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En este numero:

- DECLARACIÓN PÚBLICA DE LA COMISIÓN ÉTICA CONTRA LA TORTURA
- ¿Qué filosofía enseñamos? El debate pendiente. Por Alex Ibarra
- Algunos aportes de la educación ético-social al proyecto de la nueva constitución chilena. Por Juan Pablo Espinosa

- Sumario completo



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Políticas universitarias frente a los cambios del mercado y la demanda de complejidad formativa del ser humano

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I.y.S: Rectora Diker, agradecemos haya aceptado esta entrevista que incluimos en la serie “La idea de Universidad”. Además de su cargo en la universidad usted es especialista en temas de educación. La universidad en América Latina se encuentra exigida desde una visión que pone énfasis en la profesión, pero también con una lógica dominante desde las ciencias. ¿Qué visión tiene de la formación humanista de los profesionales egresados de las universidades argentinas? ¿Cómo se está realizando la formación integral de los estudiantes en la universidad?

G.D: No creo que la oposición -que queda sugerida en su pregunta- entre un modelo de universidad “profesionalista” y un modelo de universidad basada en una formación “humanista”, sea lo que ordena hoy la discusión acerca de la formación de profesionales en la Argentina. Más bien diría que, entre otras cosas, la emergencia de nuevas profesiones y perfiles ocupacionales han redefinido el problema, por lo menos en dos sentidos. Por un lado, en términos de una tensión entre formaciones y titulaciones más generalistas o polivalentes y titulaciones más específicas. Aquí lo que está en discusión es si las universidades debemos responder de manera más puntual a los requerimientos de los campos ocupacionales a través de titulaciones de grado muy especializadas y por lo tanto restringidas, o si debemos sostener formaciones y titulaciones más amplias y polivalentes, que puedan, a lo largo de la trayectoria de un profesional, orientarse hacia especializaciones diversas, de modo de adecuarse a los requerimientos de un mercado de trabajo que se presume muy cambiante. A esta tensión se sobreimprime, por otro lado, la discusión acerca de si debemos seguir sosteniendo, a la manera tradicional, carreras centradas en una sola disciplina, que incorporen a los estudiantes a una cultura científica o profesional homogénea y muy consolidada, frente a posiciones que sostienen que la complejidad de los problemas que los profesionales de todos los campos deben abordar, exige disponer de conceptos y herramientas provenientes de distintas disciplinas, aun cuando esto exija recrear las culturas profesionales y redefinir, incluso, la clasificación tradicional de los campos de conocimiento. La cuestión es compleja dado que su resolución varía según los sectores y exige tomar en cuenta muchas consideraciones: a veces las universidades creamos nuevos perfiles profesionales que no se corresponden todavía con los perfiles ocupacionales del sector; a la inversa, tanto en el sector privado como en el público, se delimitan ocupaciones nuevas que no encuentran los profesionales que puedan desempeñarlas; por otra parte, sabemos que es necesario proveer una formación más interdisciplinar, pero esto a veces colisiona con la tradición, la organización académica y la clasificación de los campos de conocimiento que ordenan el trabajo de investigadores y docentes en las universidades. Además hay que tener en cuenta que cuando las titulaciones se ajustan de manera muy específica a los perfiles ocupacionales definidos por el mercado laboral, la demanda puede saturarse en poco tiempo; este es un problema particularmente serio en el caso argentino porque las carreras de grado son las únicas que definen incumbencias profesionales y, al mismo tiempo, constituyen las ofertas académicas más estables del sistema, dado que es en función de ellas que se dimensionan las plantas de docentes e investigadores.

