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- NO A LA IMPUNIDAD SI A LA VERDAD. Declaración de miembros de las FFAA que se opusieron al golpe.
- Ante los fraudes, las colusiones, abusos y las estafas actuales, ¿Qué pueden hacer los ciudadanos? Por Edgardo Condeza

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Ensayo sobre el país realmente existente [i] “Clases dominantes y desarrollo desigual. Chile entre 1830 y 2010 de Karin Fischer”. Por Ángel Saldomando

El libro de Karin Fischer “Clases dominantes y desarrollo desigual. Chile entre 1830 y 2010” [ii] hay que agradecerlo. Primero por el interés venido de lejos, por parte de una socióloga austriaca (Universidad de Viena y Linz), sobre la trayectoria histórica de Chile. País banalizado en su pretensión de modelo luego que los reflectores de la transición se apagaron definitivamente.

Fischer ha hecho un ejercicio de análisis riesgoso, que ha llevado a cabo con lucidez, perspicacia, basada en una excelente y abundante documentación. Más importante, sin duda, es que retome con una tradición perdida en la academia, al menos nacional, de construir el análisis con un enfoque de economía política. En él se combinan aspectos estructurales de la economía, su transformación en el tiempo, con la construcción de sus expresiones sociales y políticas dando lugar a una determinada configuración societal.

Dentro de la cual, y esto es lo que propone el libro, se analiza la construcción de una hegemonía de clase burguesa, la que pese a sus desencuentros y contradicciones, mantiene su unidad como bloque de poder. Ello le permitió “mantener su poder político y actuar colectivamente como una clase social no solo en momentos de crisis”. (pág 19).

Por mi parte, quiero llamar la atención sobre algunos aspectos que me parecen esenciales, sin perjuicio de otros que podrían ser destacados. Los aspectos que selecciono me parecen que dan claves de interpretación de largo aliento, más allá de los ciclos económicos, las adaptaciones coyunturales, las reconfiguraciones socioeconómicas de la “burguesía aristocrática o de la aristocracia burguesa”. Como señala la autora, con cierta ironía, para calificar una contenido de clase donde el apellido y el linaje se fusionaron incestuosamente para configurar un tipo social: mitad burgués arribista y mitad aristócrata empresario.

El primer tema que me parece central lo introduciré con las palabras de la autora cuando discute el fracaso de la burguesía como actor desarrollista nacional. (pág. 61 a 67) Dice Fischer: “Por qué las élites económicas chilenas cedieron su posición a los actores extranjeros y no jugaron un rol modernizador en términos macroeconómicos puede responderse con Wallerstein también de un modo fundamental: la burguesía no tenía ningún motivo para cumplir una tarea en la que no tenía nada que ganar” (pág. 64).

Detrás de la aparente simpleza de la expresión se manifiesta una afirmación extremadamente dura y de gran potencia. Condena la ilusión, hay ilusiones que matan, con que los sectores modernizadores medios y de izquierda buscaron desesperadamente una burguesía desarrollista con quien aliarse para desarrollar el país, aislar a la oligarquía terrateniente y a los monopolios. El problema es que eran la misma cosa.

Que las razones estuvieran ligadas a la dependencia (teóricos de la dependencia, Cepal etc.), a la herencia del colonialismo o al bloqueo estructural del sector moderno (estructuralistas) no cambia nada la cuestión de fondo. La posición rentista, de ganancia inmediata, monopolista y de bajo riesgo era suficientemente atractiva y lucrativa como para no tentarse con mutar en una clase, o fracción de ella, que sometiera a una extrema tensión a su privilegiada condición. Ello llevaría a su división y a la necesidad de contar con apoyos de grupos sociales considerados amenazadores.

La explotación de recursos naturales, la temprana tela de araña que configuró una red de familias, grupos económicos, finanzas y política, así como la alianza con capital extranjero; proporcionaron una posición de bloque de clase sólido y con suficiente capacidad de presión y control político, como para pensar en un aventura nacional desarrollista. Ello explica por qué el modelo económico chileno primario, con las características antes señaladas, ha sido el ADN de la burguesía chilena. Y de paso, explica por qué el avatar industrializador iniciado tímidamente y muy inconsistente desde 1930 y terminado en 1973, nunca logró ser un proyecto nacional, excepto para sectores medios y populares. La historia volvió a sus cauces luego del golpe cívico militar en el que la burguesía reconfiguró nuevamente la sociedad de acuerdo a su esencia, dando paso a una suerte de siglo XIX remozado, entre 1973 y la actualidad.

