Desde los inicios del cristianismo la vivencia de la fe cristiana dio lugar a una reflexión puesta al servicio de la comunicación del mensaje de Jesús y de la Biblia en su conjunto. La Buena Nueva del amor de Dios y de la fraternidad entre los seres humanos no puede permanecer en ámbito íntimo y recoleto, debe ser compartida; si no lo es deja de ser noticia.
A esa reflexión se le llamó “teología”. Los griegos llamaban “teólogos” a los poetas que como Homero y Hesíodo compusieron teogonías, explicaciones mitológicas de los orígenes de la humanidad. La tradición cristiana recoge el vocablo “teología” en la medida en que apunta tanto a los orígenes, como al presente, pero lo entiende, más bien, como un hablar sobre Dios, como un lenguaje que parte del testimonio de Jesús. Como lo dice la etimología del término “teo-logía”, se trata de un logos sobre theos, una palabra sobre Dios. La intuición griega era certera, el lenguaje poético, hecho de silencio y de palabra, de cercanías y de lejanías, es particularmente apto para hacer presente al Dios amor, que a veces sentimos ausente. Lo prueba la poesía de Juan de la Cruz.
Pero otros elementos entran también, y fecundamente, en el lenguaje teológico. Lo propio de él es entrar en diálogo con las realidades históricas, sociales, culturales y el pensamiento de un tiempo determinado. Esa perspectiva fue recordada y subrayada por el Concilio Vaticano II, que tuvo muy presente que nos hacemos discípulos de Jesucristo en nuestro caminar histórico. Todo un mundo social y cultural interviene en la elaboración del lenguaje teológico. Cuando se viven situaciones humanas extremas, como la pobreza y la insignificancia social, las preguntas calan hondo, la interpelación va a lo esencial y nos
colocan desnudamente ante las preguntas básicas de todo ser humano. Si no descendemos, o ascendemos más bien, hasta el mundo del sufrimiento cotidiano, de la angustia que consume, de la esperanza que, pese a todo, se enciende tercamente, así como a las experiencias más hondas de alegría, el quehacer teológico no adquiere espesor, y fácilmente puede contaminarse de un cierto burocratismo y de una voluntad de poder, que amenazan todo conocimiento humano, pero que son contrarios al espíritu evangélico.
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