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El conflicto entre Washington y Teherán en Irak

La danza del sable

El asesinato por parte de Estados Unidos del general iraní Qasem Soleimani y la respuesta de Irán de lanzar misiles a dos bases estadounidenses en Irak son solo la punta del iceberg de un largo enfrentamiento entre ambos países en territorio iraquí del que, sin embargo, tanto Washington como Teherán sacan provecho y tienen, por lo tanto, interés en perpetuar.

Tanto en su versión moderna, con el sable láser, como en su versión arcaica, practicada con la cimitarra en los países árabes del Golfo, el combate coreografiado tiene de paradójico que se trata de un enfrentamiento entre supuestos enemigos que requiere un buen entendimiento entre sus protagonistas. Un sector importante de la opinión pública árabe estima que las relaciones conflictivas entre Estados Unidos e Irán en Irak son producto de esa misma paradoja. Para algunos, enfermos de “conspiratitis”, se trata de un acuerdo secreto entre ambas partes; para otros, más realistas, de un enfrentamiento del que cada uno saca provecho y que ambos tienen, pues, interés en perpetuar.

Washington puede así asegurarse la fidelidad de sus protectorados regionales, y seguir vendiéndoles armamento por miles de millones de dólares. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos ocuparon respectivamente el segundo y el cuarto puesto mundial en materia de importaciones de este tipo entre 2013 y 2017, y fueron el primer y tercer importadores de armas estadounidenses en 2018; ese mismo año, Riad se mantuvo en el tercer puesto mundial en gastos militares, después de Estados Unidos y China, según el Stockholm International Peace Research Institute (Sipri). Para Teherán, la perpetuación de las tensiones permite consolidar el dominio del ala ideológica dura del régimen, cuya columna vertebral está constituida por el complejo militar-económico del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, los “pasdarán” (“guardianes”).

Colaboración velada
Es preciso reconocer que las sospechas árabes no son infundadas. La historia de las relaciones entre Estados Unidos -en particular bajo las administraciones republicanas- y la República Islámica desde su nacimiento, hace cuarenta años, tiene motivos para generar preocupación. El inicio de la presidencia de Ronald Reagan, el 20 de enero de 1981, había sido celebrado en Teherán con el fin de la toma de rehenes en la embajada estadounidense. El periodista Seymour Hersh reveló diez años más tarde que el equipo de Reagan había negociado en 1980 envíos de armas a Teherán, que tuvieron lugar poco después de su asunción gracias a la complicidad de Israel (1). Esto era sólo un anticipo de los envíos de los años 1985-1986, un escándalo que estallaría abiertamente con el llamado Irangate: la administración Reagan había entregado armas a Irán a través de Israel y transferido ilegalmente el producto de la venta a la guerrilla contrarrevolucionaria de Nicaragua.

Para Estados Unidos e Israel, la lógica evidente era prolongar la guerra entre Irán e Irak, en la que Bagdad había tomado la iniciativa en 1980. Hasta su aniquilación por parte de Washington, en 1991, este país era para Tel Aviv su principal enemigo. En 1981, la aviación israelí, aprovechando que Irak había entrado en guerra, destruyó el reactor nuclear que Francia construía para Saddam Hussein. Cuando los vientos cambiaron, en 1982, e Irak se vio en aprietos, Washington apreció que París apoyara al régimen de Hussein, llegando a prestarle aviones caza de la flota aérea de la marina francesa. Al recuperarse Irán, los envíos de armas de 1985-1986 contribuyeron a restablecer el equilibrio en lo que terminaría, en 1988, en un empate entre dos países exangües.

Desde luego, la administración de George H. W. Bush había procurado no derrocar al régimen de Hussein en 1991 por temor a que Irán llenara el vacío político que ello crearía. La estrategia de estrangulamiento de ambos países continuaría bajo la forma de la “doble contención” de los años 1990, a través de embargos y sanciones. Este equilibrismo, sin embargo, finalizaría bajo la presidencia de George W. Bush. Al invadir Irak en 2003, la administración Bush II hizo que el lobo entrara en el corral lo más directamente posible: permitió a los miembros exiliados de los dos principales partidos confesionales chiitas iraquíes subordinados a Irán, el Partido Islámico Dawa (“propagación de la religión”) y el Consejo Supremo Islámico Iraquí (ISCI), regresar a Irak.

Fue el comienzo de una extensa colaboración semidirecta entre Washington y Teherán en suelo iraquí. Los dos partidos chiitas proiraníes fueron puestos al mando del país por la ocupación estadounidense. Ambos fueron representados en el Consejo de Gobierno creado por ésta en 2003 y formarían parte luego de todos los gobiernos interinos, hasta el gobierno “permanente” creado en 2006. Desde 2005, los gobiernos iraquíes fueron todos presididos por un miembro de alguna de las dos agrupaciones: a Ibrahim Al Jaafari (2005-2006), Nuri Al Maliki (2006-2014) y Haidar Al Abadi (2014-2018), miembros los tres del partido Dawa, les siguió en octubre de 2018 Adel Abdul Mahdi, ex miembro del ISCI, que había participado en todas las instancias gubernamentales creadas por la ocupación desde 2003. El cambio de estrategia de las autoridades de la ocupación después de 2006, que consistió en apoyarse en las tribus árabes sunnitas en el combate contra el Estado Islámico de Irak, precursor directo del Estado Islámico (EI o Daesh), no permitió contrarrestar el dominio de los partidos subordinados a Teherán, más aún cuando éste estaba legitimado por el sistema político y electoral confesional que las mismas autoridades de la ocupación habían establecido inspirándose en el modelo libanés. Los árabes sunnitas iraquíes habían constituido, junto con los ex miembros del partido Baas y las fuerzas especiales de Saddam Hussein, el semillero donde los grupos que libraban el combate contra la ocupación estadounidense reclutaban a sus miembros; pero llegaron a temer la partida de las tropas de Washington, percibidas como un contrapeso irremplazable al dominio de los partidos chiitas (...)

Artículo completo: 3 081 palabras.

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Gilbert Achcar

Profesor en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres. Autor del libro Les Arabes et la Shoah. La guerre israélo-arabe des récits, Sindbad - Actes Sud, 2009.

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