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BOLIVIA Y EL MAR Negociaciones boliviano-chilenas entre los gobiernos de Juan José Torres y Salvador Allende, en 1971. Por Jorge Magasich

Salvador Allende y Bolivia. Audio de Volodia Teitelboim, entrevista de Jorge Magasich

http://www.goear.com/listen/d4729f2...

Si la historia de las relaciones entre países latinoamericanos registra varios contactos entre La Paz y Santiago -públicos o discretos- para considerar la demanda marítima boliviana, las negociaciones sostenidas en 1971 son tal vez uno de los menos conocidos. Ese año, el gobierno de la Unidad Popular, resuelto partidario de la integración latinoamericana y del mejoramiento de las relaciones entre Chile y sus tres vecinos, inicia gestiones para restablecer las relaciones con Bolivia, rotas en 1962.

El momento es favorable pues, desde octubre de 1970, Bolivia es presidida por el general “progresista” Juan José Torres, abierto al diálogo con Chile. Salvador Allende envía a La Paz al senador Volodia Teitelboim con la misión de intentar despejar los obstáculos a la normalización. Éste acepta no sólo discutir sobre el pedido boliviano de salida al mar, sino que da una acogida favorable.

Pero estas negociaciones terminan abruptamente en agosto de 1971 con el derrocamiento de J. J. Torres por Hugo Banzer, quien instaura una dictadura de seguridad nacional y clausura todo diálogo con el gobierno de la Unidad Popular.

Es generalmente aceptado que la historia de Bolivia moderna se inicia en 1952, con la revolución que estalla en reacción al intento del general Ballivián de desconocer el resultado de las elecciones ganadas por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Los sindicatos de mineros dirigidos por Juan Lechín, y otras organizaciones populares, enfrentan a las Fuerzas Armadas alzadas en La Paz y Oruro, dinamita en mano. Después de rudos combates que dejan 490 muertos, los golpistas retroceden. Tras su dispersión, los sindicatos conforman la Central Obrera Boliviana (COB) y se apoderan de parte de las armas del Ejército con las que organizan milicias obreras. Estas resguardan un gobierno provisional que garantiza el retorno a Bolivia de Víctor Paz Estenssoro, el líder del MNR...

La “Revolución de 1952”, es uno de los raros casos en la historia en que una movilización popular consigue derrotar un golpe de Estado, desarmar a los golpistas, e imponer la reorganización de las fuerzas armadas.

El primer gobierno de Víctor Paz Estenssoro[2] se apoya en una victoria electoral y en una colosal movilización sindical y popular. Tal respaldo le permite instaurar el sufragio universal concediendo el derecho a voto a los “analfabetos” (en realidad, al 70% que no tiene el español como lengua materna); nacionalizar las minas de estaño; conseguir la aprobación de la ley de reforma agraria; y reformar el Ejército. En cierto sentido funda la Bolivia moderna[3]. El ciclo 1952 - 1964

A partir de la Revolución de 1952, la pugna política boliviana se da entre dos corrientes. Por una parte, los “nacionalistas” del MNR, y el ala izquierda representada por la COB, partidarios de un sector nacional de la economía y de la extensión de la democracia. Por otra, los partidarios de un modelo exportador vinculado al capital financiero, resueltos a limitar el poder de los sindicatos y otros actores sociales, incluso a través de la represión. La viva tensión entre estas corrientes explica los sucesivos cambios de gobierno en ese período[4].

En 1964, el general René Barrientos, vicepresidente durante el segundo gobierno de Paz Estenssoro y miembro del MNR, da un golpe de Estado que cierra el ciclo abierto en 1952. Barrientos busca una base social en los campesinos beneficiados por la reforma agraria, autorizándolos a vender una parte de las tierras. Pero se rodea de asesores militares norteamericanos e incluso del criminal de guerra nazi Klaus Barbie. En 1967, su gobierno combate la guerrilla dirigida por Ernesto Guevara, lo hace prisionero y lo ejecuta[5]. Dos años más tarde, el general muere en un extraño accidente de su helicóptero. Lo sustituye su vicepresidente Luis Siles Salinas, quien firma la adhesión de Bolivia al Pacto Andino, hasta su derrocamiento por el general Alfredo Ovando Candia, en septiembre de 1969.

Ovando es parte de una corriente de militares nacionalistas, partidaria de la propiedad estatal en ciertos casos, y del retorno a la democracia. En su corto gobierno (1969-1970), deroga la ley de seguridad del Estado y los decretos antisindicales. Además, confía el ministerio de minas a Marcelo Quiroga[6] quien nacionaliza parte de la Gulf Oil Company y hace ocupar sus instalaciones. Este operativo es dirigido por el general Torres, el futuro Presidente. Pero Ovando no consigue resistir las presiones combinadas de Washington y de los militares derechistas encabezados por Rogelio Miranda y Hugo Banzer: hace un viraje a la derecha, pide la renuncia a Marcelo Quiroga y se distancia del general Torres.

