En 1934 yo no tenÃa ninguna experiencia y lo sabÃa. Para apropiarme de esa experiencia, para descifrar los hechos nuevos que tenÃa ante mis ojos, antes tenÃa que reunir una multitud de datos. Porque para comprender antes hay que aprender, y si es posible aprender en orden.
Los sociólogos y los historiadores están en el mismo barco: disponen de hechos, es decir de efectos. Pero lo que importa son las causas. Cuando hay que elegir o inventar las causas para los efectos que se han reunido, entonces hay que hacer una selección. Y ¿quién guÃa esa selección? Nadie más que las experiencias adquiridas en carne propia.
Más tarde aprenderÃa que sólo hay una experiencia válida para cada uno de nosotros: la que sentimos en nuestros propios nervios y nuestros propios huesos. Desde la experiencia más trivial, que cualquier ser humano conoce o cree conocer –el hambre–, hasta la más alta –la de los conflictos desgarradores en los cuales una personalidad se afirma o se destruye–, nada, absolutamente nada se inventa. Comprender, imaginar, adivinar es asociar según modalidades infinitamente distintas de las sensaciones adquiridas por la experiencia y sólo por la experiencia… Toda la mecánica de nuestra erudición se parece a las notas escritas de una partitura musical, y nuestra experiencia de ser humano es la gama sonora sin la cual la partitura permanece muerta. Cuántos historiadores, psicólogos, etnólogos –especialistas en el hombre–, cuando juntan sus piezas, parecen sordos de nacimiento que copian los sostenidos y los bemoles de una sonata…
Texto completo en la edición impresa del mes de agosto 2009
a la venta en quioscos, librerÃas
y en la librerÃa de Le Monde Diplomatique
San Antonio 434, local 14, Santiago
Teléfono: 664 20 50
E-mail: edicion.chile@lemondediplomatique.cl
Adquiéralo por internet en:
www.editorialauncreemos.cl