Página de inicio

Colecciones

Publicidad

Suscripciones

Libros

Librería

Postgrados y postítulos

AGENDA - Encuentros

Fotos

Contáctenos

Otros sitios


Se puede imprimir

En este numero:

- ¿Arde Caracas?
- Goldman Sachs, emblema de la especulación financiera
- La República Saharaui sigue a la espera de Chile

- Sumario completo agosto de 2010





Sobre el autor

Víctor Hugo de la Fuente
Director de la edición chilena de Le Monde Diplomatique.
plus...



Página de inicio >> Agosto de 2010

Carlos Muñoz Baeza, hasta siempre...

por  Víctor Hugo de la Fuente

(JPEG) Nuestro querido compañero Carlos Muñoz Baeza falleció el pasado 6 de julio, a los 63 años, en Australia, donde se encontraba visitando a su hermana Olga, dejándonos con la garganta seca y el corazón roto.

Carlos formó parte del equipo de Le Monde Diplomatique desde su fundación, en el año 2000. Contribuyó a su desarrollo, al igual que aportó en numerosos proyectos de prensa de izquierda, independientes y alternativos, entre ellos la revista Monthly Review; Combate, Denuncia Popular, Causa ML, El Pueblo, Espartaco, y la agencia de noticias ANCHA. Muy joven partió a recorrer el mundo, viajó por Brasil, España, Suecia y al volver a Chile se incorporó al Partido Comunista Revolucionario, en el que militó hasta su disolución en 1980.

Tras el golpe de Estado de 1973 Carlos Muñoz se refugió en la embajada de Italia y desde Roma viajó a la República Popular China donde vivió casi tres años, enseñando español y luego vivió refugiado en Francia, participando activamente en las campañas de solidaridad con la resistencia a la dictadura. Volvió a Chile en 1997 participando en diversas iniciativas como Attac, los Foros Sociales y las manifestaciones contra la guerra en Irak.

Recordaremos a Carlos especialmente por sus grandes cualidades personales, su sensibilidad y su profundo sentido de la amistad. Apasionado lector, amante de la música, curioso por naturaleza, se interesaba en todos los dominios, del arte a la ciencia, pasando por la política, ante la que siempre tuvo una clara y definida actitud: firme con sus principios revolucionarios hasta la intransigencia y su mirada pesimista del mundo actual, quizás era sólo lucidez. El equipo de Le Monde Diplomatique -Cristián, Dominique, Elizabeth, Julián, Libio, Lidia y Víctor- así como el conjunto de sus colaboradores le rinde un merecido homenaje y hace llegar nuestras sentidas condolencias a su familia.

Carlos Muñoz Baeza fue profundamente fiel con sus amigos los que hoy lo recuerdan con ternura y emoción, convencidos que vivió plenamente de acuerdo a sus principios, sin jamás traicionarlos, sabiendo que su ausencia física nos pesará, pero que se queda para siempre en nosotros.


Fotografías del acto de homenaje a Carlos Muñoz Realizado el miércoles 28 de julio. http://picasaweb.google.com/1022715...


CARLOS MUÑOZ

Por Jorge Palacios

Un amigo de hace casi medio siglo -en especial si se tiene con él afinidad política e ideológica- es más que un amigo y más que un hermano. Carlos Muñoz era eso para mí. Toda mi vida: familiar, fraternal y militante, renovada en la aventura idealista de los años 60, está unida a él, como la piel y la carne a los huesos.

Carlos Muñoz era el constructor, que edificaba en viejas linotipias, los documentos, abiertos o clandestinos, que divulgaban nuestras ideas: “Denuncia Popular”, “Causa ML”, e innumerables folletos. Pero no era un camarada más. Era un amigo entrañable, cálido, culto, y hasta el mismo día de su sorpresiva muerte, reservado en extremo en su vida personal. Yo jamás supe que padecía en sus pulmones una enfermedad tan grave. Y hemos vivido juntos tantas cosas. Recuerdo un hermoso viaje en automóvil que hicimos con Teresa a Italia y los encuentros con ambos en Pekín, donde trabajaron algunos años. Mis hijas lo conocen desde que tuvieron conciencia. Carlos nos visitaba a menudo, y a veces se albergaba unas noches, en el fondo de ese pasaje en Avenida Colón, en el que viviéramos antes del exilio.

En los siniestros días en que los ladrones y asesinos usurparon el poder, Carlos y Teresa nos escondieron a mí y a mi familia, en una parcela camino a Puente Alto. Allí compartimos el miedo y las pesadillas soñadas y las reales de lo que estaba ocurriendo. Y también bromeamos y nos dimos aliento y esperanzas con sentido del humor.