Pero estos gestos no calman a los militares derechistas que exigen más. Publican una proclama que acusa a Ovando de comunista y lo exhorta a renunciar. Sin embargo, una cantidad significativa de generales del Ejército y de la Aviación “nacionalistas” no aprueba tal exigencia. La división de las ffaa abre un espacio para negociar: Ovando se reúne con el general Miranda, el líder del golpe. Mientras discuten, el mando designa un triunvirato para restablecer la unidad y hacerse cargo del país. La nueva situación sobrepasa a Ovando quien, sin duda exhausto, redacta su renuncia y pide asilo en la embajada argentina.

La Central Obrera Boliviana llama a la huelga general contra el golpe. Sus representantes se reúnen con los de los estudiantes y con generales “progresistas” en la base aérea de El Alto. Allí proclaman Presidente de Bolivia al general Juan José Torres. Horas después un miembro del triunvirato negocia con él y lo reconoce como jefe de Estado. El general Miranda parte a Paraguay y su grupo golpista se disuelve, temporalmente…

Torres Presidente

El 7 de octubre de 1970, Juan José Torres González entra triunfante al palacio Quemado aclamado por el importante movimiento antigolpista. Bajo una fuerte presión de la COB que toma la iniciativa de organizar una “Asamblea popular”, su gobierno expulsa los “Cuerpos de Paz” estadounidenses, anula concesione petrolíferas acordadas a un consorcio norteamericano y busca financiarlas a través de capitales europeos y japoneses; aumenta el presupuesto de las universidades y crea la Corporación de Desarrollo y el Banco del Estado. Las políticas de Torres lo aproximan al gobierno de Allende. Los contactos se dan naturalmente; ambos gobierno resuelven encontrarse para intentar mejorar las relaciones.

Salvador Allende, en su primera cuenta a la Nación el 21 de mayo de 1971, anuncia los esfuerzos para normalizar las relaciones entre Bolivia y Chile que ya están en curso. Su gobierno, afirma “ha tenido ya la ocasión de lamentar que nuestra relación con la República de Bolivia, se mantenga en una situación anómala, que contradice la vocación integracionista de ambos pueblos. A Bolivia nos unen sentimientos e intereses comunes. Es nuestra voluntad poner todo lo que esté de nuestra parte para normalizar nuestras relaciones”.

Las negociaciones

Para esto encomienda al senador pc Volodia Teitelboim, miembro de la comisión de relaciones del Senado, la misión de ir a La Paz a discutir con los dirigentes bolivianos cómo apartar los escollos al restablecimiento de las relaciones.

El senador recuerda que “El Presidente Salvador Allende tenía una disposición muy abierta para un entendimiento con Bolivia que permitiera restablecer las relaciones que habían sido interrumpidas en los tiempos de Jorge Alessandri, pretextando el diferendo que se produjo a propósito del uso de las aguas del rio Lauca. Y eso tenía signos de entendimiento para buscar una solución aceptable para ambas partes. Y por eso, previo visto bueno de los bolivianos, Salvador Allende me envió a mí[7]”.

Los primeros encuentros se efectúan a principios de febrero de 1971. Teitelboim sostendrá luego varias reuniones con el general Torres y su ministro de Relaciones, Huáscar Taborga Torrico, en el palacio Quemado. Nota que ambos tienen “mucho interés en poder establecer una solución. Claro, la discusión era… bueno, la salida al mar”. Aunque las reuniones son discretas, algo transcendió en la prensa. El canciller boliviano reitera públicamente la demanda marítima, destacando que esta vez hay mayor comprensión en las autoridades chilenas[8].