En este marco, la cuestión de la integralidad o el carácter humanista de la formación adquiere otra perspectiva. Por ejemplo, las universidades de nuevo tipo, creadas en la década del noventa en la Argentina, produjeron respuestas muy innovadoras a los problemas que estamos planteando, optando por titulaciones de grado muy específicas e interdisciplinares combinadas con trayectos de formación básica extensos que ofrecían una formación no sé si humanista pero sí “integral”. En la Universidad de General Sarmiento estos ciclos iniciales tenían una duración de tres años y culminaban con un Diploma de Estudios Generales en un campo amplio de conocimiento, que era requisito para acceder al ciclo de formación profesional de distintas carreras que ofrecían titulaciones muy específicas y, en algunos casos, muy innovadoras. La evaluación, luego de 15 años, fue que esa formación básica resultaba demasiado extensa e inespecífica, restaba tiempo para la formación que requería el desempeño profesional y conspiraba, en ocasiones, con las vocaciones de los estudiantes, que veían muy diferido en el tiempo el contacto con el objeto de conocimiento que había orientado su elección de carrera. Como resultado de esta evaluación se produjo una reforma curricular muy importante, que abarcó todas las carreras de grado de la universidad, en busca de encontrar un mejor equilibrio entre esa formación básica e integral y la formación profesional.

En un contexto en el que posiciones neoliberales y conservadoras, opuestas a la expansión del derecho a la educación superior, evalúan lo que hacemos las universidades en función de su ajuste a las demandas del mercado, las universidades tenemos que abordar los problemas de la formación de profesionales con mucho cuidado. Es necesario insistir en que las universidades no respondemos demandas de formación de manera automática; además las proyectamos en el tiempo e incluso tenemos la responsabilidad de promoverlas. También, que tenemos que asegurar el sostenimiento de carreras en áreas y campos de conocimiento que el mercado no demanda (profesiones de Estado, cultura, artes, ciencias básicas, etc.) o cuyo valor social, no se mide en términos rústicos de rentabilidad. Finalmente, tenemos que volver más públicas las lógicas formativas que sostenemos y que se traducen en decisiones curriculares para demostrar que la formación integral y si uds. quieren, humanista, no es una pérdida de tiempo o de recursos, sino que es imprescindible para asegurar un desempeño responsable y dúctil aún de profesiones muy especializadas. En estos tiempos que ponen en cuestión la inversión pública en las universidades, es fundamental encontrar y defender la complejidad de la formación.

I.y.S: La UNGS ha sido una universidad que desde la periferia bonaerense se ha transformado en un lugar acogedor para distintos intelectuales latinoamericanos, en lo personal el año pasado tuve la suerte de dictar una conferencia con temática latinoamericanista. ¿Qué visión tiene acerca de la idea de que las universidades complejas deben asumir políticas de internacionalización?

G.D: Como es sabido, las comunidades científicas más consolidadas han sostenido espacios de intercambio (congresos, revistas científicas) y reglas de producción y validación internacionales, con anterioridad al desarrollo sistemático de las llamadas políticas de internacionalización. La novedad, quizás, de las últimas dos décadas, sea que lo que antes quedaba librado a las posibilidades, a la iniciativa o a la proyección individual de grupos académicos, investigadores o estudiantes (que accedían a una beca, por ejemplo, para estudiar en el exterior), hoy se realiza en el marco de un conjunto de políticas institucionales que promueven, estimulan y posibilitan dichos intercambios, en la medida en que se entiende que la internacionalización contribuye a enriquecer la actividad de la universidad en su conjunto. En el terreno de la formación esto es rápidamente verificable, toda vez que los intercambios de estudiantes de grado y posgrado permiten conocer otros contextos de desempeño, el desarrollo de culturas profesionales diferentes u otros modos de abordar problemas similares, lo cual revierte no sólo sobre las capacidades de los estudiantes que participaron del intercambio, sino también sobre las propuestas mismas de formación que realiza la universidad. Y este efecto se produce tanto si los propios estudiantes cursan algunos trayectos de sus carreras en el exterior, como si la universidad recibe estudiantes extranjeros. Particularmente en el caso de universidades como la de General Sarmiento, a la que asisten muchos jóvenes que provienen de familias con baja tradición universitaria y poco contacto con el “mundo universitario” (de hecho para muchos de ellos ésta es la única universidad que conocen), la posibilidad de transitar una experiencia en una universidad extranjera tiene un efecto formativo incalculable. Por otra parte, en el terreno de la investigación, a las tradicionales formas de intercambio con la comunidad científica internacional, las políticas de internacionalización suman cada vez con más intensidad, la posibilidad de generar proyectos conjuntos con otros países y redes internacionales de investigadores, lo que permite construir bases comparativas, generar resultados de más amplio alcance o discutir acerca de la transferibilidad de resultados en contextos diversos, por mencionar sólo algunas de sus ventajas en relación con la producción de conocimiento.

