Mayo de 2017
La defensa ofensiva
Militarismo, una pasión francesa

Con acento neoconservador, el presidente francés François Hollande envió tropas a muchos terrenos complicados. ¿No podría haber recurrido a la diplomacia? Su sucesor deberá medir el costo de estas injerencias, tanto en materia de gastos militares como de la imagen de Francia en el mundo.

“No cabe duda de que éste ha sido el día más importante de mi vida política”, confesaba el presidente François Hollande el 2 de febrero de 2013, al cabo de una afortunada jornada en Gao y en Tombuctú, tras los primeros resultados exitosos de la operación militar “Serval”. Al igual que sus predecesores, el jefe del Estado francés, durante su quinquenio, se ha puesto el uniforme de gendarme de África interviniendo en Mali, desplegando un “paraguas de seguridad” en otros cuatro países del Sahel y en África Central, y brindando más apoyo al sur de Nigeria, zona bajo amenaza de la secta yihadista Boko Haram.

“Paradójicamente, el campo de intervención de las fuerzas francesas, con el consentimiento de los países de la región, nunca ha sido tan amplio”, observa Olakounlé Gilles Yabi, ex director del Departamento de África Occidental del International Crisis Group. La red de bases militares francesas en el continente, aunque parcialmente reorganizada, se ha sostenido aun cincuenta años después de la ola de independencias. Como en los tiempos de la Guerra Fría –cuando, en una distribución de tareas sumamente pragmática, Francia asumía la responsabilidad de refrenar la escalada nacionalista y pro-soviética en África–, el amigo estadounidense no le disputa su rol preeminente en los países francófonos, como lo hiciera en los años 90 durante los conflictos de los Grandes Lagos. Por otro lado, luego de las derrotas de Estados Unidos en Irak y en Afganistán, la reticencia del presidente Barack Obama a enviar tropas al exterior les dejó a los franceses el camino allanado...

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