Y luego en Francia, en el destierro, Carlos ponía en letras de imprenta nuestros periódicos, que circulaban clandestinos en Chile y abiertamente en varios países de Europa y Latinoamérica. Entre ellos ANCHA (Agencia Noticiosa Chilena Antifascista), que se traducía al inglés, al francés y al italiano. Allí denunciábamos los crímenes de la dictadura y alentábamos la rebelión en su contra.

Y finalmente, ya de regreso en Chile, Carlos prosiguió por años diagramando la versión chilena de Le Monde Diplomatique, periódico que expresa el corazón de nuestras ideas políticas, que no son las mismas de los años de exilio, pero que no se han apartado un ápice de los principios básicos por los que arriesgamos el pellejo.

Querido Carlos, como me escribiera Robinson Rojas al enterarse en Inglaterra de tu muerte, a mí también “me dan ganas de patear murallas” ante la infausta, sorpresiva y cruel noticia de tu deceso.

Te hemos querido en vida Carlitos, y te seguiremos queriendo en la memoria, mientras tengamos recuerdos.

Jorge Palacios, texto leido en el homenaje a Carlos Muñoz realizado en Le Monde Diplomatique el miércoles 28 de julio de 2010.


Carlitos, tan lejos...

Por Luis Bocaz

Todo en Carlitos fue una constante invitación al viaje. En un país donde la persona de origen modesto debe bregar denodadamente o atravesar el impensado muro del exilio para conocer la realidad de otras naciones, Carlos Muñoz creó desde adolescente una impresionante excepción de trotamundos. Recorrió tierras como pocos. Vivió y trabajó años en China, en Italia y en Francia. Siempre alerta a las fuentes de la alegría o del dolor de los seres humanos. Visitó los países nórdicos. Conoció Estados Unidos y América Latina con ojo atento al detalle revelador que aportaba densidad a sus ideas sobre la sociedad. Había comenzado por Chile, de norte a sur, con Lucho Aravena su compañero de infancia. La ola de fondo del latinoamericanismo de los años 60 arrastró a ambos atorrantes juveniles a Brasil.

Me atrevo a pensar, ahora, que desde esas esfumadas peregrinaciones vagaba Carlos en busca de una isla habitada por una comunidad dedicada a erigir monumentos a la amistad y al afecto humano. Hoy tenemos, también, el derecho a sospechar que esa bitácora de incesante periplo cifraba el ansia de una comarca como la soñada por Jacques Brel que lo llevó a su retiro final en las Islas Marquesas.

Adquirido en esa fiebre nómada, el interior de las moradas de Carlitos daba cuenta de un gusto delicado. Elocuente desmentido de ese exterior personal áspero y gruñón que se complacía en cultivar como un cactus. Siempre un rincón luminoso de sus departamentos conservaba un tesoro de diminutos objetos para enrolar la imaginación del visitante en aventuras imprevistas. Nada había en sus muros de la desoladora conversation piece norteamericana que oculta la ausencia o las fallas de un contacto humano. Todo constituía una delicada incitación hacia las imágenes de un libro de infancia que siempre estaba llano a compartir. Gozaba el anfitrión reconstruyendo la historia de los objetos antiguos que, con tacto de experto, descubría en los mesones inmigrados del Mercado de Aligre. Bajo sus cejas hirsutas, resplandecían sus ojos con el brillo recuperado de un bronce, o de la hoja de una nueva Guiole que agregaba a sus colecciones.

Como los libros que devoraba insaciable, la música mitigó también no pocos años de su soledad frente a los árboles de una plazoleta de la calle del Général Renault, en París. Después del largo exilio, sentía Carlitos que los tangos se hermanaban bien con el recuerdo de su barrio santiaguino de casas de un piso, de gruesas paredes y patios espaciosos en los que el campo se niega al afán demoledor de la modernización urbana. Por eso amaba Sur de Manzi y Troilo y, más tarde entre sus amigos de la Casa Bermellón de Chil -la explicaremos más adelante- pedía que se cantara esa elegía de los barrios que han cambiado y del encuentro fallido con la novia a la que se espera recostado en la vidriera. En uno de esos patios suburbanos, una noche, durante la fiesta de celebración de una boda familiar, en la improvisación de un grupo espontáneo, escuchó con atención redoblada la letra de Cristal. La guardó como una de las miniaturas de su panoplia afectiva. Se me ocurre que allí residía una de sus claves. Lo emocionaba y, a la vez, había aprendido a temer la comparación del amor con la fragilidad del cristal. Se comprende, entonces, que París encontrara en Carlitos a un personaje latinoamericano irremplazable para impregnarlo de la intensa poesía de las canciones del belga Jacques Brel. Muchas noches, quizás más de las necesarias, la dolorosa súplica de Ne me quitte pas, se deslizó desde el equipo sonoro, e interfirió a hurtadillas el hilo de nuestra charla.

