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Vagabundeos Paulistas: Una crónica en clave de Fuga. Por Rony Núñez Mesquida

1.- De Guarulhos a Avenida Paulista: Coloquio visual con Cartier-Bresson.

Arribé a Sao Paulo un día jueves temprano (el pasado 20 de abril de este año para ser más específico), a un imponente aeropuerto como sin duda es el de Guarulhos, carta de presentación de una ciudad imponente, sumida en la circunspección de su propia grandeza. Llegué un día antes del comienzo de mi agenda de trabajo, que me había conducido por primera vez a aquellos lares.

La excitación, por consiguiente, era evidente, ávida de adentrarme en sus recovecos, asimilarme como un Paulista más en su enorme diversidad, cual paño de una paleta generosa de colores, como es el Brasil en su conjunto. Me dispuse, pues, luego del arribo obvio al hotel y los trámites propios de cualquier check in, a emprender viaje hacia Avenida Paulista, su rica dinámica y mítico renombre. En autobús luego de una breve caminata, llegué hasta la estación de metro de Armenia, para luego encontrarme, transbordo mediante, bajando en la estación de Brigadeiro (precisamente una de las estaciones que comprende la Avenida Paulista).

La dirección escogida me llevó hacia la primera sorpresa inesperada: una exposición del fotógrafo Henri Cartier-Bresson ( 1908-2004), montada en el Centro Cultural Fiesp, quizás el mejor fotógrafo del siglo XX, una alucinante retrospectiva de un joven de 24 años que, en 1932, inició el camino de construcción y deconstrucción de una de las obras más originales e influyente, dotando de un lenguaje propio a la imagen fotográfica, donde París, Madrid, La Habana o DF, se rinden ante su agudeza, donde sus personajes parecen transmitir el fruto de sus vivencia con tan solo una breve mirada, un gesto, un contrapunto en blanco y negro. Quizá mi favorita de aquella notable muestra, sea la obra titulada “Plaza Europa, Saint Lazare, Paris 1932”. La levedad de la sombra de un hombre sobre un charco de agua, luego de una lluvia de invierno, intentando, de un salto, evitar mojar su calzado y abrigo, peripecia estupefacta, como lo es la mirada de un grupo de hombres que la contemplan. Los rostros de una Europa entre guerras, reconstruyéndose de sus horrores y privaciones. La celebridad, en suma, que dio cuenta bajo su lente de personajes tales como Picasso, Fidel, Édith Piaf, Matisse, el Che o Marie Curie y que tan bien retrata el director Heinz Bütler en su documental “Henri Cartier Bresson Biographie eines Blicks” (2003). En suma un testigo presencial del Siglo XX, desnudando en su fotografía documental y que le valió de una ya célebre exposición en el Louvre de París en 1955, cubriendo eventos icónicos como la muerte de Gandhi o la entrada de las tropas de Mao a Pekín, o el mejor registro sobre el bando Republicano en plena Guerra Civil Española, de ahí el apodo del “El ojo del siglo”, en palabras de Pierre Assouline.

Luego del café de rigor dada la hora y un cigarrillo, disfrutado con la fruición que el contexto había agregado a aquel momento, enfilé rumbo luego al imponente MASP (Museo de Arte de Sao Paulo), inaugurado en 1947. La misión de rigor era presenciar dentro de su riquísima colección, donde Goya, Van Gogh, Matisse, Monet, Rivera, Siqueiros, Modigliani, Bellini, Montegna, entre otros, se encuentran convocados al banquete de un acervo opíparo de colores, intensidades, historia, lucidez, emoción, una fuga de instrumentos de sosiego y cadencia que conmueve a la vista de hasta el menos familiarizado con la pintura de las distintas épocas que allí se congregan. Es decir, satisfecho del banquete, y ya de retorno en Avenida Paulista, sobre el ocaso, viene a mi memoria la frase Joseph Brodsky, (hurtada intencionalmente de la novela “Sudor” de Alberto Fuguet, que acompaña el viaje) “Al final todo libro es un libro de viajes” y que da contexto, por cierto, a este texto, pues toda crónica es también siempre un viaje sin escalas sobre la construcción de las vivencias y vertiginosas imágenes que se agolpan en una ciudad que las nutre, las alimenta, las estimula, como es el caso de Sao Paulo.