Ahora bien, no toda forma de internacionalización fortalece las capacidades formativas e investigativas de una universidad. La internacionalización no es un valor en sí mismo. Sin embargo, en la medida en que se instala como uno de los principales indicadores de calidad de la educación superior y, especialmente en el ámbito privado, un elemento de marketing, más se multiplican acciones de internacionalización que no producen ningún efecto o, lo que es peor, que atentan contra el desarrollo autónomo de nuestras universidades. Así por ejemplo, en nombre de las políticas de internacionalización vemos hoy multiplicarse todo un mercado de dobles titulaciones que no suponen ningún plus formativo, o expandirse la cantidad de convenios internacionales que se firman sin que éstos supongan necesariamente el desarrollo de acciones concretas. Asimismo vemos (he visto yo personalmente) universidades latinoamericanas dictar sus carreras exclusivamente en inglés, o proyectos de investigación internacionales en los que nuestras universidades son convocadas exclusivamente como proveedores de datos, teniendo que asumir como propias, definiciones teóricas o agendas de problemas ajenos a nuestras tradiciones o necesidades A mi juicio, la internacionalización exige reflexionar con cuidado con quiénes, sobre qué y con qué propósitos promovemos las relaciones con instituciones académicas de otros países. Como principio general, nuestras políticas de internacionalización deben poner en discusión toda forma de colonialización del conocimiento y la imposición de agendas académicas y científicas internacionales. Por el contrario, el intercambio debe permitirnos “latinoamericanizar” las agendas internacionales y promover la integración de nuestra región y con el mundo.

I.y.S: La universidad argentina tiene un fuerte y desarrollado sistema de universidades públicas. Consecuencia de esto es que muchos estudiantes que pueden ser considerados como parte de los exilios educativos llegan a estudiar a éstas universidades. Hace poco la UNGS tuvo la visita de la diputada chilena Camila Vallejo, líder del movimiento estudiantil reconocida por toda América Latina. ¿Qué visión tiene de las reformas en torno al lucro que hace algunos años instalaron los estudiantes como una demanda social del pueblo chileno?

G.D: Sin dudas, el movimiento estudiantil chileno está llevando adelante una lucha fundamental, que lo que pone en primer plano es la oposición entre la educación superior concebida como una mercancía que se compra y se vende y que debe mostrar su rentabilidad, frente al principio, afirmado ya por América Latina en la declaración de la CRES de 2008, que concibe a la educación superior como un bien social y un derecho universal. Un derecho que, como ya ha afirmado Eduardo Rinesi, tiene una dimensión individual, el de cada joven a acceder, formase y graduarse en el nivel superior, y una dimensión colectiva, que es el derecho del pueblo a gozar de los beneficios de los resultados de nuestra labor sobre el desarrollo social, cultural, educativo y productivo de la región y del país. Tanto el carácter de universalidad que, por definición, tiene todo derecho, como la doble dimensión de este derecho en particular, pone en primer plano la responsabilidad del Estado y de las políticas públicas para garantizarlo. Y esto involucra tanto el financiamiento estatal de la educación superior, como la intervención del Estado para equilibrar la expansión del sistema en función de las necesidades y requerimientos de la población. Creo que en el modelo chileno, ambos aspectos están librados a la regulación del mercado, lo cual es particularmente grave. En este sentido la lucha estudiantil chilena excede en mucho una lucha por los aranceles o los cupos. Plantea más en general, una discusión sobre qué modelo de Estado y de políticas públicas garantizan derechos, igualdad, integración y democracia.

I.y.S: Existen varias críticas a lo que podríamos llamar “centralismo” que favorece el desarrollo de grandes metrópolis en desmedro de otras zonas geográficas de provincia. La UNGS es una universidad periférica con una visión que considera un sentido de pertenencia. ¿Cuáles son los principales aportes de este sistema con universidades nacionales que favorecen la descentralización? ¿Qué elementos son urgentes para un mejor desarrollo de estas universidades nacionales?

