Jamás la cuestión energética jugó un papel tan importante en la estrategia internacional de Rusia. La “renacionalización” de los monopolios energéticos se encuentra en el corazón de la “sociedad estratégica” con la Unión Europea (UE): el 21 de enero pasado, Angela Merkel reclamó a Putin por las interrupciones en la entrega de gas. En el Cáucaso, el petróleo es motivo de disputa con Estados Unidos. Tentado por el ultraliberalismo durante su primer mandato, Putin trabajó en el segundo por una restauración del Estado, pero en el marco de una economía de mercado.
A comienzos de 2007 el Producto Bruto Interno (PBI) de Rusia logró finalmente recuperar su nivel de 1990. Luego de la depresión registrada en la década de 1990, el país tuvo seis años de crecimiento, con un promedio del 6% anual. A la riqueza petrolera se añaden éxitos en otros terrenos (metalurgia, aluminio, armamento, agroalimentación), un fuerte aumento del consumo en los hogares y el reembolso de la deuda externa pública. Además, en cinco años se duplicaron los gastos de educación y se triplicaron los de salud. Ante la sorpresa general, algunas firmas rusas se expanden en el ámbito capitalista transnacional.
Pero la mejoría es frágil. Rusia, más pobre y con más desigualdades que en la época soviética, necesita inversiones para poder superar sus flancos débiles: fuga de capitales y de cerebros, infraestructuras obsoletas, atraso tecnológico creciente respecto de los otros países industrializados, reducción de la esperanza de vida y de la población. Sin embargo, el economista Jacques Sapir afirma que 2006 fue “el año de la reorientación estratégica”, con la aparición de una política industrial consciente de que la economía ya no puede seguir dependiendo impunemente de la sola renta gasífera y petrolera. De allí la necesidad de una política estatal más intervencionista, a contracorriente de la opinión de los organismos internacionales y de los liberales rusos. La controversia se centra fundamentalmente en la utilización de un fondo de estabilización de unos 80.000 millones de dólares.
Para el nuevo secretario estadounidense de Defensa, Robert Gates, “Vladimir Putin trata de devolverle a Rusia su nivel de gran potencia” y de “hacer renacer el orgullo nacional”. Según las encuestas, eso le vale el apoyo del 70% al 80% de la población, particularmente en la clase media acomodada y en la aristocracia obrera bien remunerada. En opinión de Lilia Ovtcharova, del Instituto de Política Social, los salarios reales alcanzan el 80% del nivel de 1989; mientras que el consumo aumentó en un 167%. Por supuesto, se trata de promedios que no tienen en cuenta la polarización social. La pobreza disminuye, pero sigue siendo endémica, y las desigualdades sociales aumentan, más aun teniendo en cuenta que la lógica mercantil terminó con las protecciones sociales soviéticas. Por lo tanto, el balance de quince años de transición debe ser revisado y corregido rigurosamente, y relativizado por esa enorme “faz oculta” que constituyen la economía y la sociedad “informales”.
Texto completo en la edición impresa de marzo de 2007.
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