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En este numero:

- 1ras. Jornadas de Debate Popular. Desafíos y perspectivas de la construcción político-social en el nuevo período político.
- Filosofía situada y cultura popular. Entrevista de Alex Ibarra a Sergio Romero
- Chiloé enfrentado a plaga de algas y a su destrucción ambiental por la industria del salmón en medio de la complicidad del gobierno. Por Pablo González

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Educar para la Ciudadanía: la función crítica de la filosofía. Por Iván Briceño Ríos

Introducción.

Michel Onfray inagura su Antimanual de Filosofía, preguntándose “¿habrá que empezar el curso prendiéndole fuego al profesor de filosofía?” por lo fastidioso, antinómico, oscuro, fome e incluso jurásico[1] de su clase. Interrogante que devela el complejo rol profesional de esta disciplina que se da precisamente en el límite de lo pedagógico. La clave está en pensar, filosófica y no pedagógicamente, que la clase de filosofía descanza en gran medida en quién la enseña. Esto es, lo mejor y lo peor de ella, en algunos casos, está mediado por el maestro que la imparte o enseña. Y el equívoco profesional más extendido, como plantea Eduardo Rabossi, es creer erradamente que uno –como profesor- es funcionario de la filosofía , y no de su enseñanza.

Pues bien, para desarrollar ese temple filosófico de la enseñanza de filosofía se requiere, creo, tener un horizonte epistémico y otro epistemológico para una pedagogía en filosofía, que sostenga profesionalmente a este docente. En lo que refiere a lo primero, esto apunta a elementos metodológicos formales modélicos o sitémicos, por ejemplo los didácticos. En el caso del segundo, este se refiere a una idea o un paradigma de comprensión respecto de la enseñanza de la filosofía. Precisamente, en esta oportunidad me referiré al segundo aspecto con el fin de proponer un plano de comprensión amplio acerca de la enseñanza de la filosofía, en el que la filosofía se ocupe filosóficamente de su enseñanza.

Desarrollo

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Parto de la base, y siguiendo al mismo Sócrates, que un maestro de filosofía es aquel que pregunta, que inquieta, incluso irónicamente o dialécticamente al estudiante sin saber nada. No para generar en él un pensamiento sofisticado o erudito, sino cual carta de navegación lo lanza en la búsqueda y problematización de la verdad como medida de lo que el ser humano debe hacer y como norma para su conducta. Sin embargo, creo que esta enseñanza trasciende al mero conócete a ti mismo, ya que como bien recuerda Foucault en la Hermenéutica del sujeto , la enseñaza de la filosofía se ha olvidado de la epimeleia heautou o inquietud de sí como la clave de la enseñanza filosófica. Siendo precisamente esta instancia la que nos permite llevar a la filosofía a ocuparse filosóficamente de su enseñanza.

La inquietud de si obliga, como propone Theodor Adorno en La Educación Después de Auschwitz, que debemos desencantarnos de los concepto, de la definiciones y llevar a la filosofía hacia una experiencia plena en que naturalice institucionalmente su enseñanza, hasta lograr un suelo epistémico de su saber hacer específico. Creo, que la posibilidad para que esto último se de, es pensar desde un perfil profesional que remueva o altere el estado docente de la filosofía. En el que el acto de aprender y enseñar filosofía tiene una base dialógica en el que son, plantea Alejandro Cerletti, “los discípulos quienes dan sentido al encuentro con el maestro, creando su aprendizaje filosófico en la construcción del vínculo común”. De esta forma, para que haya un magisterio filosófico no se requeriría de la fundamentalidad de una enseñanza prefigurada para ser luego aprendida, sino de un aprendizaje conquistado por el estudiante como una situación educativa en el que la clase de filosofía sea aquella instancia en el que éste se reapropie, por medio del pensamiento, de la consumación de ésta.