Seguidor del materialismo histórico desde muy adolescente, creyó en la posibilidad de trasformar la sociedad para un desarrollo pleno de las mayorías. Sin embargo, dentro de estas convicciones, en materia de concepción del mundo su espíritu apasionado introdujo nociones de tipo muy personal. Carlitos dividía al mundo que lo rodeaba en dos categorías de confrontación maniquea: los amigos y “los otros”. Para reproducir con exactitud su ideario y hacerlo suficientemente explícito -que no hubiera desaprobado- debemos agregar que catalogaba a “los otros” con un término que no osaré repetir en público. En cuanto, a los amigos, Carlos aun mascullando maldiciones entre dientes era capaz de perdonarles todo. A “los otros” nada. Eso si, el amigo había de cuidarse de no resbalar hacia los anillos infamados donde purgaban sus penas “los otros”. La amenaza más grave para rodar a esa región infernal derivaba de un defecto con el que Carlos se mostraba inmisericorde: la falta de lealtad con los principios y la falta de lealtad en las relaciones humanas.

Tenía sus razones. El signo zodiacal dominante de su vida fue la generosidad. Constan en registros solidarios las puertas de sus domicilios de París abiertas de par en par para amigos y conocidos de las más variegadas proveniencias. El llavero pasaba de sus manos a manos ajenas, sin pedir nada, sin esperar nada, ni siquiera la retribución de unas líneas, o de una postal. No fue, tampoco, avaro del campo afectivo que labraba con fina sabiduría. Anhelaba que las gentes a las que apreciaba urdieran lazos amistosos entre si. En el derroche de su generosidad sus amigos cercanos recuerdan la gira encantada por los canales de Francia a que nos convocó a bordo de la peniche donde oficiaba de capitán sentimental.

Generoso fue, también, para diseminar y compartir toda experiencia que conmovía su espíritu. Expresión de ese deseo fue su contribución al tejido de las redes afectivas de la Casa Bermellón en Chiloé .¿Por qué no confesar que esa tradición anual de una semana de retiro de cuatro amigos en ese falansterio comunitario que reunía en juiciosa con- vivencia todos los matices de la derrota política de la izquierda chilena, fue uno de los episodios que alegró su retorno a Chile? Carlitos, viajero empedernido, encontraba a las puertas de la Casa Bermellón construida por Eduardo en una ladera frente al mar interior de la Isla Grande, una invitación al viaje y la literatura. A un tiro de piedra, la cúpula de madera de la Iglesia de Vilupulli donde paró Carlos Darwin en su recorrido de naturalista alrededor del mundo. Un poco más lejos, girando hacia el sur en dirección a Chonchi unos bosquecillos señalan el lugar donde se elevaba la casa roja de los Andrade descrita en la Gente en la isla de Rubén Azocar.

Carlitos no podía sino valorar como una experiencia inolvidable de la Casa Bermellón, la tentativa de reconstruir una comunidad humana rescatando el libre ludismo de infancia. Lo vimos recorrer con júbilo los vagones de ferrocarril abandonados en Huitauque casi cubiertos por la vegetación como si entre el eco de los pregones acallados por el tiempo esperara el pitazo de la partida imposible a Cartagena. Pero, sobre todo, lo evocamos frente al atardecer en la playa fragorosa de Cucao vigilando la curva de la botella que lanzábamos hacia las olas con nuestros mensajes para destinatarios desconocidos de otros continentes. . Todo en Carlitos fue una constante invitación al viaje. Hasta este último episodio en que se propuso decirnos adiós desde muy lejos, demasiado lejos, detrás de ese horizonte al que lanzábamos botellas con mensajes desde la Casa Bermellón en Chiloé. Esta noche, les ruego a Uds. que me permitan enunciar algo anclado en la certeza del cariño. Estoy seguro que una tarde en la arena de alguna playa, los tres que quedamos encontraremos una botella con un mensaje de respuesta de Carlitos.

Luis Bocaz
Texto leído en la Velada recordatoria el miércoles 28 de julio de 2010 en la Librería Le Monde Diplomatique Santiago.

 
Contáctenos | Todos los derechos reservados | Todos derechos reservados © 2012 Le Monde diplomatique.