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La lucha de clases en el estallido social. Por Francisco Elgueta

Es relativamente fácil percibir la ausencia de banderas político partidistas en el actual movimiento social que se mantiene desde hace ya más de un mes y medio. Pero, ¿se puede decir por eso, que aquello implica participantes despolitizados o que éste se trata de un movimiento apolítico?, y por otro lado, ¿Será posible ver elementos propios de la lucha de clases, entre las acciones de protesta de las que hemos sido testigos?

Al respecto, es importante tener en consideración, como antecedentes previos, algunos datos no menores:

 Primero, durante 46 años la gente ha venido acumulando malestares propios de la pobre o nula actividad de la clase política para cambiar un sistema injusto, impuesto por el dictador. El andamiaje jurídico construido por éste, se ha mantenido casi sin alteraciones significativas hasta el presente, contribuyendo a acumular rabia, la que fue creciendo conforme se conocía un abuso detrás del otro.

 Segundo, el 2015 se destapó el mayor escándalo de corrupción conocido hasta ahora, que involucra a políticos tanto de derecha como de la ex concertación, donde quedó a la vista una verdadera maquinaria de financiamiento de campañas por parte de las empresas del grupo Penta y la minera Soquimich, a cambio de leyes, favores y concesiones. Tal suceso no vino sino a coronar la creciente desconfianza popular en los políticos.

 Tercero, durante el segundo mandato de Bachelet, se le quitó la obligatoriedad al voto, nada menos democrático que permitir al pueblo soberano renunciar a su derecho-deber de serlo, debilitando aún más la institucionalidad vigente.

De esta manera, recordemos, el actual presidente fue electo en 2017 con un 54% de los votos válidamente emitidos, sin embargo, la abstención en dicha elección fue del 54% de universo de electores habilitados para votar, es decir, Piñera obtuvo tan sólo el 24% del padrón total. No es difícil advertir que el piso del presidente es bastante precario.

Pues bien, la participación político partidista y electoral de la gente común, parece ser, a lo menos distante.

Con una sociedad mayoritariamente alejada de la política formal y crecientemente descontenta, no era de extrañarse que en algún momento explotara una crisis social. La pregunta es si dicha crisis social, la que si bien expone demandas relativas a las políticas públicas del estado, es en verdad, una crisis política.

Pará dilucidar un poco el dilema, resulta útil recurrir al materialismo dialéctico y en especial a la lucha de clases, desde donde podemos interpretar el actual estallido social, como una respuesta ante el "estímulo" impuesto por 46 años de un sistema que en poco y nada beneficia a la clase dominada.

Pareciera ser que en la calle no se tuviera conciencia del fenómeno de encontrarse en un proceso dialéctico, sólo se manifiesta mediante hechos como la protesta en el portal La Dehesa, la instalación icónica del negro matapacos o el saqueo e incendio de supermercados y comercio asociado a multinacionales, por citar sólo algunos ejemplos, los que vienen a sintetizar una expresión concreta del conflicto de clases.

No es la clase dominante la convocada para refundar el pacto social, sino la clase dominada, entonces, ¿qué querían demostrar los manifestantes en el Portal La Dehesa esa tarde?, da la idea que lo central fue dejar en evidencia la contradicción, dilucidando la respuesta.

Si bien la sociedad no está "politizada" en términos formales ni de militancia, si lo está con respecto, primero, a demandas concretas que emanan de su realidad inmediata, las que van desde mejores sueldos o remedios más baratos, a reformas estructurales de los sistemas de educación, salud, o previsional y segundo, respecto de reformas políticas profundas, las que implican una nueva constitución elaborada desde abajo, la renacionalización de los recursos naturales y estratégicos, entre otros.

Esto da cuenta de un pueblo que de pronto recordó su rol como soberano y decidió asumir el rol protagónico de su propia historia, un pueblo que se sabe compuesto por los históricamente maltratados, no cabiendo en dicha definición, sus maltratadores.

Este elemento constituye, a juicio de quien escribe, un primer paso para recuperar la conciencia de clase que permitiría, en lo venidero, generar acciones dentro de un marco de lucha de clases con pleno conocimiento de causa, factor crucial a la hora de diseñar un proyecto político coherente y cohesionado, que se proponga cambiar estructuralmente las piezas en el tablero.

Dicho de otro modo, la lucha de clases se manifiesta de manera consciente o inconsciente, pero se manifiesta de todos modos, como lo ha hecho en estas últimas semanas. Ahora bien, si lo que se busca es transformar el orden establecido, el pueblo debe comprender que esto no será posible sin una perspectiva clasista, además de combativa, lo que se traduce en la necesidad de que surjan nuevas organizaciones sociales y políticas que, articulándose entre ellas, sean capaces de luchar unitariamente por demandas colectivas, en el marco de un proyecto político auténtico y del cual se sientan parte.

FRANCISCO ELGUETA
DICIEMBRE 2019

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