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En este numero:

- Crímenes imperdonables contra comunidades mapuche y sus niños. La cara actual de la guerra sucia y de la injusticia en Chile
- Bajo consumo de pescado: efectos de una Ley Longueira que le acomoda a la Nueva Mayoría. Por Pablo Fernando González
- La lección de Colo Colo por Juan G. Ayala

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No más democracia de mercado. Por Enrique Villanueva

La democracia representativa, de mercado, que tenemos en Chile, está agotada, está herida en su corazón, en su estructura, porque genera discriminaciones, exclusiones, marginación de grupos, supresión de derechos básicos de seres humanos. Se ha transformado en un sistema estructuralmente injusto que ya no responde a las necesidades de una sociedad democrática moderna y diversa,

Su esencia, quieran o no reconocerlo, es dictatorial y antidemocrática, por años nos obligó a vivir con poderes facticos e instituciones que funcionaron bajo una democracia tutelada, en la cual la democracia representativa es una pantalla. En su interior se anidó la corrupción, que hoy sale a la luz pública, con políticos coludidos con el poder empresarial, para defraudar al Estado y legislar pagando favores.

Con esto lo que ha quedado en claro, es que el sistema de democracia representativa, de mercado, que nació en dictadura, se constituyó sobre la base de salvaguardar la propiedad y el poder económico, protegiendo la relación espuria, de dependencia, entre política y empresariado. Así se estableció, tal cual lo predijo Marx hace más de cien años, “la dependencia directa del Estado del poder económico, social y político de la clase dominante. Se trata de una «superestructura» que se levanta sobre los cimientos de las relaciones económicas y sociales”[1].

Por tanto, lo que recientemente sucedió con el SII, Servicio de Impuestos Internos, la decisión de exonerar de la investigación judicial, a las principales cúpulas empresariales, que desfalcaron al Estado para comprar políticos y financiar sus campañas, está en el marco de la ley. Como también lo está, el que por más de cuarenta años el dinero de nuestros ahorros previsionales, se transformó en el pilar del funcionamiento del sistema económico y en una fuente inagotable de recursos, que usan las grandes empresas para lucrar en su beneficio. Mientras las pensiones de los chilenos y chilenas les condenan, al término de su vida laboral, a la pobreza.

Hoy la democracia, postdictadura, se ha desfigurado tanto, que ni siquiera se habla de democracia representativa, se habla de democracia “formal”, porque en la realidad la participación efectiva del pueblo, pese a la supuesta soberanía popular, es reemplazado por el poder de elites políticas y económicas, las que constituidas como “clase política” gobiernan para sí y sus intereses. Así, durante todo el proceso postdictadura, hemos elegido representantes que nos comprometen con propuestas y programas, pero una vez que estos están en el ejercicio del gobierno, no sólo no coinciden con nuestros intereses, con el pueblo, sino que, por el contrario, se oponen al sentir popular que libre y democráticamente los eligió.

Aporta a esto el papel de los medios de comunicación, en la manipulación de las conciencias, por empresas comunicacionales, radios, TV, las cuales son parte del poder económico que gobierna al país, las que, dicho sea de paso, le restan poder a los políticos. Hay medios que se encargan de que la población sienta desprecio a nivel moral o ético por los políticos, además obnubilan a la población, en la medida en que impiden que los individuos que la conforman desarrollen un espíritu y pensamiento críticos.

Esta es la realidad que estamos viviendo, lo que en todo caso no contradice el hecho de que las instituciones políticas son necesarias y que no hay democracia sin partidos políticos, este es un argumento compartido. Pero, hasta qué punto esto es factible, una democracia formal, con instituciones cuestionadas por la ciudadanía. Instituciones duramente criticadas y violentadas por la corrupción, cada vez más alejadas de las urgentes demandas que emanan del pueblo.

