El pasado 10 de agosto, el 67,41% de los bolivianos aprobó la continuidad de Evo Morales en el poder, en un referéndum revocatorio imaginado para remover pacíficamente los obstáculos a las reformas que impulsa el gobierno central. Legitimados a su vez en sus departamentos, los prefectos del oriente del país redoblaron la apuesta por una autonomía del poder central que se asemeja a una virtual independencia. Morales convocó entonces a una nueva consulta popular para aprobar su proyecto de nueva Constitución. La polarización del campo político pone en riesgo la unidad del país y amenaza con perpetuar la eterna frustración nacional surgida de la incapacidad para construir un Estado exitoso, que hoy se debate entre los impulsos nacional-popular, indigenista y liberal.
Primero, está el altiplano. Esa inmensa alta meseta acorralada contra el cielo, a cuatro mil metros de altura. El sol. Una bola de fuego que quema la piel. La sombra. Glacial como la noche. ¿Y la noche? Diez grados bajo cero, en chozas que nada puede calentar. No hay leña en el altiplano. Sólo el furioso ulular del viento contra los techos.
Algunos caseríos, algunas parcelas cultivadas, algunas praderas. Enfundados en gruesos pulóveres, los indígenas con sus gorros, las indígenas con sus sombreros. Durante mucho tiempo, a pie y doblados bajo enormes cargas, las manos vacías, tristes, silenciosos, destruidos, han sufrido la ley de los más fuertes...
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