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En este numero:

- El fracaso de la “élite extractiva” chilena
- Binominal: el círculo vicioso perfecto
- Geografía de la crisis griega

- Sumario completo marzo de 2013





Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
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Página de inicio >> Marzo de 2013

La Revolución en peligro
¿Es posible la islamización de Túnez?

por  Serge Halimi

Los sectores democráticos y laicos de la sociedad tunecina temen que el partido islamista moderado Ennhada, triunfante en las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente de octubre de 2011, en lugar de contener el avance del extremismo integrista –argumento que utiliza políticamente– no hace más que facilitarle el camino.

En Túnez, casi todo el mundo cree que las conquistas de la revolución están en peligro. La cuestión es saber quién las amenaza. ¿Una oposición “laica” que se niega a admitir que en octubre de 2011, durante las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente, triunfaron ampliamente los islamistas conservadores de Ennhada? ¿Estos últimos, que quisieran usar su victoria para infiltrarse en el Estado y manipular desde adentro el temor que inspiran las milicias salafistas, con el fin de imponer una islamización más moderada de la sociedad tunecina? ¿O, más simplemente, un arreglo político al estilo de los bailes ministeriales de la Cuarta República francesa, con sus bloques parlamentarios que estallan cuando un diputado no llega a ministro, sus giros teatrales olvidados veinticuatro horas después, sus innumerables grupúsculos que se reordenan constantemente? Mientras tanto, se desploma la producción minera, el turismo tambalea, se instala la inseguridad y cientos de jóvenes tunecinos ya se han unido a los yihadistas de Siria, Argelia y Mali.

El 16 de febrero, en Túnez, se veían las banderas yihadistas al lado de las de los islamistas de Ennhada. La multitud de manifestantes era densa, pero mucho menos que la de sus rivales, reunidos ocho días antes en el funeral de Chokri Belaid, activista de izquierda asesinado por un grupo no identificado. El asesinato de un adversario debilitó el prestigio popular de Ennhada, aglutinó a sus rivales y generó la discordia en sus filas. Apenas fue repudiado por sus amigos, el Primer Ministro y secretario General del partido islamista propuso formar un “gobierno de expertos nacionales sin filiación política”. La idea –que fue alentada por varios grupos de la oposición, la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), el Ejército, Argelia y las embajadas occidentales– logró apartar temporalmente a Ennhada del poder, en espera de una nueva Constitución y nuevas elecciones. Los manifestantes del 16 de febrero, hostiles a semejante escenario, defendían la “legitimidad” de su partido, denunciando un complot de los medios, el extranjero, la “contrarrevolución”, los “residuos del antiguo régimen”.

Capitalismo y arcaísmo

Puede parecer sorprendente que arengas tan jacobinas lleven la firma de una fuerza política tan conservadora. Porque, desde las elecciones de octubre de 2011 que los llevaron al poder, los islamistas de Ennhada han mostrado poca voluntad de alterar el orden social y económico. Al igual que sus homólogos egipcios y sus mecenas –exangües– de las monarquías del Golfo, trataron más bien de combinar capitalismo extremo (1) con arcaísmo moral y familiar. Y no olvidaron mechar sus discursos con loas a los partidos del orden cuando describieron a los que se les resisten: “Empezaron cortando las carreteras, bloqueando las fábricas, y hoy siguen atacando la legitimidad del poder –dijo Rached Ghannouchi a sus partidarios–. Ennahda es la columna vertebral de Túnez. Romperla o excluirla atentaría contra la unidad nacional del país”. Precisamente, ése es el debate.

Porque, ¿dónde comienza y dónde termina la unidad nacional? ¿Qué sacrificios tienen que consentir los tunecinos para preservarla, y cuáles son los riesgos? Hace apenas un año, el papel preeminente de un partido islamista en el gobierno del país no levantaba gran controversia: por entonces se trataba de redactar una nueva Constitución, no muy diferente de la anterior, y de volver a equilibrar el desarrollo económico del país en beneficio de las provincias del interior, olvidadas durante décadas. Pero la cuestión ya no se plantea en los mismos términos cuando el fracaso de Ennhada –la Constitución aún no está votada, el orden público se ve amenazado, las inversiones se hacen desear, las regiones desfavorecidas siguen igual– enardece a grupos islamistas más radicales, que a su vez deberían ser integrados en el juego político por temor a que deriven hacia la violencia armada. Pero si bien dicha cooptación lograría “normalizar” progresivamente a algunos militantes exaltados, tendría como corolario una islamización más profunda de la sociedad tunecina.

