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En este numero:

- Sobre una tela azul con doce estrellas doradas
- Ambiciones hegemónicas en el Golfo Pérsico
- El sueño de una China verde

- Sumario completo agosto de 2017





Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
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Página de inicio >> Agosto de 2017

El equívoco del 99%

por  Serge Halimi

A 100 °C el agua hierve, eso es así. Pero mejor no esperar que la vida de las sociedades se pliegue a las leyes de la física. El hecho de que el 1% de la población se apropie la mayor parte de las riquezas que se producen en la Tierra no hace del 99% restante un grupo social solidario, menos aún una fuerza política en ebullición. En 2011, el movimiento Occupy Wall Street se construyó alrededor de una idea, de un eslogan: “Tenemos en común ser el 99% que ya no tolera la avidez y la corrupción del 1%”. Distintos estudios acababan de confirmar que la casi totalidad de los beneficios de la reactivación económica habían favorecido al 1% más rico de los estadounidenses. No fue ni una aberración histórica ni una particularidad nacional. Prácticamente en todas partes ese resultado se ha reforzado mediante políticas gubernamentales. Los proyectos fiscales del presidente francés Emmanuel Macron, por ejemplo, tendrán como principales beneficiarios a “los 280.000 hogares más ricos, el último percentil (…) cuyo patrimonio está principalmente constituido por colocaciones financieras y acciones de empresas” (1). ¿Quiere decir que el conjunto de los otros tendría tanto en común que podrían federar sus energías para derrocar el orden establecido? Cuando, sin ser uno mismo millonario, se pertenece a la categoría de los privilegiados, es reconfortante sacarse de ahí y fantasear con que se forma parte del mismo bloque social que los proletarios. Pero el “99%” mezcla indistintamente a los condenados de la tierra y a una clase media superior, bastante nutrida, de médicos, universitarios, periodistas, ejecutivos, publicistas, altos funcionarios sin los cuales el dominio del 1% no resistiría más de cuarenta y ocho horas. Juntar peras y manzanas en la misma bolsa del “99%” recuerda un poco al mito fundador estadounidense que pretende por su parte que todo el mundo pertenece a la clase media, que todos o casi son ya ricos o lo van a ser (2). Ahora bien, si la unión hace la fuerza, la cohesión también… La historia nos enseñó que los grandes momentos de comunión, de unanimismo, no duran mucho. Febrero de 1848, la fraternidad, Lamartine, esas barricadas en las que obreros y burgueses se codeaban desembocaron algunas semanas después en el sanguinario enfrentamiento que los contrapuso durante la “insurrección de junio” (3). Construir una alianza ya es difícil, incluso entre dos movimientos progresistas de un mismo país. Imaginar un proyecto común, una fuerza política duradera sobre una base tan indiferenciada como “la humanidad menos la oligarquía”, se corresponde en el mejor de los casos con la utopía, y en el peor con la voluntad de no elegir, de no cortar. Y al final, es lo mismo que no hacer gran cosa, a menos que de ahora en más nos consagremos sólo a los derechos consensuales, al maltrato infantil y a los accidentes de tránsito.
Para todo lo demás, 99% es demasiado.

1. Anne de Guigné, “Les mesures fiscales de Macron profiteront d’abord aux Français les plus riches”, Le Figaro, París, 12-7-2017.
2. En 2003, el 19% de los contribuyentes estadounidenses pensaban que ya pertenecían a la categoría del 1% de los contribuyentes más ricos; el 20% imaginaba que pronto la alcanzarían…
3. Léase Dominique Pinsolle, “Riesgos de las alianzas de clases”, libro “Las clases medias”, Editorial Aún Creemos en los Sueños-Le Monde diplomatique, 2012.

*Director de Le Monde diplomatique.


En francés:

Le leurre des 99%

À 100 °C, l’eau bout, c’est certain. Mais mieux vaut ne pas s’attendre à ce que la vie des sociétés se plie aux lois de la physique. Le fait que 1% de la population s’attribue la majorité des richesses produites sur Terre ne fait pas des 99% qui restent un groupe social solidaire, encore moins une force politique en ébullition.

En 2011, le mouvement Occupy Wall Street s’est construit autour d’une idée, d’un slogan : « Nous avons en commun d’être les 99% qui ne tolèrent plus l’avidité et la corruption des 1% restants. » Diverses études venaient d’établir que la quasi-totalité des gains de la reprise économique avaient profité aux 1% d’Américains les plus riches. Ce ne fut ni une aberration historique ni une particularité nationale. Un peu partout, un tel résultat n’a cessé d’être conforté par des politiques gouvernementales. Les projets fiscaux du président français Emmanuel Macron, par exemple, auront pour principaux bénéficiaires « les 280 000 ménages les plus riches, le dernier centile (...) dont le patrimoine est surtout constitué de placements financiers et de parts d’entreprise ».

Est-ce à dire que l’ensemble des autres auraient tant en commun qu’ils pourraient fédérer leurs énergies pour renverser l’ordre établi ? Quand, à défaut d’être soi-même milliardaire, on appartient à la catégorie des privilégiés, il est réconfortant de s’en extraire en fantasmant qu’on relève du même bloc social que les prolétaires. Mais les « 99% » mêlent indistinctement les damnés de la terre et une couche moyenne supérieure, assez épaisse, de médecins, d’universitaires, de journalistes, de cadres supérieurs, de publicitaires, de hauts fonctionnaires sans qui la domination des 1% ne résisterait pas plus de quarante-huit heures. Réunir des choux-fleurs et des cerfs-volants dans le grand sac des « 99% » rappelle un peu le mythe fondateur américain qui prétend, lui, que tout le monde appartient à la classe moyenne, que chacun ou presque est déjà riche ou va le devenir.

Or, si l’union fait la force, la cohésion aussi… L’histoire nous a appris que les grands moments de communion, d’unanimisme, ne durent pas longtemps. Février 1848, la fraternité, Lamartine, ces barricades où ouvriers et bourgeois se côtoyaient débouchèrent quelques semaines plus tard sur l’affrontement meurtrier qui les opposa lors des « journées de juin ». Construire une alliance est déjà difficile, y compris entre deux mouvements progressistes d’un même pays. Imaginer un projet commun, une force politique durable sur une base aussi indifférenciée que « l’humanité moins l’oligarchie » relève au mieux de l’utopie, au pire de la volonté de ne pas choisir, de ne pas trancher. Et, au final, revient à ne pas faire grand-chose, à moins de ne se consacrer dorénavant qu’à des droits consensuels, à la maltraitance des enfants et aux accidents de la route.
Pour tout le reste, 99%, c’est trop.

 
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