Los reajustes llevados a cabo en el mundo del trabajo desde hace más de veinte años producen fenómenos sorprendentes. AsÃ, se observa un asombroso ida y vuelta: los gerentes buscan importar en el sector privado valores profesionales caracterÃsticos del sector público, en el momento mismo en que éstos sufren los ataques de la lógica de gestión de lo privado.
Luego de las grandes huelgas de Mayo del 68, los empresarios hicieron todo lo posible para asegurarse una mano de obra menos rebelde, con mayor capacidad para adaptarse a las exigencias productivas. Necesitaban empleados totalmente adeptos a su causa, confiables y disponibles, que comprendieran rápidamente lo que se esperaba de ellos e hicieran de su persona el uso más eficaz y rentable posible.
Hasta entonces, los empleados franceses estaban motivados en gran medida por la convicción de un antagonismo irreductible entre ellos y su patrón. Los empujaba no sólo una identidad de productores –con la voluntad de cumplir con su labor según las reglas del oficio y las establecidas por los convenios colectivos de trabajo–, sino también una identidad de clase, impulsora de acciones comunes para cambiar el orden de las cosas. Actualmente, se les exige que se identifiquen con su empleo, tal como los directivos lo definen, que adhieran a los objetivos patronales y que acepten, en una relación de extrema lealtad, consagrarse a su servicio...
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