G.D: El sistema universitario nacional se ha expandido significativamente durante las décadas de los 90 y los 2000, dando lugar a la creación de universidades en zonas geográficas muy densamente pobladas, pero que no contaban con ninguna institución universitaria, como es el caso del conurbano bonaerense. Uno de los primeros y más evidentes efectos de la creación de estas universidades ha sido, sin dudas, la incorporación a la población estudiantil de muchos jóvenes que, hasta entonces, no tenían la posibilidad de acceder a estudios universitarios.

En particular la UNGS fue creada en el año 1993 en el segundo cordón del conurbano y nace –como muchas de las universidades creadas a partir de esa época- con la vocación de insertarse y de vincularse con los actores y organizaciones de su territorio. Esto se ha traducido en la definición de sus áreas de investigación (tenemos, por ejemplo, un Instituto del Conurbano, en el que se desarrollaron áreas de investigación vinculadas con lo que se entendían eran los problemas de la zona, como el desarrollo urbano o la cuestión ambiental urbana), en sus propuestas de formación y en sus actividades de extensión o servicios con la comunidad. Yo diría que actualmente la vinculación con el territorio constituye una dimensión de todas las funciones que desarrolla esta universidad y hemos dado un paso adelante involucrando a representantes de una multiplicidad de instituciones y organizaciones locales en la toma de decisiones de la propia universidad. Para ello hemos creado un Consejo Social, que tiene funciones de asesoramiento del Consejo Superior, integrado por representantes de los municipios, organizaciones sindicales locales, organizaciones comunitarias, mutuales, asambleas populares, etc., que a través de distintas acciones se vinculan con la universidad. Tenemos todavía, sin embargo, muchos desafíos por delante. Uno de ellos es no restringir nuestra vinculación a lo que la universidad puede ofrecer a la sociedad que la rodea (bajo la forma de acciones directas, producción de conocimiento sobre problemas locales, respuesta a demandas de formación, entre otras), sino también encontrar las maneras en que los problemas y los saberes producidos fuera de la universidad conmuevan nuestras propias agendas académicas, tensen nuestras formas de producción de conocimiento y pongan en discusión nuestros resultados. Otro desafío es producir indicadores que vuelvan público y pongan en valor las actividades que llevamos adelante en relación con el territorio, con sus organizaciones, con los organismos de estado, actividades éstas que no suelen ser visibilizadas ni valoradas a través de los indicadores clásicos de rendimiento académico y científico, los cuales tienden a ponderar más la publicación de un paper en una revista con referato internacional que una acción con la comunidad. Finalmente, es importante despejar una confusión: que responder a problemas locales (a través de la investigación o de la formación), acota el valor y el alcance de lo que producimos a ese entorno local. Esta confusión juega en favor de una suerte de jerarquización entre las universidades tradicionales ubicadas en los grandes centros urbanos, que reservarían para sí cierta pretensión de universalidad del conocimiento que producen, y universidades como la nuestra, con vocación de inserción territorial. Yo suelo sostener que nosotros producimos desde el conurbano y no sólo para el conurbano, y que los resultados y el modo en que organizamos y llevamos adelante nuestra producción debe pasar la vara de una doble validación: la de las reglas propias de los campos académicos y científicos y la de la relevancia social. Ese es nuestro compromiso con el territorio.

I.Y.S: Pocas mujeres han ocupado el cargo de rectoras, dado el hecho de que la educación ha tenido una historia de discriminación de la mujer. Los cargos más importantes en las instituciones suelen ser ocupados por hombres. ¿Existen políticas públicas en torno a la equidad de género? ¿Asume en sus gestión un compromiso desde el género?