De allí las sospechas de la oposición. Lejos de admitir que el diálogo, la persuasión, hasta ahora han ayudado a Ennhada a apaciguar las facciones salafistas y yihadistas más violentas, la fuerza opositora considera que las fronteras entre todos esos grupos son porosas, que parecen encarnar un mismo proyecto político y religioso cuyo norte es la dislocación del Estado-nación. Tal como sugiere un ya célebre video de abril de 2012, donde se oye a Ghannouchi explicarles a los salafistas que tienen que mostrarse pacientes, las dos formaciones se han limitado a repartirse los papeles para ver cumplido su propósito común: unos tienen un discurso apaciguador, los otros el tono intimidante de los opositores. El opaco funcionamiento interno de Ennhada refuerza este tipo de interpretación.

Pero el riesgo es entonces subestimar las tensiones que atraviesan al partido en el poder, y cuya última crisis gubernamental ha proporcionado un indicador dramático. En un informe reciente sobre el desafío salafista –informe documentadísimo y rico en capacidad de análisis–, el Grupo Internacional de Crisis (una organización de investigación no gubernamental) concluye que “Ennhada atraviesa graves conflictos internos. Existen grandes diferencias entre las posiciones políticas muy consensuales de los líderes –ideas comunicadas a través de los medios, sobre todo extranjeros– y las convicciones profundas de la base militante”. El mismo dilema aparece en otras formaciones políticas y religiosas: “Atrapado entre dos fuegos, acorralado entre los rebeldes salafistas, a veces violentos, y la oposición laica en busca de los menores errores”, Ennhada debe tomar una decisión: “Si se hace más predicador y religioso, preocupará a los no islamistas; si se comporta de manera política y pragmática, alejará a una parte importante de su base y creará un efecto centrífugo que beneficiará al movimiento salafista y a los partidos de la derecha” (2).

Alianza con los extremistas

Sin embargo, la oposición se resiste a admitir que hasta ahora lo peor haya sido evitado gracias a Ennhada. Y menos aún a aceptar que la islamización de las instituciones civiles –la educación, la cultura, la justicia– de un país de once millones de personas pueda ser el precio a pagar a cambio de apaciguar temporalmente los impulsos violentos de cincuenta mil yihadistas. Por lo demás, furiosa por el asesinato de Chokri Belaid y envalentonada por la enorme multitud reunida en su funeral, tampoco cree demasiado en los tormentos del líder de Ennhada. “Ghannouchi nunca quiso denunciar públicamente a los salafistas o los yihadistas –dice Riad Ben Fadel, líder de un grupo de oposición de centro-izquierda, el Polo Democrático Modernista–. Dijo que eran el alma de la revolución, que le recordaban a su juventud, que formaban parte de la familia islamista, que eran corderos extraviados. En ellos, Ghannouchi encuentra un enorme vivero electoral, y sobre todo una fuerza de intervención militante que le permite atacar directamente el campo democrático con milicias altamente estructuradas sin jamás aparecer directamente. Milicias que usa para hacer el trabajo sucio por él. Ahora, las máscaras se han caído”.

El tono es apenas más benévolo en la UGTT (3). Entre las dos fuerzas principales del país, la guerra está declarada. Las Ligas de Protección de la Revolución (LPR), cercanas al poder, atacaron el pasado diciembre la sede central de la confederación sindical. Seis meses antes, en Yenduba, el local regional de la UGTT fue el blanco, esta vez, de los salafistas. “Somos combatientes, estamos acostumbrados a la hostilidad del régimen y de los grupos violentos –dice Nassredine Sassi, director de estudios de la central sindical–. Pero es la primera vez que la UGTT es atacada de esta manera. Esto refleja un discurso político oficial encarnizado contra la actividad sindical, incluso de parte de varios ministros”.

