Leí que uno de los sueños del magnate Rupert Murdoch era que su
hijo James heredara News Corp., la empresa que gobierna el imperio
mediático de Murdoch. La revista Semana (Bogotá, julio 18, 2011, p.
72) en el reportaje “Jaque al rey” comenta que eso “en el mundo
corporativo es considerado un acto de nepotismo inaceptable”, y
añade: “En su condición de accionista mayoritario tenía la
posibilidad de hacerlo, pero cada vez más bloques de accionistas
minoritarios protestaban contra ese manejo familiar”.
La comunicación es un bien público que, en Ecuador, es manejado
generalmente de manera privada a través de empresas familiares de
medios. De hecho, los principales medios de comunicación han sido y
son propiedad de al menos dos o tres generaciones, por lo tanto, sus
administradores casi nunca rinden cuentas ni a una junta de
accionistas ni al público sino a un cónclave de familia. Los Pérez,
en relación con El Universo; los Mantilla con El Comercio; los
Alvarado con Vistazo y Ecuavisa; los Martínez con Expreso; los
Vivanco con La Hora, etc. Lo que en el mundo de las corporaciones es
considerado nepotismo, en Ecuador es una práctica que aparece como si
fuera algo natural e imposible de ser cuestionado.
Justamente, uno de los graves problemas para el ejercicio de la
libertad de expresión es la concentración de la propiedad de los
medios en pocos grupos familiares. Esta situación imposibilita la
real democratización de sus paquetes accionarios de tal forma que las
políticas comunicacionales y los controles internos no dependan de la
voluntad omnímoda de un solo dueño sino del criterio debatido y
consensuado de una junta de propietarios. Es por ello que, en nuestro
país, la personalización de los conflictos lleva a desdibujar
totalmente el sentido de la libertad de expresión pues, al final de
cuentas, lo que se defiende —en las cuestiones ideológicas y
políticas que realmente importan—, no es el bien social de la libre
opinión ni el debate de los diferentes puntos de vista de la sociedad
sino las creencias personales y simpatías políticas del dueño del
medio. En la práctica, el ser dueño de un medio que no rinde cuentas
a nadie, en un país en donde no existen regulaciones y se sataniza el
concepto de responsabilidad ulterior, concede al dueño un poder
ilimitado pues permite a una persona o a una familia ejercer el poder
político sin necesidad de participar en las elecciones toda vez que
los gobernantes elegidos tienen que estar en concordancia con el
pensamiento del dueño del medio para gobernar sin tanta oposición
mediática.
Así, los medios nos han acostumbrado a la exposición de las
rencillas y ajuste de cuentas personales en el seno de las
contradicciones de una clase social. ¿Por qué el ataque mediático a
Henry Raad y los ex dueños de El Telégrafo por parte de Carlos
Pérez, el dueño de El Universo, que ordenó poner el nombre de Raad
en el urinario público de su periódico? Tales rencillas encierran la
pugna por intereses que el público jamás llega a conocer sobre todo
porque tales pugnas no son ventiladas de manera transparente sino que
son encubiertas de diversas formas. ¿Por qué el ataque de los
Isaías, cuando eran dueños de TC y Gama, a Jaime Mantilla, principal
de Hoy, o al banquero Fidel Egas, cuando era dueño de Teleamazonas y
del grupo Diners, Soho, Fucsia, y Gestión? Las retaliaciones van
desde borrar de la cobertura de eventos sociales hasta exacerbar las
denuncias políticas en contra de los rivales. En medio de tales
rencillas, muchas veces, los periodistas honestos se ven envueltos y
casi obligados a tomar partido por uno u otro bando.
Además, como en la práctica son empresas de un solo dueño, esos
medios son recalcitrantes a todo tipo de responsabilidad por lo que
publican, evaden permanentemente la rendición social de cuentas y se
escudan bajo el paraguas de la libertad de expresión de la que jamás
se acuerdan a la hora de censurar y/o despedir a un periodista que no
coincide con las ideas del propietario del medio. Los ejemplos de este
tipo abundan en nuestro país aunque la mayor parte de ellos no
trascienden al público justamente porque no se trata de empresas
democráticas sino de feudos familiares. Para muestra un botón: el
periodista Xavier Lasso fue expulsado de la página editorial de El
Comercio por escribir acerca de las acciones positivas del gobierno de
Rafael Correa: “La señora Guadalupe Mantilla encontró que yo ya no
tenía que seguir en el diario. Simplemente ordenó que no se
publicaran mis artículos”, declaró el periodista sobre la censura
y el despido que sufrió.
