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François Delaporte




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Una cara hecha a mano

por  François Delaporte

El trasplante parcial de la cara en una mujer que presentaba una herida discapacitante, realizado en Francia en noviembre pasado, suscitó violentos ataques en nombre de la moral: el comportamiento de los cirujanos sería anti-ético y perseguirían un éxito mediático a fuerza de proezas. En realidad, la intervención terapéutica perturba a quienes se presentan como los garantes de la moral y el saber médico.

Los “éticos” creen que el trasplante es una técnica con un único fin: salvar la vida de un enfermo. Creen también que siempre es posible adaptarse a una discapacidad. Donde hubo quienes procedieron imprudentemente a un trasplante parcial de la cara, ellos consideran que habrían bastado unas prótesis tradicionales. Sería preferible una actitud responsable y respetuosa de la paciente, antes que un activismo médico en busca de proezas.

Las cosas no son tan simples. La ley francesa del 23 de diciembre de 1976, denominada “ley Caillavet”, sobre extirpación de órganos, enunciaba: “Pueden realizarse extirpaciones de un cadáver con fines terapéuticos o científicos”. Dejando abierta la cuestión de los fines terapéuticos, la ley no limitaba la lista de órganos que podían extirparse. En 1988, el Comité consultivo nacional de ética formulaba una precisión, de la que surgiría el malentendido: “No podemos ignorar que existe una diferencia entre un trasplante de órganos que sirve para salvar en lo inmediato una vida humana, y una experiencia cuyo resultado no es previsible”. Muy rápidamente, se impuso una interpretación restrictiva de esta disposición: sólo se trasplantan órganos que garanticen la preservación de una vida humana. De allí surgen esas distinciones tajantes entre lo vital, lo oculto, lo profundo por un lado, y lo superfluo, lo secundario, lo accesorio por el otro. Entre la cirugía cardíaca, grave, noble, y la cirugía de lo visible, vista como superficial.

No es de extrañar entonces que el conservadurismo médico haya manifestado, respecto al trasplante de cara en cuestión, una confianza excesiva en los procedimientos más convencionales, como las prótesis. Sin embargo, la voluntad de atenerse a las soluciones clásicas impide apreciar la gravedad de una mutilación y presupone la asimilación de la discapacidad a una herida benigna. Para el cirujano confrontado a esta desfiguración, no intentar una operación sería colocarse en una posición de no asistencia a persona en peligro. Claro que no podría haber intervención sin un presumible resultado feliz. Aunque el cirujano no ignore que todo puede acabar en un drama. A fuerza de prudencia, llegamos al rechazo de las condiciones mismas del conocimiento, fuente de innovaciones terapéuticas. Nos guste o no, para conquistar una seguridad habrá que pasar siempre primero por un riesgo...

Leer texto completo en la edición impresa de marzo de 2006
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