La izquierda tunecina –política, cooperativa o sindical–, hoy se enfrenta con Ennhada. Para calificarlo, no teme a las palabras “extrema derecha” e incluso “partido fascista”. El recuerdo de las pruebas que debieron superar por los demócratas y los islamistas durante la dictadura se evaporó en pocos meses. Simétricamente, el ostracismo que golpeaba a los dirigentes del ex partido único hoy parece levantado.

Alhem Belhadj, presidenta de la Asociación Tunecina de Mujeres Demócratas (AFTD), también se muestra sarcástica cuando se le sugiere la hipótesis de una cooptación pacífica de los extremistas religiosos por parte del partido mayoritario: “Tan bien los integran que ya hay campos de entrenamiento en Túnez, hay cientos de tunecinos que se están muriendo en Siria y Malí”. Yendo más allá, considera que la política económica del partido en el poder, “aún más neoliberal que la de Ben Ali”, aumenta el desempleo juvenil en los barrios populares, y con él el riesgo de que algunos de ellos se radicalicen y giren a la violencia.

Especialista en salafismo tunecino, Fabio Merone también cree que este último, como el resto del yihadismo, es un producto de la dinámica social. Porque en la época de Ben Ali –nos recuerda este investigador de la Gerda Henkel Foundation–, el “mito tunecino” funcionaba para la clase media, pero dejaba afuera otro Túnez, ese que huyó a Italia o que se organizó en torno a grupos religiosos. En suma, el salafismo “no viene de la Luna ni de Arabia Saudita: representa la estructuración política de la juventud marginal o en situación de fracaso escolar”. Pero el desierto cultural benalista también condujo a una búsqueda de identidad que los predicadores wahabitas satisficieron rápidamente.

Soluciones, no sermones

Durante la manifestación convocada por Ennhada en Túnez el último 16 de febrero, uno de ellos, Bechir Ben Hassen, educado en Arabia Saudita, pronunció un sermón. Su público estaba integrado por militantes del partido dominante, grupos yihadistas y ministros, entre ellos la ministra (sin velo) de los Asuntos de la Mujer. La cosa no dejó de ser advertida en la sede de la UGTT: “Este gobierno debería estar en los ministerios y resolver los problemas de los tunecinos, en lugar de organizar manifestaciones y arengar a la multitud”, exclamó Sassi ante nosotros.

“Los problemas a resolver” se adivinan fácilmente cuando se leen las ofertas de trabajo en La Presse de Tunisie. El 17 de febrero de 2013, un anuncio canadiense alentaba la emigración de personas que puedan ejercer la profesión de “albañil, carnicero, enfermero, o asistente dental”. Y una empresa de remolques tunecina buscaba un empleado comercial “con título universitario”…

“El poder –opina Sassi– no avanzó en la resolución de los problemas sociales, sobre todo el desempleo. Es el mismo modelo económico que con Ben Ali”. La UGTT, preocupada al comprobar que la falta de desarrollo regional fomenta la economía informal, “exige del gobierno el desarrollo de una infraestructura adecuada en Gafsa, Sidi Buzid, Kassrine y las zonas fronterizas, donde la actividad de contrabando es fuerte”. Todo el mundo está de acuerdo en que, efectivamente, los productos básicos, a menudo comprados a precios subsidiados por el Estado (4), se llevan ilegalmente a Libia, donde todo se vende mucho más caro: leche, tomates, pastas, conservas, agua mineral. A tal punto que la escasez y el aumento de precio de los productos básicos se incrementa muy rápidamente en Túnez. Periodista independiente y blogger, Thameur Mekki acusa: “¡No hemos tenido que importar leche desde la Segunda Guerra Mundial! El Estado se desentiende y deja hacer. No controlan nada: se pavonean en los canales de televisión en lugar de trabajar en sus oficinas. Y cuando están en la oficina, trabajan para islamizar el Estado”.