El derecho de réplica y el deber de la rectificación
No hay que confundir la libertad de expresión que permite a una
persona, periodista o no, opinar sobre una situación determinada con
la inculpación que esa misma persona puede hacer de otra a través de
un medio periodístico. Por ejemplo, una cosa es opinar, incluso con
acritud, acerca del rendimiento de una selección de fútbol o sobre
la política económica de un gobierno, y otra cosa es acusar a un
funcionario de ese gobierno de enriquecerse en el ejercicio de su
cargo o al seleccionador de dicho equipo de hacer negocio con el pase
de los jugadores. Una cosa es opinar en contra de la concepción
política de un gobernante, otra cosa es acusarlo de cometer un crimen
de lesa humanidad. Para lo primero existe el debate público de los
distintos actores, para lo segundo es necesario un tribunal de
justicia. El problema, en nuestro país, se da porque algunos
periodistas, o editorialistas que opinan desde las diversas corrientes
políticas e ideológicas, pretenden convertirse en moralistas y
fiscales de la sociedad y se vuelven irresponsables en el uso de la
palabra a cuenta de una malentendida libertad de expresión.
Frente a la opinión de un editorialista o el reportaje de un
periodista en el que se expresan puntos de vista sobre diversos
sucesos, existe el derecho de réplica. Esto significa que la persona
aludida puede responder en similar tono a las opiniones vertidas por
el periodista ya que partimos del supuesto de que nadie es dueño de
la verdad y que ésta se construye en el debate de las ideas.
Lastimosamente, en nuestro país, los medios han convertido el derecho
de réplica casi en una dádiva del director editorial del medio y,
salvo que uno tenga cierto reconocimiento social, las réplicas van a
refundirse en espacios que no se compadecen con aquellos en los que la
opinión o el reportaje de alguien dejó malparada a la persona que
resulta involucrada en un suceso. Si un medio fuera democrático
permitiría que la réplica ocupara titulación, lugar y extensión
similares a la del editorial o reportaje que la generaron. Pero esto,
claro, es impensable en un negocio que ha hecho de la mala noticia o
del escándalo los motivos para vender.
La inexistencia del ejercicio del derecho de réplica y la ausencia
de responsabilidad ulterior en los medios ecuatorianos ha convertido,
lastimosamente, al insulto basado en la fácil adjetivación, a las
insinuaciones perversas, y a los juicios apresurados, la más de las
veces cargados de una moralina insoportable, en malas prácticas del
periodismo. En muchas ocasiones, estas tendencias ocasionan lo que se
conoce como un linchamiento mediático y dejan en indefensión
jurídica a quienes se ven involucrados en aseveraciones sin sustento,
subjetivas o provenientes de la mala entraña de quien las realiza. El
caso reciente de las chicas del colegio 28 de Mayo parecería
demostrar lo dicho: es probable que la presión moralista de un medio
haya llevado a una autoridad escolar a tomar una medida disciplinaria
extrema. Lo más terrible es que satanizaron a las chicas por un baile
de moda calificado de “erótico” —baile estéticamente horrible
para mi gusto pero ese es otro cantar— (como fueron calificados de
inmorales el tango, el twist, el bolero, etc., a su debido momento),
realizado en una casa particular, en una fiesta privada, que tuvo la
mala estrella de aparecer colgado en Youtube, y, lo peor, es que, al
final como buenos alumnos de Tartufo, los medios fueron incapaces de
realizar su autocrítica: ¿por qué si les parece inmoral el llamado
“baile del choque” lo promocionan en los canales de televisión y
lo publicitan en diarios y revistas?
Al mismo tiempo, una persona agraviada injustamente por un medio
tiene el derecho de exigir una reparación mediática y, llegado el
caso, pecuniaria, y el medio, por su parte, tiene que cumplir con el
deber de la rectificación. La rectificación es el reconocimiento del
medio de que ha cometido una equivocación, de que ha faltado a la
verdad o ha exagerado, que ha sacado falsas conclusiones, en
definitiva, que ha perjudicado a una persona con una noticia o una
opinión. Desafortunadamente, en Ecuador, los medios son reacios a la
rectificación: es como si partieran del supuesto de que jamás se
equivocan y que tienen la verdad en sus manos. Muchas veces, de manera
testaruda, no solo que no rectifican sino que cuando alguien reclama
por alguna noticia, el medio se da el lujo de ratificar lo dicho y
volver a agraviar al reclamante poniendo una nota de la redacción al
reclamo, con la que pretenden deslegitimarlo. En ese sentido, un medio
sin responsabilidad ulterior ni regulación alguna puede fusilar
mediáticamente a un ciudadano sin que éste tenga la oportunidad de
defenderse en igualdad de condiciones. De ahí que se vuelva un
imperativo ético y legal el deber de rectificación que tiene un
medio.
