Página de inicio

Colecciones

Publicidad

Suscripciones

LIBROS

Librería

Postgrados y postítulos

AGENDA - Encuentros

Fotos

Contáctenos

Otros sitios


Se puede imprimir

En este numero:

- LE MONDE DIPLOMATIQUE Nº 191 en quioscos - Sumario DICIEMBRE 2017

- Sumario completo





Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
plus...



Página de inicio

Guerras de religión

por  Serge Halimi

Francia acaba de vivir un momento de locura mediática y política. Todos los ingredientes están en su lugar para que conozca otros del mismo tipo: desmesura de los comentarios suscitados por una caricatura de prensa; Twitter como herramienta ideal para reaccionar antes de reflexionar y encender un incendio; combustible perfecto de temas ligados a la religión para que el fuego se propague; demagogia de un político desacreditado, ex primer ministro por añadidura, que cuenta con que un bosque calcinado va a favorecer su resurrección. Y como frutilla del postre, una regla ya probada: todos los temas, hasta el del acoso sexual de las mujeres estadounidenses, desembocan con mayor o menor rapidez en la cuestión de los musulmanes en la República.

Esta gran perturbación no tiene nada de nuevo. El 4 de octubre de 1989, un mes antes de la caída del Muro de Berlín, el islam se instalaba como tema recurrente de enfrentamiento público con el “caso de los pañuelos de Creil”. Incesantes y dopadas por la multiplicación de las emisiones de televisión privadas ávidas de clientes, las polémicas de este tipo, por lo demás, podían ser asociadas a la expansión global, bien real, de un islam político conservador entonces poderosamente asistido por Estados Unidos y Arabia Saudita, a tal punto que, durante todo el período del combate contra los soviéticos en Afganistán (1979-1989), la prensa occidental y sus intelectuales mediáticos celebraron la yihad. Y evocaron la relegación religiosa de los afganos como un exotismo cultural casi encantador (1).

El pugilato que opone a Edwy Plenel y Riss, dos directores de publicación cuyas posiciones coinciden en muchos temas y que, por ejemplo, favorecieron la elección del actual presidente de la República, oculta ese contexto general sin reemplazarlo por nada esclarecedor. Aprovechando la impulsividad egocéntrica del primero, a tal punto ofendido por una caricatura (injusta) que dedujo de ésta una “guerra a los musulmanes” y comparó su propia tragedia con la de los resistentes famosos perseguidos por los nazis, el segundo lo acusó de haber perpetrado un “llamado al asesinato” que “absuelve desde ahora a los que nos matarán mañana” (2). Admisible por parte de un periodista muchos de cuyos compañeros fueron asesinados bajo sus ojos dos años antes, esa última desmesura –la expresión “guerra a los musulmanes” de Plenel, a todas luces, tenía valor de metáfora– fue justificada y retomada de inmediato por una gran cantidad de editorialistas de primer plano que, por su parte, no tenían ninguna tragedia personal como excusa. Hasta hubo un presidente de una asociación antirracista que le confió a Le Figaro, a manera de reproche al director de Mediapart: “Cuando no queda ningún niño judío en las escuelas públicas de Seine-Saint-Denis, es consecuencia del izquierdismo islámico”… (3)

En Francia, las guerras de religión no siempre permanecieron en el estado de metáfora. Una prensa ya desacreditada en gran medida ¿no tendría algo mejor que hacer que preparar la próxima?

1. Véase Denis Souchon, “Quand les djihadistes étaient nos amis”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 2016.
2. Riss, “Jamais”, Charlie Hebdo, París, 15-11-17.
3. Mario Stasi, presidente de la Liga Internacional Contra el Racismo y el Antisemitismo (LICRA), “Edwy Plenel a tort sur toute la ligne”, Le Figaro, París, 16-11-17.

*Director de Le Monde diplomatique.

Traducción de Víctor Goldstein


Texto en francés:

Guerres de religion

La France vient de vivre un moment de folie médiatique et politique. Tous les ingrédients sont en place pour qu’elle en connaisse d’autres du même type : démesure des commentaires suscités par une caricature de presse ; rôle idéal de Twitter quand il s’agit de réagir avant de réfléchir et d’allumer un incendie ; carburant parfait de thèmes liés à la religion pour que le feu se propage ; démagogie d’un homme politique discrédité, ancien premier ministre de surcroît, qui escompte qu’une forêt calcinée favorisera sa résurrection. Avec, pour couronner le tout, une règle désormais éprouvée : tous les sujets, même celui du harcèlement sexuel des femmes américaines, débouchent plus ou moins vite sur la question des musulmans en République.

Ce grand dérangement ne date pas d’hier. Le 4 octobre 1989, un mois avant la chute du mur de Berlin, l’islam s’installait comme thème récurrent d’affrontement public avec l’« affaire des foulards de Creil ». Incessantes et dopées par la multiplication des chaînes de télévision privées avides de racolage, les polémiques de ce genre pouvaient au demeurant être associées à l’expansion globale, elle bien réelle, d’un islam politique conservateur alors puissamment aidé par les États-Unis et l’Arabie saoudite, au point que, pendant toute la période du combat contre les Soviétiques en Afghanistan (1979-1989), la presse occidentale et ses intellectuels médiatiques firent fête au djihad. Et évoquèrent la relégation religieuse des Afghanes comme un exotisme culturel presque attachant .

Le pugilat qui oppose Edwy Plenel et Riss, deux directeurs de publication dont les positions s’accordent sur bien des sujets et qui, par exemple, ont favorisé l’élection de l’actuel président de la République, occulte ce contexte général sans y substituer quoi que ce soit d’éclairant. Profitant de l’impulsivité égocentrique du premier, à ce point froissé par une caricature (injuste) qu’il en déduisit une « guerre aux musulmans » et compara sa tragédie à celle des résistants célèbres traqués par les nazis, le second l’a accusé d’avoir perpétré un « appel au meurtre » qui « acquitte déjà ceux qui nous tueront demain » . Admissible de la part d’un journaliste dont nombre de camarades furent assassinés sous ses yeux deux ans plus tôt, cette dernière outrance – l’expression « guerre aux musulmans » de Plenel avait à l’évidence valeur de métaphore – a été justifiée et reprise aussitôt par nombre d’éditorialistes de premier plan qui, eux, n’avaient nulle tragédie personnelle pour excuse. Il s’est même trouvé un président d’association antiraciste pour confier au Figaro, en guise de reproche au directeur de Mediapart : « Quand il n’y a plus un enfant juif dans les écoles publiques de Seine-Saint-Denis, c’est la conséquence de l’islamo-gauchisme  »…

En France, les guerres de religion ne sont pas toujours restées métaphoriques. Une presse déjà largement discréditée n’aurait-elle pas mieux à faire qu’à préparer la prochaine ?

 
Contáctenos | Todos los derechos reservados | Todos derechos reservados © 2017 Le Monde diplomatique.