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Éxito escolar a golpe de receta médica

Ritalin, la pastilla de la obediencia

En principio, el remedio solo debía aplicarse a los niños “hiperactivos”, una patología relativamente rara. Pero en los últimos años, en Estados Unidos, cualquier niño algo turbulento puede terminar con una prescripción de Ritalin, un medicamento que guarda parentesco con las anfetaminas y que también causa furor en los campus universitarios. Tras inundar el mercado estadounidense, la pastilla “milagrosa”, de extendido uso desde los años 80 y 90 en Chile, se está extendiendo ahora en Francia.

El 13 de abril de 2019, en París, Claire Leblon, jefa de equipo en un gran hotel de la región parisina, aguarda en la sala de espera de una consulta de psiquiatría pediátrica junto a Niels, su hijo de 11 años. En unos instantes, el niño se enfrentará al médico, que le volverá a preguntar sobre sus resultados académicos y su comportamiento. Tras algunos minutos en su asiento, el chico comienza a patalear, se levanta, se vuelve a sentar y coge el celular de su madre para ver fotografías de ciudades, su pasión del momento –después de las farolas, las papeleras y los camiones–.

Cataplum: el celular cae al suelo. La señora Leblon está indignada; sube el tono de voz. Para ella, esta escena es una prueba más de que su hijo es diferente, imposible, incorregible –encontró la palabra adecuada hace unos años: “hiperactivo”–. Sus tonterías la exasperan, tanto en casa como en la escuela. Ha acudido al lugar adecuado. El médico, cuya voz se oye al otro lado de la pared, tiene reputación de ser una “gran autoridad en su ámbito”, dice. Invitado recurrente de las radios nacionales, Gabriel Wahl publica con regularidad artículos en la prensa médica y generalista. Ha escrito numerosos libros sobre sus temas predilectos, a la cabeza de los cuales se sitúan el fracaso escolar, la precocidad y el famoso trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH).

Producto estrella
Su milagroso remedio: el Ritalin, un medicamento creado a partir de una molécula sintetizada en 1944 por un químico italiano, Leandro Panizzon. La historia cuenta que Panizzon diseñó ese producto para su mujer, Marguerite (apodada “Rita”), que trataba de mejorar su concentración y su revés en el tenis. Este día, todos los pacientes del doctor Wahl se irán con su receta de psicotrópicos.

El Ritalin está compuesto de clorhidrato de metilfenidato, un derivado de anfetamina que aumenta la producción de dopamina en el cerebro. Supuestamente, esta molécula libra tanto a adultos como a niños de una impresionante lista de imperfecciones, desde la molesta tendencia a irritarse ante una tarea tediosa hasta el rechazo frontal de la autoridad, pasando por la falta de atención o concentración. Es uno de los productos estrella del laboratorio Novartis (52.000 millones de dólares de cifra de negocios en 2018). Se supone que este psicoestimulante, llamado tanto smart drug (“droga de la inteligencia”), como “pastilla de la obediencia” o kiddy coke (“cocaína para niños”), mejora el rendimiento intelectual del paciente y proporciona a los padres y docentes niños maleables. “El Ritalin no cura nada. Es un suspensivo, no un curativo: suspende los síntomas de la falta de atención”, admite el doctor Wahl. “Uno no se cura del TDAH, que es un trastorno biológico transmitido por los genes” (1). El Ritalin y sus competidores, a la cabeza de ellos el Adderall (laboratorio Shire), están catalogados como estupefacientes.

Niels es uno de los aproximadamente 62.000 niños de menos de 20 años de Francia –en su mayoría chicos de 6 a 17 años– que consumieron metilfenidato en 2016 (2). Como la mayoría de sus compañeros “hiperactivos”, toma sus pastillas solo los días de clase. El modo de difusión, “de liberación prolongada”, fue diseñado para mantenerlo en su asiento exactamente desde las 8 de la mañana hasta las cuatro de la tarde. “Cuando tienes un niño disruptivo, la clase se resiente”, insiste el doctor Wahl. Gracias a su poción mágica, ya no hay necesidad de castigos o trucos pedagógicos para contener a los alocados. A las niñas, menos predispuestas por su educación a presentar un comportamiento inadecuado, se les diagnostica con más frecuencia un simple TDA, el trastorno por déficit de atención sin hiperactividad.