La diferencia entre el derecho a réplica y el deber de la
rectificación es que en el uno, el agraviado tiene el derecho a que
su palabra sea publicada por el medio en igualdad de condiciones en la
que fue publicada la palabra de quien ha emitido una opinión que lo
afecta; en el otro, es el medio el que tiene la obligación de
reconocer el error sobre lo dicho en un artículo de opinión, en una
noticia o cuando se trata de una inculpación que no puede ser
probada.
La necesidad de regulación y democratización de los medios
A ciertos dueños de medios y también a ciertos periodistas, igual
que a los editorialistas de corte político que por lo general
escriben desde sus particulares militancias, se les eriza el cuero
cabelludo cuando se habla de regulación. Enseguida esgrimen la
muletilla de la libertad de expresión para oponerse a todo tipo de
normativa. Pero, desde el momento en que un medio hace uso de un bien
público como es la comunicación y desde el momento en que dicho
medio hace negocio mediante el usufructo de dicho bien público, la
regulación se vuelve imprescindible.
No obstante lo dicho, es necesario también señalar que la
regulación no puede ser el pretexto para imponer lo que se conoce
como censura previa. Lo peor que le puede pasar a una sociedad
democrática es que existan censores del pensamiento y la libre
circulación de las ideas; asimismo, nada más nefasto que aquellos
inquisidores que determinan qué es lo moral y qué lo inmoral. La
regulación implica una normativa en el marco de principios que tienen
que ver con el cuidado de la niñez, el impedimento de la propaganda
que fomente el racismo y la discriminación por cualquier motivo, la
prohibición de incitar a cualquier tipo de violencia y de hacer
apología del delito y, en general, aquello que la humanidad reconoce
como tópicos a ser desterrados de la convivencia democrática.
La regulación conlleva la responsabilidad ulterior del periodista. Y
es que el uso de la palabra y del bien público que es la
comunicación y el derecho a la información implica no solo una
rendición social de cuentas sino también una responsabilidad
personal sobre lo que se dice y la forma en la que se lo dice. Algunos
sostienen que la existencia de la responsabilidad ulterior implica una
suerte de autocensura pues quien escribe va a estar pensando en las
consecuencias de lo escrito. Pero la real autocensura no es hacerse
responsable de lo dicho, sino callar una verdad por temor al poder,
sea este político, económico o social. A veces, los periodistas
callan porque temen malquistarse con el dueño del medio y, en
consecuencia, perder el empleo. Saber que se es responsable de lo
dicho es todo lo contrario a la autocensura: hacerse responsable de la
palabra es practicar la libertad de expresión sin miedo, pues lo que
se dice está sustentado por la verdad.
Pero para que exista verdadera libertad de expresión debe existir un
proceso de democratización que implica la apertura de los paquetes
accionarios de los medios, la apertura a concurso de las frecuencias
de radio y televisión, el impulso a los medios de comunicación
comunitarios. Que las empresas familiares se transformen en sociedades
anónimas que vendan sus acciones en la bolsa, que los directorios
sean espacios de amplio debate ideológico, que las directrices sean
tomadas por el consenso de una junta de accionista y no por la
voluntad todopoderosa de un solo dueño, que los editores de noticias
y de opinión rindan cuentas a un directorio con capacidad real de
tomar decisiones. Que las frecuencias que son del Estado sean objeto
de permanente concurso público de adjudicación de las mismas. Que
los medios comunitarios tengan posibilidad real de competir por las
frecuencias o por la circulación frente a los monopolios familiares
que hoy día existen sin cuestionamiento igual que si su existencia
fuera un mandamiento divino.
La ausencia de autocrítica en los medios
Tanto en los espacios propiamente periodísticos como en los espacios
de entretenimiento de la mayoría de los medios existe una lamentable
ausencia de autocrítica. Cierta propensión a la telebasura y a la
superficialidad sobre lo que los medios consideran entretenimiento
popular son las constantes. Se trata del populismo cultural más
espantoso que existe, pues a cuenta de que eso es lo que le gusta a la
audiencia los medios carecen de pudor para su programación televisiva
o para hacer de ello un reportaje.