La burguesía aristocrática chilena nunca quiso cargar con el peso de un Estado nacional desarrollista y menos aún lidiar con el reforzamiento de sectores medios, obreros, campesinos y populares, propio de la modernidad industrializadora, que le disputaría la hegemonía. Su éxito social y económico había descansado sistemáticamente en una posición de privilegios, (ausencia o muy bajos impuestos por ej.) exclusividad monopólica (control de bancos y empresas relacionadas por ej.) estado mínimo represivo (cada cierto tiempo un escarmiento sangriento a los trabajadores por ej.) o cuando más: una democracia restringida. Sobre todo ello existe abundante información estadística.

La segunda cuestión que surge es la extraordinaria continuidad de la tela de araña, que mantuvo en el tiempo la relación familias y monopolios. El libro rastrea sistemáticamente esta continuidad histórica. Simplificando, durante el largo ciclo histórico de 1930-1973 el control lo tuvieron 19 familias, por no mencionar la situación anterior. A la salida de la reconfiguración social, post golpe cívico-militar, el control se “amplió” a 22 familias.

Fisher señala que en 1978 cinco grupos económicos controlaban más de la mitad de los activos de las 250 empresas más grandes y nueve, incluidos los mencionados, el 82% de los activos bancarios. En 1987 siete grupos controlaban el 75% de las 300 sociedades anónimas dominantes. En la actualidad los mismos grupos económicos controlan dos tercios del volumen de ventas, 95% de las exportaciones, 85% del valor bursátil, 70% de empresas en bolsa y el 90% de los activos además del sector financiero.

El capitalismo familiar, burgués aristocrático, se acentuó en todo este tiempo aumentando su poder como bloque social. De allí surgen otros temas que explican el tipo de Estado existente, subordinado a los grupos dominantes, la desigualdad, y la exclusión social que atraviesa la sociedad chilena. Ello bloquea la innovación, la redistribución de oportunidades y la movilidad social. Más aun, la configuración territorial del país está completamente controlada por las decisiones del capital en las que comunidades, trabajadores y el propio Estado cuentan muy poco. Con las consabidas consecuencias ambientales negativas y las emergencias derivadas de ausencia de regulación publica y capacidad de administración.

Por último, el libro señala algo poco asumido en la historia reciente; salvo por honrosas excepciones. Este estado de cosas, tiene su corolario político: en el control del Estado, la capacidad de veto y la extraordinaria captura de la clase política, de los funcionarios y de la academia; por parte de la burguesía aristocrática. Chile es un país, hasta ahora, con elecciones sin opción, un estado funcional a la empresa y con una elite cooptada. Esto, que por nuestra parte en otro artículo calificamos de “Estado profundo”, genera una pantomima argumentada con eufemismos, acerca del desarrollo y la modernidad que no se corresponde con la realidad, algo que se confunde a ras de suelo con la disponibilidad de objetos y el consumo.

Pero Fischer no se limita a rastrear a funcionarios de la dictadura reciclados en la política y las empresas, la lista es grande, sin hablar, agrego, de agentes de la represión, el lobby y la corrupción. Precisa que este “transformismo exitoso” del “neoliberalismo rosa” tiene fundamentos sociales y económicos que explican la cooptación. Las puertas giratorias entre política y empresas por ejemplo, además el elitismo arribista muestra que si en 2003, 55% de los políticos habían visitado colegios públicos sólo cinco años después apenas un 16%; además de compartir barrios, ambientes sociales y oportunidades de carrera.

Fischer cita a una figura conspicua de la derecha Hermógenes Pérez de Arce, quien quizá con cinismo pero con lucidez descarnada escribe “El triunfo de la derecha”…/… se ve en que esta ha logrado…/…”el control político sobre gobiernos y opositores. Especialmente allí donde no tuvimos poder fuimos geniales. Hemos logrado que gobiernos de izquierda lleven a cabo nuestras políticas. En la actualidad el presidente Lagos está obsesionado con dejar los fatales principios izquierdistas que tuvo al inicio de su mandato. Ahora pretende la flexibilización del trabajo, lo contrario de su reforma original” [iii] La cita tiene su tiempo pero su actualidad no merece mayor argumentación a la vista de los hechos. Más allá justamente, de los hechos fríos y duros, aparece el país realmente existente. Se evidencia la dura hegemonía política y cultural de la burguesía aristocrática chilena. Un relato dominante con una defensa sin pudor de un modelo económico basado en la represión y la expropiación, un arribismo redundante en exclusión social, una distancia enorme entre elite y sociedad.

[i] Esta nota surge de un intercambio con la autora.

[ii] Ediciones Universidad Alberto Hurtado. Enero 2017, Santiago, Chile.

[iii] Hermógenes Pérez de Arce: Aznar un derechista genuino. Columna “Desde Chile 28/11/2003.

 
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