Después de escuchar los argumentos bolivianos sobre la importancia de recuperar un acceso soberano al mar, el emisario de Salvador Allende acepta conversar sobre el tema y estudia con Torres la manera alcanzar el reencuentro entre Bolivia y el mar: “se había pensado en la posibilidad de establecer una especie de corredor al norte de Bolivia, entre la frontera peruana, al norte de Arica. Es una superficie pequeña, relativamente pequeña, de unos cuantos kilómetros. Pero de todas maneras se podía establecer una especie de corredor que permitiera la salida de Bolivia al mar, donde Bolivia pudiese tener un pequeño puerto, una cosa así. A parte de ventajas desde el punto de vista portuario en Arica, en Iquique y en Antofagasta, en los puertos del norte. El gran problema era el Ejército. Siempre ha sido ese”. En efecto, por esos años, buena parte de los altos mandos chilenos viven bajo el temor de un inminente conflicto con Perú y Bolivia, creencia que tiene poco asidero en la realidad, pero que produce efectos importantes. En 1970-1971 circulan en la Academia de Guerra estudios “muy sesudos”, comenta Teitelboim, que anuncian la inminencia de la guerra. El senador escucha a varios generales sostener que en ocho años se cumplirá un siglo de la guerra y “si se dejaba pasar más de un siglo existiría una especie de prescripción histórica, y que por lo tanto ellos se preparaban para intervenir, para hacer la guerra. Perú y Bolivia”.

Allende, alertado por esas teorías, indaga lo que ocurre en Perú: “mandó otra gente a hablar con Velasco Alvarado, etc. No había nada de eso”. Pero los militares, obsesionados por la guerra que creen inexorable, no escuchan razones. En cambio, estudian cuidadosamente la guerra de los seis días de 1967, librada en una región desértica, especialmente el ataque “preventivo” que Israel lanzó contra varias naciones árabes.

El gobierno chileno analiza la manera de anunciar las negociaciones preliminares sobre el eventual “corredor boliviano” a los militares, y consulta tal vez algunos de ellos. Pero aquellos esbozos de acuerdo no alcanzarán a adquirir la forma de una propuesta oficial “porque eso significaba para el gobierno de Allende un paso muy delicado. Porque eso podía ser el estallido, la justificación del golpe: un gobierno que entrega parte del territorio nacional es ‘antipatriótico’. Estaba el problema del Ejército”.

Lamentablemente, pese a la resistencia popular, el golpe contra el gobierno de J. J. Torres organizado por Hugo Banzer, termina por imponerse el 21 de agosto 1971. Lo que pone punto final a estas negociaciones. Banzer instaura una dictadura anticomunista que retorna a las fronteras ideológicas, adoptando una posición claramente hostil a Chile y su gobierno.

Los años siguientes conocerán el trágico fin del gobierno de Allende y del general Torres, quien fue asesinado en Buenos Aires en junio de 1976, en el marco de la Operación Condor. La desaparición de buena parte de los protagonistas contribuyó a echar tierra sobre estas negociaciones.

Su existencia, refrendada por el valioso testimonio de Volodia Teitelboim, permite establecer que el gobierno de la Unidad Popular acogió favorablemente la demanda marítima boliviana, y que las negociaciones llegaron bastante lejos. Se discutió una fórmula para dar a Bolivia un acceso soberano el mar y normalizar las relaciones entre los dos países.

Tal vez un día otros gobiernos tengan la disposición de retomarlas.

Notas:

[1] Basamos éste artículo en una conversación con sostenida con Volodia Teitelboim (grabada) en agosto de 1997, en su casa en Ñuñoa.

[2] Paz Estenssoro (1907-2001) tendrá virajes sorprendentes. En 1971-1974 el MNR apoya la dictadura de Banzer. Y en su último gobierno 1985-1989, llama al empresario Sánchez de Lozada para organizar, como un operativo secreto, la “terapia de choque” que incluye restricciones y privatizaciones, en algunos casos de las empresas que había nacionalizado en los años 1950. (Tema muy bien desarrollado por Naomi Klein en La doctrina del shock).

[3] Halperin Donghi Tulio, 1969, Historia contemporánea de América Latina, 503

[4] La visión conservadora que reduce la historia boliviana de esos años a “una sucesión de confusos y contradictorios golpes de Estado” [Fernandois, 1985, 146], tiene el inconveniente de ser displicente y sobre todo de no proporcionar explicaciones.

[5] Paradójicamente, Mario Terán, el sargento boliviano que se presentó como voluntario para ejecutar a Ernesto Guevara en 1967, cuarenta años más tarde fue operado gratuitamente de cataratas, en Santa Cruz, por médicos cubanos. Recuperó la vista.

[6] Marcelo Quiroga será asesinado en 1980 por el dictador García Mesa, vinculado a la dictadura Argentina y al narcotráfico.

[7] Conversación con Volodia Teitelboim (grabada) el 11-10-1997.

[8] Fernandois Joaquín, 1985, Chile y el mundo 1970-1973, Ed UC, 147.


ANEXO

El “Acta de Lovaina”

Un intento de negociación informal entre académicos bolivianos, peruanos y chilenos en 2006[9]

En 2006, la Universidad Católica de Lovaina (UCL), de Bélgica, invitó a cuatro intelectuales bolivianos[10], cuatro chilenos[11] y cuatro peruanos[12], a un seminario de reflexión sobre eventuales soluciones al problema del enclaustramiento de Bolivia y a otras reminiscencias derivadas de la guerra librada el siglo XIX, que empañan hasta hoy las relaciones entre los tres países.