Frente a esta crítica los medios responden que el televidente o el
lector pueden cambiar de canal o no comprar el periódico o la
revista. Aquello es cierto. No obstante, nos encontramos con una
serpiente que se muerde la cola puesto que la cultura dominante está
construida sobre la base de los gustos de una audiencia formada con
los gustos de quienes dominan los espacios de difusión de lo que se
llama la cultura popular.
Una telenovela, por ejemplo, es promocionada en los medios escritos
—a veces propiedad del mismo canal— a través de la publicación
de propaganda disfrazada de entrevista o reportaje a sus
protagonistas. Además, ahora en programas de chismes y escándalos,
los propios personajes de la farándula de la televisión se han
convertido en los protagonistas de las noticias sobre sus amores y
desamores. Todo aquello alimenta el morbo de la gente igual que la
crónica roja.
¿Está la libertad de expresión amenazada en Ecuador?
La libertad de expresión, al menos en el ámbito político, es un
derecho que se practica sin cortapisas en Ecuador, tanto que las
páginas editoriales de los periódicos están cargadas de
editorialistas que opinan lo que les apetece acerca del gobierno y sus
funcionarios; en muchos casos, con insultos y rudos calificativos
sobre una gestión política, una decisión administrativa que se
considera errónea, o una declaración de esas que suelen ser
realizadas al paso en algún aeropuerto o evento público. Pero una
cosa es la opinión y otra una acusación sin fundamento: frente a la
segunda, afortunadamente, existen leyes que le ponen freno pero que no
habían sido aplicadas por miedo al verdadero poder: ese que puede
aniquilar a una persona publicando permanentemente solo críticas y
noticias negativas en su contra y cuyos ejemplos, en algunos medios
ecuatorianos, no es difícil de encontrar.
Acerca de otros ámbitos no se practica la misma libertad: todavía
existe temor reverencial a opinar sobre ciertas disposiciones
eclesiales y la derechización de un sector de la jerarquía
católica, por ejemplo; resulta impensable una crítica a la política
de los medios desde los propios medios y los “defensores del
lector” de los periódicos siguen siendo un mal chiste; la
telebasura es aupada y promocionada en los propios canales en
complicidad con los diarios; la crónica roja y el amarillismo es un
negocio redondo que no admite cuestionamiento alguno. No leeremos
jamás una reflexión de esa naturaleza en las páginas editoriales de
los diarios simplemente porque los medios no admiten una crítica
frontal al modelo de periodismo que ellos mismos han definido como
“libre” y cuyos propietarios defienden a ultranza.
Lo que está en crisis en Ecuador es el modelo de propiedad
—concentrador, monopólico y familiar— de un bien público como es
la comunicación; un modelo que vive sin rendición de cuentas, que
manipula políticamente a la sociedad, que ejerce su poder poniendo
contra las cuerdas a los gobiernos democráticamente elegidos hasta
someterlos a su ideología, que pertenece a unas cuantas familias y
que carece de vocación democrática en lo que realmente importa: la
propiedad del paquete accionario, la toma de decisiones sobre
políticas comunicacionales, y la responsabilidad ulterior frente a la
sociedad por el uso de la palabra.
Hoy, las escuchas telefónicas que de manera antiética e ilegal
practicaron algunos periodistas de News of the World —uno de los
grandes tabloides amarillistas de Murdoch que tuvo que ser cerrado por
el propio magnate debido al escándalo de las escuchas—, ya llevaron
a la cárcel a algunos mandos importantes de dicho pasquín. A nadie
sorprendería que el propio Murdoch tuviera que purgar una pena por lo
que hizo la gente de su periódico. Y a nadie por esas latitudes se le
ocurre decir que se trata de un atentando a la libertad de expresión.
En su número final, que apareció el 10 de julio pasado, News of the
World tuvo que rectificar: “Phones were hacked, and for that this
newspaper is truly sorry... there is no justification for this
appalling wrongdoing.” (“Los teléfonos fueron pinchados y por
ello este periódico está realmente arrepentido… no hay
justificación para esta atroz mala práctica”). Por el contrario,
todos están de acuerdo con que se trata de una de las tantas aristas
que se desprenden de la responsabilidad ulterior que tiene el
ejercicio del periodismo. Lo que sucede es la pérdida de poder y el
final de la impunidad por parte de las empresas familiares
mediáticas, la de Murdoch incluida.
* El autor es escritor y catedrático universitario. Políticamente se considera socialdemócrata. Fue ministro de Educación y actualmente es el embajador de Ecuador en Colombia.