Está terminando una etapa de la historia del país. Se inició hace más de
veinte años y ha abarcado cinco gobiernos. Comenzó llena de esperanzas
cuando los chilenos, a través de movilizaciones populares, valerosas luchas
y un histórico plebiscito, pusieron fin en 1988 a una dictadura signada por
la crueldad, el abuso y la codicia. Más allá de sus logros, la etapa
postdictatorial acumuló desesperanza y frustración. La razón es simple: las
promesas no realizadas que han consolidado una sociedad profundamente
injusta.
Durante estos decenios las principales fuerzas político-electorales del país -la Concertación y la Alianza derechista- construyeron acuerdos,
explícitos o tácitos, y los enmascararon tras disputas retóricas y formales.
El resultado fue el que conocemos: la mantención de la estructura
fundamental del modelo neoliberal heredado de la dictadura.
La Concertación perdió gradualmente su energía transformadora original,
confundió la necesidad de ciertos acuerdos indispensables con la falsa
virtud de los "consensos", prefirió proclamar supuestos éxitos que informar
transparentemente a los ciudadanos y pedir su apoyo para superar las
dificultades y obstáculos que la dictadura dejó sembrados en las
instituciones surgidas de la Constitución de 1980 y progresivamente se
rindió al eje de poderes de la derecha. Por eso hoy, en pleno año 2011,
existen en Chile menos trabajadores sindicalizados y menos trabajadores
cubiertos por contratos colectivos que en el año 1989. Por esa razón, la
educación pública ha perdido terreno ante el avance privado y el sistema
educacional ha acentuado su rol de reproductor de desigualdades sociales que
hasta la derecha extrema no se atreve a negar. Con razón nuestro sistema
escolar ha sido calificado por la OCDE como uno de los más discriminatorios
y segregados del mundo.
Ha sido una etapa en que para una familia pobre o de clase media se ha
convertido en un drama que uno o más hijos queden aceptados en Universidades
o instituciones de educación superior, porque lo más probable es que deban
hipotecar sus bienes y su futuro para solventar costos. Ha alcanzado límites
inadmisibles el carácter mercantil y lucrativo de la educación superior.
Una etapa en que continuó el empeño privatizador de la dictadura y se
traspasaron a control privado todas las empresas sanitarias, todos los
puertos en los que hubo interés de particulares, y otras unidades
productoras de bienes y servicios públicos. El tamaño del Estado se redujo a
niveles anteriores a la crisis del los años 30 del siglo pasado.
Ha sido un tiempo de creciente precarización del trabajo en la que hasta a
los funcionarios públicos se les ha empujado a niveles de inestabilidad
laboral no conocidos, al punto que más de la mitad se encuentran en la
precaria condición de ³contratas² u ³honorarios². Un período en que el
derecho a la salud, a pesar del Plan Auge, ha quedado sujeto a la
rentabilidad de las Isapres y que el derecho a una jubilación digna, aún
después de loables iniciativas de pensiones solidarias para el 20% más pobre
de la población, se ha hecho depender de las ganancias de los dueños de las
AFP, abandonando al lucro y al mercado el ejercicio efectivo de estos
derechos esenciales. El consumo y su expansión han sido impulsados sobre la
base del endeudamiento exagerado, en particular de los sectores de menores
ingresos, y de tasas de interés altísimas de acuerdo a la comparación
internacional, que constituyen una forma de usura legalizada.
El sistema de protección medioambiental ha resultado ineficaz y la economía
crece al precio de la depredación. No existe una matriz energética elaborada
con criterio social y colectivo y la suerte energética de nuestro país ha
quedado liberada a la ley de la ganancia. Las demandas de reconocimiento
como pueblo y de respeto por su identidad cultural formuladas por los
pueblos originarios, en particular el pueblo mapuche, han sido enfrentadas
mediante la represión y la aplicación inusitada de la ley antiterrorista.
Ha sido una etapa en que, en fin, Chile ha mantenido su poco decorosa
ubicación entre las diez naciones más desiguales del planeta, mostrando una
tan profunda inequidad en la distribución de la riqueza que la hace
prácticamente incompatible con la mantención de la democracia y la paz
social.
