En materia de fútbol, a fines de los años ’80 Francia no había ganado tres Campeonatos Mundiales como Alemania, no tenía clubes gigantescos como el Real Madrid o el FC Barcelona, el nivel de su primera división (D1) seguía siendo mediocre frente al del Calcio italiano, y la ciudad de París daba pena frente a la decena de clubes de alto nivel con que contaba Londres. En una palabra: el país acusaba un indiscutible retraso.
Sin embargo, París estuvo en la génesis de la Copa del Mundo (Jules Rimet), de la Copa de Clubes de Europa (Gabriel Hanot), del Campeonato Europeo de Naciones (Henry Delaunay), y del Balón de Oro, el más prestigioso premio individual (el periódico France Football). Salvo Euro 84, organizado por ella, inventó todo pero no ganó nada. Ni siquiera la pasión de su pueblo, ya que no el reconocimiento de los otros países de peso en el deporte más popular del mundo.
Algunos industriales franceses se pusieron entonces a evaluar las ventajas que podrían extraer y decidieron inscribir sus nombres en la lista de los premiados del primer siglo del fútbol. Bernard Tapie y Jean-Luc Lagardère invirtieron considerables sumas en la Olimpíada de Marsella (OM), el Matra Racing (500 millones de francos, o sea, 72 millones de euros entre 1987 y 1989). Canal+, que invirtió 260 millones de euros en quince años en el París-Saint-Germain (PSG) empezó a valorizar la Primera División (difundiendo los partidos), luego a financiarla (adquiriendo los derechos), a semejanza de lo que hizo con el cine.
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