G.D: En la Argentina sobre 56 universidades nacionales somos sólo 6 las mujeres que ocupamos el máximo cargo de conducción. Teniendo en cuenta que las mujeres alcanzan casi el 60% de la matrícula estudiantil y un poco más aun en la proporción de graduados universitarios por año, es evidente que la desigualdad de género atraviesa de una manera brutal el sistema universitario. Creo que lo más preocupante es que las instituciones en las que se produce pensamiento crítico sobre esta y toda forma de desigualdad, las instituciones que producimos investigaciones sobre el tema, las instituciones desde las que se producen y estudian las teorías feministas, naturalicemos la desigualdad que se reproduce en su interior. En el último tiempo se han desarrollado sí, muchas acciones en las universidades argentinas en relación con situaciones de violencia y discriminación hacia las mujeres (protocolos, áreas de apoyo, espacios de formación), pero seguimos asumiéndolo, en general, como un fenómeno que se registra fuera de las universidades y no en el seno de ellas. Hay que entender, creo, que las situaciones de violencia e incluso el femicidio, es el extremo de un continuo que registra muchas y a veces muy sutiles formas de discriminación de las que la vida universitaria no es ajena.

En particular, en la Universidad de General Sarmiento venimos desarrollando diversas acciones sobre el tema; entre otras, sostenemos desde hace 4 años una diplomatura en temas de género; contamos con procedimientos que permiten a la institución intervenir rápidamente ante situaciones de acoso o violencia que tengan lugar dentro de la universidad; participamos de una red interuniversitaria sobre estos temas creada hace un par de años; contamos con un área de asesoramiento para estudiantes o trabajadoras que lo requieran; organizamos toda una línea de actividades desde el área de cultura que procura, a través del arte, multiplicar los lenguajes a través de los que se habla de temas de género; contamos con procedimientos aprobados que nos permiten registrar y/o modificar, en toda la documentación que se produce, el nombre de una persona en función de su identidad de género auto percibida, haya modificado o no su DNI, en el marco de lo que establece la ley de identidad de género; incluso aprobamos este año una línea presupuestaria específica para financiar acciones vinculadas con políticas de género y está en discusión, en relación con la reforma del Estatuto General de la Universidad que está teniendo lugar en este momento, una propuesta de equiparar la representación de mujeres y varones en los órganos de gobierno. Creo que el desafío que tenemos que encarar hacia adelante es el de incorporar la perspectiva de género en la formación de todos los profesionales de las distintas áreas; sabemos que las instituciones educativas contribuimos a la reproducción de la discriminación de género y a su naturalización y es por lo tanto una responsabilidad de la universidad volver visible este problema en todos los espacios de formación que sostiene. En lo personal, como rectora mujer, he asumido la responsabilidad y el compromiso de visibilizar el tema en todos los espacios públicos en los que participo, así como también de asegurar la intervención activa de la universidad en los debates, denuncias y manifestaciones públicas en contra de esta y de toda forma de desigualdad.

I.y.S: Considerando la historia de esta casa de estudios ¿Cuál es su mayor desafío como Rectora de la Universidad Nacional de General Sarmiento y en qué consistirá el legado de la gestión que usted realiza?

G.D: El gobierno de las universidades argentinas es colegiado, por lo tanto no corresponde hablar de “legados” personales. En todo caso, trato de conducir procesos cuya direccionalidad ha sido debatida y aprobada colectivamente. Y esta direccionalidad no es distinta, diría yo, que la que ha estado en la base de la creación de esta universidad. Trabajamos todos los días para generar mejores condiciones para que los jóvenes ejerzan su derecho a la educación superior, para que puedan acceder a la universidad pero también aprender, incorporarse plenamente a las culturas profesionales y graduarse; trabajamos para producir más y mejores investigaciones sobre temas relevantes para nuestra sociedad y nuestra cultura; para que el conocimiento que producimos impacte de maneras más eficaces en el desarrollo social, productivo, económico, cultural y educativo; para intensificar nuestra capacidad de vinculación y transferencia tecnológica; para tener una universidad que tome decisiones de la manera más democrática y más representativa de la multiplicidad de voces que la habitan. Creo que mantener estos principios básicos y fundacionales junto con una tarea permanente de revisión de lo que hacemos, que también es propia de la cultura de esta universidad, es lo que venimos haciendo aquí desde su creación.

 
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