alcanzó 49,5º C en la ciudad de Port Augusta, en Australia Meridional. “Amo un país quemado de sol -escribía Dorothea Mackellar en su poema ‘My Country’ (1908), que expresaba el nacimiento del sentimiento patriótico-. Una tierra de vastas llanuras, cadenas de montañas irregulares, sequías y lluvias torrenciales. Amo sus horizontes lejanos”. Ahora, la meteorología sofoca la “tierra marrón” tan querida por la poetisa y trastorna sus horizontes.

¿Cómo reacciona la administración responsable de la gestión de la cuenca al calentamiento global? Al término de una investigación llevada a cabo durante todo el año 2018 la Comisión real de la cuenca Murray-Darling presentó sus conclusiones, mostrando la complacencia de las autoridades frente a los agricultores. Las llanuras húmedas se queman, pero los inversores de las megagranjas ignoran la amenaza. Con total ilegalidad, bombean agua en masa en el río Darling y dejan la cuenca hidrográfica exangüe. “Más que la ciencia, la política determinó los límites a las cantidades de agua que pueden ser sacadas de los ríos y arroyos de la cuenca” (4), observa el informe. Tres millones de personas dependen de este ecosistema agonizante. En lo sucesivo, el agua potable comenzó a faltar, incluso en las perforaciones o los reservorios. Los granjeros, sus familias y las comunidades aborígenes ¿serán los primeros refugiados climáticos australianos?

Oceanía es el continente que presenta la tasa más importante de especies animales y vegetales endémicas. Es el caso por ejemplo del 80 % de los mamíferos. Esta situación se explica por el enorme período de aislamiento consecutivo a la separación entre Australia y Gondwana, hace 40 millones de años. No obstante, la introducción por los colonos británicos del gato doméstico (Felix catus) y del zorro (Vulpes vulpes) diezmó en parte la población de mamíferos australianos. En dos siglos, el 10% de las 273 especies endémicas terrestres de Australia desapareció, contra una sola en América del Norte (5). La crisis climática agrava la mortalidad de los grupos más frágiles, a tal punto que el 21% de los mamíferos endémicos se encuentran en peligro. La sexta extinción masiva descrita por la periodista Elizabeth Kolbert (6) vacía los bosques, las sabanas y los arrecifes.

Desde los primeros días del verano, en noviembre de 2018, se han visto millares de murciélagos conocidos como “zorros voladores” (Pteropus) que se estrellaban en el suelo, de Cairns a Adelaida. Maestro de conferencias en ecología animal en Sidney y especialista en quirópteros, Justin Welbergen estudia los efectos de las temperaturas extremas en el comportamiento y la demografía de estos murciélagos. “No caben dudas de que nuestros veranos van a volverse cada vez más calurosos. Los murciélagos morirán en un territorio más vasto y con más regularidad. Sobre todo las hembras y sus hijos”. La desaparición masiva de estos animales esenciales para la polinización fragiliza la selva australiana.

Ribera erosionada
Y otras especies, más solitarias, tímidas o nocturnas, se extinguen en el secreto de los bosques tropicales. “Koalas, cacatúas fúnebres piquicortas, periquitos australianos, diamantes mandarines, colibríes de Eloísa” (7), enumera el científico. Así, la Melomys rubicola, una ratita que vive en la isla arenosa de Bramble Cay, que el mar sepulta poco a poco, desapareció en 2019. En 2014 el koala representaba tres mil doscientos millones de dólares de ingresos turísticos. No menos de 30.000 empleos directos dependían de este marsupial arborícola, en adelante clasificado como especie “funcionalmente extinguida”, es decir, incapaz de reproducirse o de desempeñar su rol en el seno del ecosistema.

Por sí sola, la Gran Barrera de Coral tiene un valor económico, social y simbólico estimado en 56 mil millones de dólares (8), pero ¿para qué esgrimir esas cifras, que retoman el modo de pensamiento de la economía estándar, cuando se sabe que la industria extractiva australiana representa 248 mil millones de dólares de productos exportados y emplea más de 247.000 personas?

Cerca del 90% de los australianos vive a menos de 30 kilómetros de la costa. El litoral comprendido entre Brisbane y Melbourne concentra 15 millones de personas, o sea, más de la mitad de la población total, que se eleva a 25,4 millones. En consecuencia, una muy fuerte presión se ejerce sobre los recursos de agua (9), comenzando por los del Murray-Darling. Así, la crisis climática hace a Australia más vulnerable que cualquier otro país desarrollado al ascenso de las aguas y a los ciclones extra tropicales. “Nuestra patria está ceñida por el mar”, evoca el himno nacional, Advance Australia Fair. Australia está “ceñida de mares ascendentes”, completa la climatóloga Joëlle Gergis: “Una parte fundamental de nuestra identidad nacional va a derrumbarse, y asistimos al fenómeno desde una ribera cada vez más erosionada” (10). El peor de los escenarios anticipa una elevación del nivel de los mares de más de 1 metro de aquí a 2100, lo que significa para los aseguradores 226 mil millones de dólares de activos inmobiliarios y de infraestructuras tragadas por las inundaciones y la erosión. En junio de 2016, violentas tempestades se abatieron sobre la costa este del país, de Queensland a Tasmania. El martilleo del oleaje destruyó casas y rutas, sobre todo en Sidney, en los barrios de Collaroy y de Narrabeen. Sin las playas necesarias para la respiración del mar, las olas se estrellan contra el hormigón.

“La combustión del gas, del petróleo y de la deforestación acarrean la producción de gas con efecto invernadero, que está en el origen de los Angry Summers” (11), resume la asociación Climate Council. Por lo general refrescada por los cuarenta rugientes (12), Tasmania, esa isla situada en el sudeste del continente, anuncia 35º C para este mes de enero. Nubes negras sumen a la ciudad de Hobart en un claroscuro irreal. Detrás de las montañas, los bosques tropicales arden. Quinientos bomberos luchan para proteger los pinos (...)

Artículo completo: 3 754 palabras.

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Maxime Lancien

Periodista.

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