2.- De la selva urbana al Aracataca versión Brasileña: Pindamonhangaba, escala final Taubaté. Michel y Gil, pasaron por mi hotel al día siguiente para dirigirnos luego hacia Taubaté, ciudad distante una hora y media en coche de la metrópolis paulista. Michel Hansen y su encantadora mujer Dieine, aguardaban por la tarde, para lo que sin duda fue una fantástica reunión entre habanos, comida y whisky, todos coleccionistas eruditos en aquellas lides. Primero, sin embargo, debíamos dirigirnos al encuentro del bosque, siguiendo la línea del ferrocarril, el mismo que desembocaba en una iglesia colonial, que acompañaba a la estación final de Pindamonhangaba, nombre irrepetible y distante, como si el paso de los años jamás hubieran hecho mella, más bien detenido en un suspiro, como el silbato que anuncia la llegada del extenuado tren luego de abrirse paso entre montañas y ríos.

Ante la exuberancia del paisaje, comentábamos con Michel y Gil, que la analogía con el gran relato de Gabriel García Márquez, “La siesta del Martes” de 1962, era ineludible. Un guía de lujo, sobre las ruedas del carro decidido, y que al oído nos susurra: “El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, intempestivos espacios sin sembrar, había ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas, entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y aún no había empezado el calor”. Nos detuvimos pues, frente a la iglesia para guarecernos bajo la sombra de los plátanos del calor de medio día, que ya asolaba las colinas circundantes. Entré en ella, embelesado por la simpleza de su construcción y cuyo orgulloso campanario que la custodiaba y que su sonido nos anunciaba la hora, en sucesivas campanadas de un sonido lánguido, como si se esmerara en no perturbar el apacible silencio sólo interrumpido por el trinar de aves, cuyos nidos acompañaban los tejados centenarios de su tejado.

Luego de las fotografías de rigor para inmortalizar el momento, comenzamos una animada conversación con hombre cuya edad imprecisa se acrecentaba sin duda por el rigor del trabajo duro entre las plantaciones. Al consultarle por su nombre, respondió con una mirada mucho más joven que su semblante: - mi nombre es Aureliano.

-  Como el coronel Aureliano Buendía, personaje de Cien Años de Soledad, de García Márquez le contesté.

-  Así es, retrucó, entusiasmado con la comparación, mientras se acomodaba nuevamente en su silla de madera, frente al tablero de fichas de dominó que aguardaban rival para comenzar la partida.

-  Michel, excelente jugador, se ofreció a una partida para agregarle condimento a los diálogos que Gil nos traducía al Portugués para hacer fluida la conversación. La inusitada compañía animó a Aureliano a relatarnos la historia del pueblo desde sus cimientos. De su infancia como chofer del Ferrocarril, que había regalado una dinámica antes desconocida al pueblo, donde el movimiento de sus habitantes se confundía con el de paquetes, cajas y encomiendas de los más diversos orígenes y procedencias, que abastecían al mercado local y que fue testigo de las mejores épocas de Pindamonhangaba. La nostalgia de su voz era evidente, al igual que su cansancio a ratos, pero jamás perdió el hilo, mientras disfrutaba con su sonrisa de dientes teñidos de amarillo por el tabaco, de una reñida partida, en que Michel silencioso y concentrado, daba a ciertos momentos pausas para el diálogo y preguntas sobre la dirección más idónea para arribar a Taubaté nuestro destino final.

Luego de más de dos horas, y un almuerzo brindado con un cariñoso esmero por la mujer de Aureliano, retomamos camino después de los parabéns respectivos. Antes de que el carro partiera, Aureliano se dirige a nosotros y en un español que nos sorprendió a todos, nos regaló sus últimas palabras:

-  Adiós a todos y no tarden en volver, su Aracataca brasileña los estará aguardando. Luego de aquello no quedaba más que salir con el corazón en la mano, a la carretera que separaba a Macondo, para dirigirnos a la escala final del día, retornando a la “realidad de la supuesta civilización”.

Rony Núñez Mesquida

Analista, Escritor y Observador Internacional

 
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