La pregunta entonces es, si nuestra democracia formal, representativa, (o democracia indirecta), satisface hoy, las manifiestas necesidades y aspiraciones de cambio de los chilenos y chilenas. Y, como reconectamos al sistema político con las múltiples demandas de la sociedad, intentando salvar las distancias que hoy existen entre las instituciones políticas y el pueblo.

Claro está, que plantear las cosas así, cuando se habla de manera critica de la democracia formal, las aristocracias en el poder se atrincheran en la existencia de una verdad social única, despreciando la noción de la opinión pública, asociándola con una invención ideológica. En este contexto la democracia, como ellos la entienden, adquiere el estatus de verdad única, legitimándola como una doctrina intocable, asociada a la racionalidad económica de la convivencia humana.

En este contexto, ya es hora de pensar en otras formas de democracia, por ejemplo, la democracia participativa, es decir, formas de organización social y política que abran paso a una nueva constitución, a nuevos actores y lógicas de poder. Que permitan legitimar procesos de transición de una democracia formal a una democracia participativa, legitimados mediante procesos constituyentes, incorporando mecanismos de democracia directa, tomando distancia del Estado neoliberal y empoderando al Pueblo en la toma de decisiones.

En lo personal creo que el potencial democratizador en este Siglo XXI, tiene que ver con un modelo de sociedad distinta al neoliberalismo y, con su coherencia a la hora de concretarse en políticas públicas. Todo esto sin lugar a dudas que es materia de estudio, pensando un nuevo Chile y no parchando el actual para hacerlo solo más vivible.

Hay interrogantes, por cierto, como, por ejemplo, que potencial tenemos para promover procesos de democratización e inclusión, que son dos objetivos fundamentales. Como se promueve el empoderamiento del Pueblo, particularmente de los excluidos del sistema, en una sociedad tan desigual como la nuestra. Propuestas que deben prescindir de las practicas del clientelismo, el populismo y el personalismo. Con una constitución que garantice y combine los mecanismos de representación y de participación.

En todo esto una nueva Constitución es el camino para aportar al cambio, es decir, para incorporar mecanismos de democracia participativa, tales como la figura del referendo, con lo cual se le otorga poder a la ciudadanía, para iniciar procesos legislativos, aun manteniendo estructuras de la democracia representativa formal. Una constitución que consagre y reconozca las identidades culturales hoy excluidas, como el pueblo mapuche, además de los derechos y valores de la sociedad civil y movimientos populares potencializando su incursión en lo político y en la conducción del Estado, haciéndoles partícipes activos en la construcción de la Voluntad General, transformando al pueblo en un actor con potencial para mediar los conflictos sociales con el Estado.

Lo cierto entonces es que en la sociedad que tenemos, regida por una economía de mercado extrema, esto genera una disyuntiva para el futuro, entre lo económico y lo social. Quedando cuestionada la real capacidad de la democracia dependiente del mercado, para la creación de espacios de participación democrática efectivos, los que se confrontan con una realidad que niega constantemente los derechos fundamentales de los individuos. Es una disyuntiva que nos lleva a pensar un Chile distinto, que no es por el camino neoliberal, sino que, por el camino del Estado de bienestar.

Una pregunta final

Si con la aparición del Frente Amplio, de nuevas caras en la política, la reacción ha sido desprestigiarles o ningunearles, entonces qué pasaría si en las próximas elecciones presidenciales ganara el Partido Comunista. Lo aceptarían las elites económicas y políticas que hoy son dueñas del poder, o al día siguiente las tendríamos pidiendo a las FFAA sacar los tanques y aviones a la calle.

Es un buen punto de reflexión ya que en esta democracia formal, simplemente no hay cabida como para aceptar un evento así, porque el juego democrático en el neoliberalismo, tal cual fue en el capitalismo en 1973, se termina cuando los poderosos ven peligrar su poder, el verdadero poder que es el económico y en ese camino, claro está, que el capital juega siempre con ventaja.

[1] Esto lo tratará en sus innumerables ensayos políticos, y especialmente en los más discutidos, como el Manifiesto comu­nista.

 
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