DECLARACIÓN DEL INSTITUTO DE HISTORIA Y CIENCIAS SOCIALES
FACULTAD DE HUMANIDADES
UNIVERSIDAD DE VALPARAÍSO.
Hoy la sociedad chilena es testigo de un movimiento que se ha
venido gestando en el mundo estudiantil, secundario y universitario, el cual
se expresa de distintas formas: paros, tomas de locales, ingeniosas
representaciones callejeras, clases en la vía pública, marchas
multitudinarias a nivel nacional, etc.. Todas estas acciones se han
encaminado a poner de manifiesto el hondo malestar que existe en nuestras
casas de estudio ante los problemas que aquejan al conjunto de la educación
chilena. Y, en particular, frente a los esfuerzos en curso por parte del
gobierno en orden a culminar su privatización, en primer término de la
educación superior. Tales esfuerzos privatizadores conciben la educación
universitaria como un servicio que se transa en el mercado, es decir, como
una mercancía más, y no como un derecho. De este modelo se desprende que los
que producen este servicio deben cobrar por el mismo, y los que lo reciben,
pagarlo. Tal cosa es representativa de un fundamentalismo ideológico que en
ningún país del mundo se manifiesta con la radicalidad que adquiere en el
nuestro.
Las manifestaciones estudiantiles referidas arriba (y a las que se
han sumado docentes, incluyendo rectores) representan un claro rechazo a
tales concepciones, y a las políticas que en esa perspectiva quiere
implementar el gobierno.
¿En qué se manifiesta ese proceso privatizador en que el
gobierno está empeñado? Principal, aunque no exclusivamente, en un
agravamiento del abandono que ha hecho el Estado del financiamiento de sus
Universidades, el que al día de hoy alcanza a tan sólo un 7% de su
presupuesto. Gran parte del resto, indispensable para el cumplimiento de las
tareas de nuestras casas de estudio, ha ido siendo traspasado a las
familias, situación que se traduce en una inequidad gigantesca para la gran
mayoría de los estudiantes universitarios del país pues un alto porcentaje
de ellos provienen de sectores de menores ingresos, por lo que se ven
obligados a endeudarse por muchos años a través de créditos que a altos
intereses les ofrece la banca.
Otra parte del financiamiento de las universidades públicas debería,
según las concepciones del gobierno, ser obtenido a través de la venta de
sus servicios en el mercado, lo cual equivale a decir, que debe provenir de
la venta de los mismos a las grandes empresas. Y, lo que es tanto o más
grave, la universidad también debería financiarse a través de donaciones de
particulares. ¿De quien? En los hechos de las ya mencionadas grandes
empresas, nacionales y extranjeras. ¿Cuál es el significado de esto último?
No es otro que el control de las ex Universidades públicas por la
oligarquía plutocrática que controla dichas empresas. Dicho de otra manera,
significa que las universidades pasan a estar al servicio de una reducida y
todopoderosas clase social y no al servicio del país.
Dicho de otro modo, significa la existencia de un sistema
universitario estrechamente clasista al servicio de los que hoy lo controlan
todo, -desde las cadenas de farmacias hasta el retail, pasando por los
medios de comunicación, los clubes deportivos, el agua, los bosques, los
puertos, etc. etc. etc. Y, a la inversa, significa que se pone la lápida a
un eventual sistema universitario nacional. Es precisamente esto lo que, a
nuestro juicio, está hoy en juego.
Frente a esa disyuntiva declaramos que nuestra lucha es por una
universidad al servicio de Chile, y en contra de un modelo que en los hechos
defiende una universidad al servicio de una clase, como es el del gobierno,
cuestión que obviamente éste no está dispuesto a reconocer dado que
políticamente lo perjudicaría.
En este marco, la sociedad chilena debe tener claridad sobre el drama
que está viviendo la educación en el país y comprender el sentido del
actual movimiento que llevamos a cabo en su defensa, el cual, según se
desprende de lo dicho arriba, no persigue meros beneficios presupuestarios,
sino algo mucho más profundo. A saber, la existencia de un sistema
educacional, y particularmente universitario, que mantenga el carácter
nacional y público que desde los mismos albores de la República le fue
propio. Ello bajo el supuesto de que tal carácter, con su correspondiente
financiamiento estatal, constituye una garantía para la libertad de
pensamiento y para el desinteresado desarrollo de la ciencia, el arte y la
reflexión, cuestiones esenciales en una verdadera Universidad. Casas de
estudios superiores que reúnan esas características son indispensables para
el desarrollo de un país, razón por la cual el Estado debe garantizar su
existencia. Así, por lo demás, fue comprendido en Chile desde los mismos
inicios de la República.
