El 13 de diciembre pasado, 14 saharauis detenidos en condiciones extremas, fueron duramente condenados por la justicia en El Aaiún por haber participado en manifestaciones contra la presencia de Marruecos en el Sahara Occidental. Naciones Unidas sostiene que el problema de este territorio, anexado en 1975 por Marruecos, debe ser resuelto por medio de un referéndum de autodeterminación. Pero Rabat lo rechaza.
“La cuestión del Sahara no evoluciona favorablemente para Marruecos. Nuestra opinión pública cree confusamente que nuestra causa está sobre una pendiente resbaladiza. Presiente también que un desenlace desfavorable de este conflicto augurará un período de inestabilidad probablemente desastroso para el futuro del país. La monarquía tendrá enormes dificultades para sobrevivir a un fracaso semejante y el país pagará un alto precio por ello.” Así, en una carta abierta al rey de Marruecos Mohammed VI publicada en agosto de 2005, el periodista marroquí Aboubakr Jamaï, director de Journal hebdomadaire, señalaba la gravedad de la situación en el Sahara Occidental, donde los acontecimientos continúan precipitándose. Desde mayo de 2005 las manifestaciones secesionistas se suceden en El Aaiún y Smara, las dos grandes ciudades saharianas: su violenta represión tornó la situación explosiva, especialmente a fines de octubre. Por otra parte, en agosto, expresando el reciente interés de Washington por la resolución de la crisis, los esfuerzos diplomáticos estadounidenses permitieron la liberación de los últimos 404 prisioneros marroquíes detenidos por el Frente Polisario. Finalmente, en septiembre, tras las sucesivas renuncias de James Baker y Álvaro de Soto, Peter Van Walsum asumió como enviado especial del secretario general de Naciones Unidas.
Estos tres acontecimientos representan un giro en la historia del conflicto: cada uno de los protagonistas permanece aferrado a posiciones irreconciliables y la Organización de Naciones Unidas (ONU) evalúa cuán difícil será encontrar una salida a este litigio de treinta años. Además, las manifestaciones en El Aaiún y Smara muestran que, más allá del fosfato, las riquezas pesqueras y los objetivos políticos de los regímenes marroquí y argelino, el manejo del conflicto en el Sahara Occidental supera, por la fuerza de los hechos, los restringidos círculos de quienes toman las decisiones encerrados en esquemas obsoletos.
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