En Francia, la prescripción de metilfenidato se ha disparado: hoy se consume treinta veces más que en 1996, el año de su lanzamiento al mercado. En 2017, se vendieron 810.000 cajas, cuatro veces más que en 2005. Y, para algunos, el mercado aún no está suficientemente inundado: “Cuarenta mil niños tratados en 2014 es insuficiente”, considera por ejemplo Le Figaro, que lamenta que “varios cientos de miles de niños no se beneficien del tratamiento que deberían recibir” (3). Mientras que el sitio web Allodocteurs.fr da la señal de alarma: “El Ritalin no se receta lo suficiente” (5 de septiembre de 2017). La señora Leblon no se anda con rodeos: “Le damos eso para conseguir algo de paz, para que obedezca, se porte bien en clase y saque buenas notas. ¡No paraban de convocarnos a reuniones! Pero ya no le hace efecto, y sufre ansiedad, así que vamos a dejarlo”.

“Es duro dar anfetaminas a tu hijo”
No hay ningún estudio sobre los efectos a largo plazo del metilfenidato en los niños (4). Algo que preocupa a la señora Leblon, y que confirma el doctor Wahl con la flema habitual de los grandes médicos: “Sí, puede haber trastornos del sueño o del apetito, dolores de estómago… Pero ese medicamento se prescribe en setenta y cinco países y fue descubierto hace más de setenta años. No hay una sola aventura humana libre de riesgos. Es un medicamento que no hace ningún daño y no crea ninguna dependencia. El metilfenidato permite salvar vidas, fundamentalmente la de gente que no llega a concentrarse y se encuentra en riesgo de fracaso escolar”. Gente como esa alumna “de cociente intelectual muy alto” que no llegaba a concentrarse debidamente en el estudio y cuya media de notas pasó “de la noche a la mañana” del suspenso al notable alto. O ese “gran médico” lionés que “declaró explícitamente que, si su hijo no hubiera tomado Ritalin, no habría podido cursar estudios de medicina y, más tarde, de cirugía”. Wahl tiene todo un repertorio de anécdotas. “Mis pacientes toman este tratamiento como quien enciende un radiador cuando tiene frío, como quien abre un paraguas cuando llueve o como quien se pone gafas porque es miope. Vaya usted a explicarles que si Kentucky, que si lo social, si esto y aquello… Les da igual”.

¿Por qué Kentucky? Porque es el Estado de EE.UU. que tiene la mayor tasa de niños diagnosticados con hiperactividad: un 14,8%, según los Centers for Disease Control and Prevention (CDC), que se basan en las declaraciones de los padres. Uno de cada diez está bajo medicación (5). En determinados condados, como el de Henderson, en el oeste, una cuarta parte de los niños escolarizados han comunicado a su escuela un diagnóstico de TDAH. Lo que sitúa a este Estado y sus cuatro millones y medio de habitantes en el primer puesto del ranking mundial de la medicalización de niños con déficit de atención. En 2017, más de veinte millones de estadounidenses tomaban psicoestimulantes, de los cuales dieciséis millones eran adultos –cinco de ellos lo hacían ilegalmente– y cuatro millones niños (6). El problema afecta más a los Estados del Oeste y el Sur, rurales e industriales, que al resto del país.

Domingo 29 de septiembre de 2019, Lexington, Kentucky. Intercambiadores viales, una sucesión de comercios y, al final de un barrio residencial, la biblioteca Beaumont. Jesse Dune y sus dos hijos han venido a sacar los libros de la semana. “Ese récord mundial no me sorprende en absoluto”, dice esta farmacóloga de 39 años, que trabaja en el hospital universitario. “Kentucky es un Estado muy conservador; nunca se habla de las emociones y los sentimientos de los niños. Se prefiere darles una pastilla, es más fácil. En California, es al revés: ser creativo e interactivo no te hace sospechoso. Aquí, es un trastorno muy sobrediagnosticado, sobre todo entre los chicos”.

Pasaporte para superdotados
Junto a ella se encuentra esa mañana Elizabeth, de 11 años de edad, que se comporta como un ángel. “Mi hija siempre ha ido un paso por delante; leyó antes que los demás. De hecho, se pasa la vida leyendo. Pero por las noches, no se le podía manejar. Nunca quería comer tranquilamente con su padre y conmigo. Trabajo cincuenta horas a la semana, tengo un empleo muy absorbente y, por la noche, estoy reventada. Además, tenía pensamientos lúgubres, me decía cosas del estilo de: ‘Quisiera no haber nacido nunca, (...)

Artículo completo: 4 419 palabras.

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Julien Brygo

Periodista, coautor con Olivier Cyran de Boulots de merde! Du cireur au trader, enquête sur l’utilité et la nuisance sociales des métiers (La Découverte Poche, París, 2018).

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