Entonces, la acción docente se traducirá en un disponer de saberes filosóficos existentes, de modo que puedan ser interpelados y alentados subjetiva e intersubjetivamente a partir de la intervención de los otros, como construcción de un sujeto colectivo. Por ejemplo, en la construcción de interrogantes compartidas. Para ello, creo necesario retomar un concepto que ha estado en la historia de filosofía y que puede servir de orientación para encontrar las habilidades genéricas de la carrera. Me refiero a la idea de Paideia como un levantar la cabeza o salir de los muros de la propia filos ofía escapando de la presión de lo general, siempre dominante, sobre todo lo particular. Werner Jaeger plantea que la Paideia griega transmitía el espíritu de esa cultura como episteme, desde un nivel de formación o educación valórica y técnica de una época. En relación a esto, nuestra propuesta, no consiste en hacer una Paideia nueva, esto es, remedar o remasterizar la idea clásica de la Paideia griega, sino plantear una nueva Paideia. En dónde lo novedoso se concentra en los aspectos innovadores de la profesionalización de la filosofía. Esta nueva formación mantiene de lo clásico el aspecto científico-objetivo de la Paideia griega, lo cual se traduce en que no es una mera técnica o metodología de instrucción, sino que representa una guía heurística de la enseñanza y el aprendizaje, en este caso, de la filosofía como crítica.

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Immanuel Kant , en sus Lecciones de Pedagogía, planteaba que “el hombre es la única criatura que ha de ser educada”, conforme al estado mejor posible de la especie humana en el futuro; es decir, en lo relativo a la idea de humanidad y de su completo destino. Así, una buena educación es precisamente el arranque de todo bien en el mundo. De esta forma cualquier situación pedagógica será acerca del porvenir, lo cual transciende hacia el carácter de la enseñanza del filosofía, como plantea la UNESCO, en términos de una filosofía del futuro. La Paideia Nueva de la filosofía será humanista en claves moral y cívica como instancia educativa que tiene un valor público. Lo cual conlleva entender al estudiante como sujeto autónomo y responsable y concibiendo al profesor de filosofía como un promotor del carácter crítico para consigo mismo y para con los demás. Ya lo planteaba el mismo filósofo de Königsberg, en El Conflicto de la Facultades, que la reflexión y la enseñanza filosófica tiene una función crítica, que a la luz de nuestro días creemos, debería tender a operar como una actitud que transforma significativamente la vida social en términos de virtudes ciudadanas que orienten un proceso de cambio. En donde la profesionalización de la filosofía pasa por una formación ciudadana crítica.

Conclusión

Finalmente, enseñar filosofía exige ante todo, asumir el compromiso de una reflexión filosófica acerca de la educación y también acerca de la filosofía con un componente utópico de la praxis educativa. En términos de un ideal que genere cambios sustanciales en la profesionalización de ésta. En nuestro caso, el camino que proponemos busca responder que a qué significa enseñar filosofía , y porqué y para qué educarnos en ella. Esto es, estar a la altura de la libertad de enseñanza desde una perspectiva crítica, como pensar por sí mismo abriéndose y siendo responsable al otro en la propia acción educativa, como una reconstrucción novedosa de la praxis formativa que forje un real filósofo educador, como nos plantea Nietzsche en Schopenhauer como Educador. En la que, finalmente, cualquier enseñanza exige la autorreflexión crítica, donde la fuerza de esta reflexión sea precisamente la autodeterminación, como plantea Raúl Fornet-Betancourt en ¿Qué Hacer con la Enseñanza de la Filosofía, en términos de “reaprender a enseñar filosofía como consecuencia precisamente de la constatación de su enseñanza actual asumiendo que es deficiente en el sentido de que no cumple con la finalidad que le da su sentido mas auténtico” .

[1] los problemas del proceso de enseñanza-aprendizaje de la filosofía en Colombia.

Iván Briceño Ríos
Director de la Escuela de Filosofía UCSH

 
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