Fue precisamente ese el concepto que defendió Andrés Bello. La
creación de la Universidad de Chile que llevara a cabo en 1842 lo atestigua.
Bello nunca pensó que la Universidad que fundaba sería una empresa destinada
a transar servicios educacionales y otros análogos en el mercado en
beneficio del enriquecimiento de una clase. Su punto de mira era el del
país, y no el del lucro de eventuales empresas situadas en este rubro. La
Universidad, como dijimos, a su juicio debía tener un carácter nacional,
dedicándose a proporcionar al país la alta cultura requerida por su
desarrollo. En su discurso de inauguración, pronunciado en 1842, decía al
respecto: ³la Universidad estudiará las especialidades de la sociedad
chilena bajo el punto de vista económico, que no presenta problemas menos
vastos, ni de menos arriesgada resolución. La Universidad examinará los
resultados de la estadística chilena, contribuirá a formarla y leerá en sus
guarismos la expresión de nuestros intereses materiales. Porque en éste,
como en los otros ramos el programa de la Universidad es enteramente
chileno: si toma prestadas a la Europa las deducciones de la ciencia, es
para aplicarlas a Chile. Todas las sendas en que se propone dirigir las
investigaciones de sus miembros, el estudio de sus alumnos, convergen a un
centro: la patria.²
Este carácter nacional y patriótico de las universidades chilenas es
el que está cuestionado desde la dictadura militar en adelante. Desde
entonces, en efecto, se ha pretendido convertir a las casas de estudios
superiores en empresas de servicio que de hecho controladas por los grupos
económicos- persiguen fines de lucro. Esto significa que se pretende
convertirlas en instituciones que no sirven al país, sino a la ganancia
empresarial de los grandes conglomerados económicos que lo controlan todo,
conglomerados que, dada su cultura, nada pueden comprender como no sea bajo
la óptica del negocio.
El pensamiento de Bello se hallaba en las antípodas de lo dicho.
Decía sobre la materia: ³yo soy de los que miran la educación del pueblo,
como uno de los objetos más importantes y privilegiados a que pueda dirigir
su atención el gobierno, como una necesidad primera y urgente, como la base
de todo sólido progreso, como el cimiento indispensable de las instituciones
republicanas.² Bello, pues, veía el tema educativo desde una óptica
republicana, y no mercantil. Creía que la educación era una responsabilidad
de los gobiernos, y no de las empresas. Y fue su criterio el que, en esta
materia, prevaleció a lo largo de nuestra historia, al menos hasta 1973.
Comprobémoslo con datos en la mano. Así, en el siglo XIX, durante los
decenios, particularmente durante el gobierno de Manuel Bulnes, fue creada y
financiada por el Estado la Escuela Normal de Preceptores. Luego, durante
las administraciones de los presidentes Manuel Montt y José Joaquín Pérez
el Estado procedió a crear Liceos Fiscales en todas las provincias del país.
Posteriormente, en 1879 fue promulgada la ley de gratuidad de la educación
secundaria, que permitió la gradual masificación de la educación facilitando
la constitución de la clase media. No menos importante fue la política
educacional del Presidente Balmaceda, en orden a crear una fuerte
infraestructura educacional a lo largo de todo el país, aprovechando los
recursos proporcionados por el salitre. De este modo, en fin, el siglo XIX
está marcado por una permanente preocupación del Estado por el desarrollo
educacional y cultural del país.
Entrado el siglo XX, esa preocupación se acentuó al dictarse, en
1920, bajo el presidente Arturo Alessandri Palma, la Ley de Enseñanza
Primaria Obligatoria, a través de la cual el Estado, mediante su red de
escuelas básicas, pretendió garantizar un piso mínimo en la formación
educacional del país. El Presidente Pedro Aguirre Cerda continuó por esa
misma senda. Como es sabido, su lema era ³gobernar es educar². A través de
esta idea defendió el rol del Estado en el desarrollo de una educación
democrática, laica y pluralista, de integración social, que intentaba
superar las diferencias sociales, dando a todos los ciudadanos igualdad de
posibilidades en su formación. La reforma educacional del Presidente Eduardo
Frei Montalva, que pretendía modernizar el sector y sobre todo, ampliar la
cobertura hasta hacerla universal, se hallaba en la misma línea, así como
también el proyecto del Presidente Salvador Allende, que buscaba vincular la
educación a la realidad social, haciendo ciudadanos conscientes y
comprometidos con los destinos del país.
