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- LE MONDE DIPLOMATIQUE Nº 181 - Sumario ENERO-FEBRERO 2017

- Sumario completo





Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
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Marionetas rusas

por  Serge Halimi

El 9 de febrero de 1950, en lo más álgido de la guerra fría, un senador republicano todavía oscuro vociferaba: “Tengo en mis manos la lista de doscientas cinco personas que el secretario de Estado sabe que son miembros del Partido comunista, y que sin embargo deciden la política del departamento de Estado”. Joseph McCarthy acababa de entrar en la historia de los Estados Unidos por la puerta de la infamia. Su lista no existía, pero la ola de histeria anticomunista y de purgas que siguió destrozó la existencia de miles de estadounidenses.

En 2017 lo que se cuestionaría es directamente la lealtad patriótica del próximo presidente de los Estados Unidos. Con su gabinete de militares y de multimillonarios, las razones para temer su entrada en funciones son abundantes. Sin embargo, el Partido demócrata y cantidad de medios occidentales parecen obsesionados por la idea descabellada de que Donald Trump sería la “marioneta del Kremlin” (1). Y que debería su elección a un pirateo de datos informáticos orquestado por Rusia. Mucho tiempo ha pasado desde la paranoia macartista, pero el Washington Post acaba de renovar esa historia al preocuparse por la existencia de “más de doscientos sitios que, voluntariamente o no, publican o difunden la propaganda rusa” (24 de noviembre de 2016).

Malos vientos soplan sobre Occidente. Cada elección o casi es apreciada a través del prisma de Rusia. Ya se trate de Trump en los Estados Unidos, de Jeremy Corbyn en el Reino Unido o de candidatos tan diferentes como Jean-Luc Mélenchon y François Fillon o Marine Le Pen en Francia, basta con cuestionar las sanciones económicas contra Moscú o las conjeturas antirrusas de la Central Intelligence Agency (CIA) –una institución que, como nadie ignora, es infalible e irreprochable– para ser sospechado de servir los designios del Kremlin. En un clima semejante, apenas se atreve uno a imaginar el torrente de indignación que habrían suscitado el espionaje por Rusia, más que por los Estados Unidos, del teléfono de Angela Merkel, o la entrega por Google a Moscú, más que a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), de miles de millones de datos privados recolectados en Internet. Sin medir todo el humor de sus palabras, Barack Obama, a propósito de Rusia, evocó “un país más pequeño, más débil” que los Estados Unidos: “Es necesario que comprendan que lo que ellos nos hacen, nosotros podemos hacérselo a ellos” (2).

Cosa que Vladímir Putin no ignora. En la primavera de 1996, en efecto, un presidente ruso enfermo y alcohólico, artesano (corrupto) del caos social en su país, no sobrevivió a una impopularidad abismal sino gracias al apoyo declarado, político y financiero, de los capitales occidentales. Y a un providencial relleno de las urnas. Boris Yeltsin, el favorito de los demócratas de Washington, de Berlín y de París (aunque haya mandado a cañonear el Parlamento ruso provocando, en diciembre de 1993, la muerte de centenares de personas), fue por lo tanto reelegido. Cuatro años más tarde decidió transmitir todos sus poderes a su fiel primer ministro, el delicioso Vladímir Putin…

1. Según la expresión de Robby Mook, entonces director de campaña de Hillary Clinton, ABC News, 21 de agosto de 2016. 2. Conferencia de prensa del 16 de diciembre de 2016.

*Director de Le Monde diplomatique. Traducción: Víctor Goldstein


Texto en francés

Marionnettes russes

Le 9 février 1950, au plus fort de la guerre froide, un sénateur républicain encore obscur tonne : « J’ai dans la main la liste de deux cent cinq personnes que le secrétaire d’Etat sait être membres du Parti communiste et qui pourtant déterminent la politique du Département d’Etat. » Le sénateur Joseph McCarthy venait d’entrer dans l’histoire des Etats-Unis par la porte de l’infamie. Sa liste n’existait pas, mais la vague d’hystérie anticommuniste et de purges qui suivit fracassa l’existence de milliers d’Américains.

En 2017, c’est carrément la loyauté patriotique du prochain président des Etats-Unis qui serait en cause. Les raisons de redouter son entrée en fonction avec son cabinet de militaires et de milliardaires sont légion. Pourtant, le parti démocrate et nombre de médias occidentaux semblent obsédés par l’idée farfelue que M. Donald Trump serait la « marionnette du Kremlin ». Et qu’il devrait son élection à un piratage de données informatiques orchestré par la Russie. Bien du temps a passé depuis la paranoïa maccarthyste, mais le Washington Post vient de renouer avec cette histoire en s’inquiétant de l’existence de « plus de deux cents sites qui, volontairement ou non, publient ou font écho à la propagande russe. »

Un vent mauvais souffle sur l’Occident. Chaque élection ou presque est appréciée à travers le prisme de la Russie. Qu’il s’agisse de M. Trump aux Etats-Unis, de M. Jeremy Corbyn au Royaume-Uni, ou de candidats aussi opposés que MM. Jean-Luc Mélenchon, François Fillon, Marine Le Pen en France, il suffit de douter des sanctions économiques contre Moscou, ou des conjectures antirusses de la Central Intelligence Agency (CIA) - une institution dont nul n’ignore qu’elle est infaillible et irréprochable - pour être suspecté de servir les desseins du Kremlin. Dans un climat pareil, on ose donc à peine imaginer le torrent d’indignation qu’eût déclenché l’espionnage par la Russie (plutôt que par les Etats-Unis) du téléphone de Mme Angela Merkel, ou la livraison par Google à Moscou (plutôt qu’à la National Security Agency) de milliards de données privées collectées sur Internet. Sans mesurer tout l’humour de son propos, M. Barack Obama a indiqué, parlant des Russes, « un pays plus petit, plus faible » que les Etats-Unis : « Il faut qu’ils comprennent que ce qu’ils nous font, nous pouvons le leur faire. »

Cela, M. Poutine ne l’ignore pas. Au printemps 1996, un président russe malade et alcoolique, artisan (corrompu) du chaos social dans son pays, n’a en effet survécu à une impopularité abyssale que grâce au soutien déclaré, politique et financier, des capitales occidentales. Et à un providentiel bourrage des urnes. Boris Eltsine, le chouchou d’alors des démocrates de Washington, de Berlin et de Paris (bien qu’il eut fait tirer au canon sur le Parlement russe, y provoquant, en décembre 1993, la mort de centaines de personnes) fut donc réélu. Quatre ans plus tard, il décida de transmettre tous ses pouvoirs à son fidèle premier ministre, le délicieux Vladimir Poutine…

 
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