Con el auspicio de la Fundación Charles Léopold Mayer, los días 18 y 19 de junio de 2008 se reunieron en París unos veinte actores provenientes del mundo entero, para tratar sobre su voluntad en común de organizar “Asambleas Regionales de Ciudadanos”. Fueron dos días de debate y diálogo para compartir sus objetivos, sus cuestionamientos e interrogarse sobre el sentido profundo de este tipo de iniciativas. Fueron también la ocasión de presentar un esbozo de sus programas de acción.
Actualmente cinco procesos de Asambleas Regionales de Ciudadanos están en curso.
En Asia, agrupando las redes del Foro de Jóvenes de China-India-Japón, del Foro Asiático de Economía Solidaria, de los grupos de la Carta de Responsabilidades Humanas activos en Filipinas, India, China, Irán y diversos grupos y actores de ese vasto continente.
En la región del Sahel y el Sahara, reuniendo a través de caravanas ciudadanas a organizaciones de Mauritania, Senegal y Malí.
En diversos países en torno al Mediterráneo, buscando construirse en un puente entre las culturas y países del sur europeo y el norte africano.
En varios países de Europa del Oeste, a partir del aprovechamiento útil del acumulado de una rica experiencia práctica de iniciativas y reflexión histórica de la ciudadanía y teniendo como eje el diálogo e inclusión de una nutrida, pero insuficientemente cohesionada, sociedad civil.
En el Cono Sur, a través de múltiples líneas de trabajo y alianzas, teniendo como eje el rescate y comprensión de su propia especificidad histórica y la construcción sudamericana como identidad y proyecto político ciudadano.
Un diagnóstico esencial común: no existe una comunidad política a escala mundial. El concepto de concierto de las naciones no ha dado los resultados esperados. Sus instituciones (la ONU, el Banco Mundial o el FMI) no han logrado instaurar una paz duradera ni evitar las crisis económicas y financieras, en gran parte porque cada país, y especialmente los más poderosos, hacen prevalecer sus intereses nacionales por sobre los del planeta. La división de las comunidades humanas a través de fronteras -y esto lo constataron por unanimidad todos los participantes de la reunión de junio de 2008 en la FPH- refleja cada vez menos la naturaleza de las interdependencias del mundo. Eso genera una enorme cantidad de relaciones diplomáticas o económicas en las cuales los ciudadanos ya no se sienten reflejados, aunque más no sea por el hecho de que las reglas económicas o políticas precedieron esta vez la construcción de un sentimiento de ciudadanía entre las poblaciones.
Y un objetivo compartido: como las comunidades instituidas no garantizan la apropiación de un proyecto común por parte de sus habitantes, estas asambleas tienen por vocación permitir que el conjunto de los ciudadanos pueda asumir los desafíos de la sociedad, sentirse con derecho y con deber de entenderlos y pronunciarse al respecto.
Varias fueron las conclusiones emanadas del intercambio y la reflexión colectiva. Sacar provecho de las experiencias pasadas para refundar el futuro, evitando los errores del pasado. La necesidad de nuevos mecanismos para implicar a los ciudadanos y hacer de ellos actores de cambio, imaginando nuevas formas de expresión. Sabernos como parte de una transición histórica, estructural, plural, diversa, un proceso que hay que poner a prueba, adaptar a cada caso y compartir mutuamente. Que la palabra debe estar abierta desde el inicio del proceso, para que todos y cada uno puedan sentirse actores, sin dependencia pero también sin perder la apertura.
Se consolidó así a las Asambleas Ciudadanas como espacios de encuentro y reconocimiento, donde definir prioridades en común e instituir como protagonistas a todos los componentes de la sociedad; como un proceso que camina a cerrar una primera etapa de asentamiento de bases el año 2010 para empezar entonces una nueva etapa de desarrollo. En el camino, germina lo inédito, lo colectivo, lo necesario y posible.
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