Quienes, en forma gratuita, nos educamos en aquella Escuela podemos dar fe
de sus beneficios. Fue aquel Estado responsable de la educación de los
chilenos el que hizo posible que el país progresara.
En resumen, la tradición chilena en materia educacional ha tenido en el rol
del Estado su pilar principal. A tal punto era fuerte esta tradición
nacional, que la Constitución de 1925 la consagró en su texto. En efecto, su
artículo10, N° 7 establecía, que ³la Educación Pública es una atención
preferente del Estado².
Esta tradición nacional dio resultados notables. Chile se
convirtió en uno de los países con mejor educación del continente
latinoamericano. Su prestigio era tal, que a las universidades chilenas
venían a estudiar alumnos de todo el continente, en particular a la
Universidad de Chile, cuya sede de Valparaíso corresponde a nuestra actual
casa de estudios.
La excelencia de la educación pública y de las universidades del
Estado hacía que la aspiración máxima de la mayoría de las familias fuera
que sus hijos ingresaran a ella, entendiendo que tal cosa les aseguraría su
futuro. La gratuidad que entonces caracterizaba a la educación permitía que
esa aspiración pudiera hacerse realidad al menos para la clase media de la
época, y en menor medida , para los sectores de menos ingresos.
La descrita tradición nacional fue destruida por la dictadura
militar, cuyo ideologismo antidemocrático tenía dos pilares fundamentales. A
saber, la Doctrina de la Seguridad Nacional, y el neoliberalismo en su
versión de Chicago, ambas de origen extranjero. Como resultado de ello, en
el plano educacional, la Constitución de 1980 derogó el precepto que
establecía que la ³educación (era) atención preferente del Estado², e
introdujo el concepto de Estado subsidiario el que, a pretexto de la
³libertad de enseñanza², permitió avanzar hacia la destrucción de la
educación pública, -desde ya de la superior-, convirtiéndola en un
servicio que se transa en el mercado por los comerciantes del rubro. Las
consecuencias de este cambio han sido desastrosas, trasladando el
financiamiento de la educación en una parte muy sustancial a los
³consumidores², -esto es, a las familias, obligándolas a endeudarse por
quince o veinte años, quedando en manos de los Bancos-, y a los
conglomerados económicos, según la lógica señalada arriba. A lo que se
agregan los graves retrocesos en su calidad.
No menos dramáticos han sido sus consecuencias para los
académicos. Entre tales consecuencias cabe mencionar las políticas
orientadas a jibarizar las jornadas completas y la conversión del grueso del
profesorado en un proletariado de servicio mal pagado, obligado a laborar en
distintas corporaciones (profesores taxis), con contratos precarios. Todo
esto es atentatorio no solo a la producción académica, sino también a la
excelencia y a la independencia universitaria en la medida en que los
académicos, -particularmente los investigadores-, tienen que ceñirse a las
demanda de las empresas privadas, -o sea a los grandes conglomerados
económicos-, impidiéndose así que la universidad esté al servicio del
conjunto del país, haciéndola, por el contrario, funcional a los intereses
de un sector muy reducido que, por lo demás, según hemos dicho, lo controla
todo.
La situación no es menos dramática en las Universidades
privadas, que lucran con un servicio de discutible calidad, cuyos
estudiantes quedan endeudados de por vida, y que, adicionalmente, en la
mayoría de los casos, no encuentran trabajo en aquello que han estudiado.
En este marco, el movimiento actual de las universidades
estatales lucha por el rescate de la tradición chilena en materia
educacional, tradición que, aparte de su carácter público, democrático,
nacional y de integración social, fue de excelencia, la cual los ideólogos
mercantiles han intentado destruir con trágicas consecuencias para el país.
La recuperación de dicha tradición, por otra parte, pasa por
superar el modelo neoliberal hoy en curso, cuyo carácter estrechamente
clasista, rechazamos, siempre desde una perspectiva nacional y democrática.
Es en base a estas consideraciones que los académicos del
Instituto de Historia y Ciencias Socales de la Universidad de Valparaíso
llamamos a la opinión pública a solidarizar con las luchas universitarias en
curso. Ello bajo el supuesto de que, frente a la dictadura clasista del
dinero, esa lucha representa la causa de Chile.
POR CHILE: DEFENDAMOS UNA EDUCACIÓN GRATUITA, NACIONAL Y
REPUBLICANA, NO AL LUCRO EN LA EDUCACIÓN.
Valparaíso, 6 de julio de 2011