Para Jilani Hammami, portavoz del Partido de los Trabajadores, pilar del Frente Popular al cual pertenecía Chokri Belaid, “el nuevo gobierno tenía el deber de empezar desde cero. Pero no hubo ningún programa de recuperación. En cambio, retomó las decisiones de Ben Ali. Contaba con Qatar, con Arabia Saudita, y no consiguió nada”. De hecho, la solidaridad “árabe-musulmana” con la que soñaba Ennhada nunca se manifestó. En lugar de dádivas de los países del Golfo (un sitio de economía, African Manager, cree saber que las autoridades tunecinas esperaban 5.000 millones de dólares de Qatar), Túnez sólo obtuvo préstamos, a la vez modestos (500 millones) y a tasas relativamente altas (2,5%). Casi al mismo tiempo, Japón le otorgó 350 millones de dólares a una tasa de 0,95%.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) había emitido un “juicio muy positivo” sobre el Túnez de Ben Ali. “La política económica que se lleva a cabo es saludable, y creo que es un buen ejemplo para los países emergentes”, opinaba en noviembre de 2008 su director gerente, Dominique Strauss-Kahn. ¿Podría hoy compensar la insuficiencia de los países del Golfo? Con algunas reservas, la central sindical no vería en ello grandes inconvenientes: “La UGTT no tiene prejuicios ni hostilidad alguna contra el FMI –explica Sassi–. El Secretario General recibió a Christine Lagarde y a varias delegaciones del Banco Mundial aquí mismo. Somos conscientes de que el país no puede sobrevivir fuera del sistema global, pero tratamos de orientar las políticas. Le dijimos al Banco Mundial: ustedes apoyaron a Ben Ali. Ahora tienen que demostrar su disposición para apoyar la democracia a través de proyectos piloto de desarrollo en zonas desfavorecidas”.

El Frente Popular mostró mejor voluntad. Se opone, por un lado, a la condición de socio privilegiado de la Unión Europea que se ha otorgado a Túnez: “Una economía poco productiva, basada en la exportación, dependiente de pymes frágiles que quedarán vinculadas indefinidamente a los centros de decisión europeos”. Por lo demás, también pide la suspensión del pago de la deuda externa durante tres o cuatro años, de manera que el 18% del presupuesto tunecino liberado pueda ser gastado en la creación de empleos. “Si es cierto que Francia, Alemania, Bélgica, Italia, Estados Unidos y los países del Golfo tienen simpatía por Túnez –lanza Hamami Jilani–, que suspendan el pago de la deuda”. Por supuesto, no cree que ello vaya a ocurrir... “Si el poder adquisitivo sigue bajando –teme Thameur Mekki–, si el sentido de inseguridad sigue en aumento, podemos decirle adiós al ascenso de la democracia. Por el momento, el pueblo tunecino no ha entendido para qué sirve”.

Bien instalados en los barrios más pobres, los salafistas tienen la intención de aprovechar las debilidades del Estado para convertirse en actores esenciales de la vida económica, incluida la informal y subterránea, para predicar y echar raíces. “Ellos dicen ‘mira, nada funciona, y eso es porque la gente no sigue el ejemplo del profeta’. Quieren alejarlos de las elecciones y los partidos políticos para que reclamen por su cuenta lo que los salafistas presentan como última solución: la aplicación estricta de la ley islámica” (5).

Otros son más optimistas. La señora Belhadj cree que los derechos de las mujeres ya se han convertido en “consensuales, incluso dentro de los partidos que antes no se manifestaban mucho en este sentido. Gracias a la resistencia de la sociedad civil, de derecha a izquierda, no hubo regresión a nivel de las leyes”. Esa vigilancia del movimiento popular, la multitud reunida el día del funeral de Chokri Belaid, el inicio del reagrupamiento de las fuerzas progresistas, las divisiones dentro de Ennhada: factores que hacen pensar a Ben Fadel que “la batalla por la islamización de Túnez es una causa perdida de antemano”.

1. Gilbert Achcar, “Le capitalisme extrême des Frères musulmans”, Le Monde diplomatique, febrero de 2013. 2. International Crisis Group, Tunisie : violences et défi salafiste, 13-2-13, www.crisisgroup.org 3. Hela Yousfi, “L’UGTT, ce syndicat qui incarne l’opposition tunisienne”, Le Monde diplomatique, noviembre de 2012. 4. La Caja de Compensación General (CGC) tiene la misión de estabilizar los precios de los productos básicos. Sus gastos, que aumentan a un ritmo extremadamente rápido, en 2013 corresponderán al 15,7% del presupuesto nacional. 5. Entrevista con un miembro de las fuerzas de seguridad, citado en el informe del Grupo de Crisis Internacional, op. cit.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Mariana Saúl

 
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