Esa es la etapa que está, en buena hora, terminando. Este es el Chile
injusto, desigual, discriminador y autoritario que los chilenos que se
movilizan quieren terminar. Ese es el trasfondo del repudio masivo que la
inmensa mayoría de los chilenos manifiestan en las encuestas en contra de
las DOS DERECHAS, la ³derecha derechista², la Alianza de gobierno, y la
³derecha centrista², la Concertación, una oposición desestructurada cuyo
único cemento es la aspiración de recuperar su posición en el aparato
estatal.
Todas las encuestas medianamente serias que se han conocido en las semanas
recientes, indican que, en promedio, dos tercios de los chilenos rechazan a
la "Coalición por el Cambio" y a la "Concertación por la Democracia". Lo que
rechazan, digámoslo con claridad, es el acuerdo de estas dos coaliciones por
mantener este modelo que ya no da para más. Se dirá que tal acuerdo no
existe; que es una ficción. Pero, ¿quien en estos más de veinte años ha
cuestionado con seriedad y eficacia las bases económicas, sociales e
institucionales de este modelo? Ningún partido político integrante de estas
coaliciones lo ha hecho sistemáticamente, sólo individuos han intentado
expresar su visión crítica o su inconformismo.
Desde la Concertación algunos
de sus dirigentes han defendido este modelo por convicción doctrinaria,
otros porque han devenido de luchadores en emprendedores, otros por simple
pragmatismo, los más por desidia o acomodo. El punto es que el modelo está
allí, discriminador, apabullante y humillante para la gran mayoría. Pero esa
mayoría se cansó y se ha rebelado. Ese es el momento en que nos
encontramos.
No está claro el camino que surgirá de este empeño colectivo por un cambio
de verdad. Una propuesta central es la de una Asamblea Constituyente para
elaborar una nueva Constitución que refleje la voluntad soberana del pueblo,
pues es en la Constitución Política heredada del Dictador donde se consagra
y protege, más allá de sus reformas, el núcleo del sistema político
excluyente y del modelo económico neoliberal. En lo inmediato, sin
contradicción con esa demanda esencial, se plantea la exigencia de
Plebiscito ahora, para que sea la decisión soberana de los ciudadanos la que
dirima las grandes cuestiones que conmueven la conciencia pública en estos
días.
Cualquiera sea el camino que transitemos en el próximo tiempo, Chile ya no
será igual. Una etapa se está cerrando y comienza a perfilarse una nueva
fase con ciudadanos que aspiran a definir por sí mismos, colectivamente, su
propio destino. Entre ellos nuevas generaciones de jóvenes que se han hecho
finalmente eco de grandes demandas populares que construyeron historia:
cobre chileno, constitución democrática, desarrollo con armonía
medioambiental, educación pública, agua propiedad de todos, no a todas las
discriminaciones, más libertad.
Para los miles de hombres y mujeres que ayer lucharon por abrir las anchas
alamedas para un Chile más justo, surge hoy un dilema y un desafío ético y
político ineludible: o ser parte del mundo que se niega a morir, de ese
denso entretejido de intereses económicos y políticos, de esa fusión de
poderes cómplices de un destino mediocre e injusto para Chile, o asumir con
decisión la opción por la ciudadanía, por el pueblo chileno.
En particular, y sin el ánimo de excluir a nadie de asumir este desafío,
esta hora es decisiva para el Partido Socialista y para el Partido Radical,
que surgieron al calor de las valerosas luchas de los trabajadores y el
pueblo en las últimas décadas del siglo XIX o en las primeras décadas del
siglo XX, partidos que desde sus orígenes y a lo largo de su historia
declararon, buscaron y quisieron aportar a la causa libertaria y por un
Chile más justo. Socialistas y radicales, por un compromiso con su propia
historia y sin dejar de valorar sus aciertos, deben reconocer sus errores,
asumir las aspiraciones y exigencias de los millones de compatriotas
indignados con un modelo político y económico excluyente, injusto y
profundamente inequitativo. Si así lo hicieran, podremos juntos ser parte de
ese gran caudal que surge de la sociedad y que asume como tarea hacer de
Chile otro Chile.
Jorge Arrate MacNiven
Sergio Aguiló Melo
Pedro Felipe Ramírez
Santiago, 11 de julio de 2011.