El seminario produjo un “acuerdo” académico titulado Acta de Lovaina, que lleva la firma de los 12 participantes, que identifica dos tipos de soluciones. La primera es el clásico corredor lindante con la frontera chileno-peruana, al que añaden sugerencias de soberanía compartida. Y la segunda es un enclave sobre una parte de los territorios que fueron bolivianos.

Se trata sin duda de propuestas incompletas y perfectibles, pero que tienen el mérito de indicar que un acuerdo es posible y que podrían servir de base a un futuro entendimiento.

Partiendo de la base que la demanda marítima boliviana se considera “razonable”, la carta de invitación de la UCL exhorta a los 12 intelectuales a desarrollar argumentos personales, que diseñen soluciones imaginativas que incluyan fórmulas ventajosas para los tres países. También sugiere evitar el tema de las eventuales responsabilidades históricas en el inicio de la guerra, considerando que, sea como fuera, la superación de las tensiones es hoy benéfica para todos.

La Universidad precisa que ella proporciona un marco académico de encuentro y los moderadores –profesores eméritos especialistas en América Latina– que facilitan los trabajos. Pero no puede comprometerse con alguna fórmula de solución, prerrogativa exclusiva de los “12”.

La decisión de invitar intelectuales de los tres países involucrados en la guerra “del Pacífico” o “del salitre”, responde a la visión que la mejor manera de superar los problemas seculares es alcanzar acuerdos que cuenten con la adhesión de todas las partes. En este caso, de los tres países concernidos. Una solución trilateral, en efecto, augura más solidez que los eventuales entendimientos “a dos” que pueden desfavorecer al tercero. Su ventaja puede resumirse así: “si tres hicieron la guerra el siglo XIX, se requieren tres para terminar con sus reminiscencias el siglo XXI”.

Después de una semana de debates, los “12” consiguen un acuerdo general unánime. El Acta destaca los beneficios que pueden obtener los tres países si consiguen desarrollar una fuerte integración de la región trinacional y sugiere reducir los gastos destinados al armamento para aumentar los recursos consagrados a proyectos de desarrollo.

Sobre el tema central, –la recuperación de la condición marítima de Bolivia–, el Acta considera que puede conseguirse a través de dos gamas de soluciones, alternativas o complementarias: un corredor lindante a la frontera chileno-peruana y/o un enclave costero en la región de Antofagasta.

El corredor podría implicar “algún tipo de compensación de Bolivia a Chile, que sea aceptable por ambas partes” y debería asegurar la unidad geo-económica de Arica y Tacna. Este puede tener tres formas. La primera es que sea boliviano. La segunda, y esta es quizá una de sus formulaciones más imaginativas del Acta, es que tenga una soberanía compartida trinacional. Y la tercera es que sea administrado por un “ente”, perteneciente a las tres naciones, encargado de gestionar sus bienes comunes: el eventual corredor y tal vez otros. Los dos últimas soluciones cumplen con los requisitos de no separar a Chile de Perú, de no separar el territorio chileno, y facilitan los contactos entre Tacna y Arica.

El enclave costero, eventualmente en Cobija, puede ser objeto de una cesión progresiva de una superficie a la que Bolivia tendría facilidades de acceso y podría construir un puerto.

Aunque el Acta ha conocido una difusión limitada, particularmente en Chile, tiene el mérito de ser unos de los documentos que ha ido más lejos en el diseño de una solución global, que lleva la firma de intelectuales de los tres países. Un hito sin duda en la senda de la superación de las tensiones recurrentes, que siguen proyectando sombras y que pueden ser causa de conflictos.

NOTAS:

[9] Magasich Jorge, 2009, Una Salida al Mar para Bolivia y el ’Acta de Lovaina’: Una Experiencia de Negociacion Informal, www.cris.unu.edu/News-Archive.33.0.html?&tx_ttnews[tt_news]=631&cHash=2d7a6c92d8

[10] Fernando Cajías de la Vega, Victor Hugo Chávez Serrano, Juan L. Cariaga Osorio, Rodolfo Becerra de la Roca.

[11] Jan Cademártori Dujisin, Leonardo Jeffs Castro, José Rodríguez Elizondo, Gabriel Salazar Vergara.

[12] Alberto Adrianzén Merino, Enrique Bernales Ballesteros, Alejandro Deustua Caravedo, Ernesto Yépez del Castillo.

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