Propongo regalarnos para día de reyes la serie de TVN “El Ogro y el
Pollo”. Su breve formato, la claridad visivo-icónica, la baja
re-semantización del mensaje, generan un nicho pregnante adecuado al
televidente de hoy, caracterizado por mucho zapping y poca
contemplación, mucha atracción difusa frente a escasa profundización.
No nos debe sorprender entonces que según las mediciones
internacionales, un obrero especializado alemán, tenga mejor
comprensión lectora que un profesional chileno.
La serie protagonizada por dos “actores de plasticina”, se inserta en
la misma línea informativa de los noticieros. En éstos el editor está
pautado por el rating, la ideología programática morigera hechos,
reduce el impacto de los conceptos ocultándolos con datos. Ejercítese
usted con un cronómetro frente a su televisor, ¿cuántos segundos
permanece la imagen?, paralelamente establezca las relaciones de
contenido. Una discusión del presupuesto nacional es rápidamente
tapada con los llantos de las fans, que no lograron entradas para
asistir al recital de Justin Bieber, para luego dedicarle otros
minutos a un atroz femicidio. Más evidente resulta comparar las horas
dedicadas a alabar las donaciones empresariales, con los minutos
dedicados a investigar cómo se administra y transparenta
tributariamente a esas mismas empresas.
“El Ogro y el Pollo” no es un programa para niños, es instalar la
pregunta en los adultos por los valores que esa serie propone: la
solidaridad practicada todos los días no una vez al año, la
responsabilidad y el respeto en las pequeñas cosas, la honradez como
norma, todo eso sostenido en una técnica de animación tan cercana, tan
sensual y sensorial como es el modelado por las manos. Ella lo acerca
al espectador, y aparentemente reduce la distancia tecnológica, la que
se confina a ser soporte del mensaje televisivo, pero no el concepto
ni el contenido profundo. Ogro y Pollo en 60 segundos, no es una tarea
del jardín escolar, es un ejercicio profesional, pero que “tiene algo
de mucha cercanía con todos nosotros”. Lo que el pollo propone y lo
que el ogro rechaza, son inseparables de su forma, en este caso la
forma es el mensaje.
La belleza de los personajes (incluido el ogro), el logrado y simple
efecto de sus gestos, el breve y concreto signo empleado son las
claves del éxito. Mensaje reducido y eficaz, un valor estético
sustentado en una axiología precisa. Aquí la brevedad y reducción
comunicativa aportan, a diferencia del manipulado momento mediático,
diseñado para perfilar conductas deseadas, hay entonces modelos y
formatos para cada propósito. Pero los principales líderes sociales no
lo saben, el diputado y el senador tal o cual, ya no ocupan el
discurso, porque ¿ya no pueden elaborarlo?, no necesariamente porque a
las masas ya no les alcance el nivel de concentración para seguirlos;
pareciera que también los líderes se quedaron sin ideas. Un buen
orador conduce su discurso a una conclusión, sabe de la exhortación y
del exordio, esto no se alcanza en el segundo del noticiero, éste da
solo para el voceo, para espetar la denuncia, no para sostenerla ni
menos fundamentarla. Visto el escenario de muchos de nuestros líderes,
podemos afirmar que en estos momentos tenemos más ogros que pollos.
Juan G. Ayala
Profesor, Departamento de Estudios Humanísticos
Universidad Técnica Federico Santa María