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¿Nos van a entender en el futuro?

En 1964 Marshall McLuhan afirmó que “el medio es el mensaje”, y con ello, de forma escandalosamente simple, nos decía que en el periodismo y la comunicación los intereses económicos, políticos y sociales de los medios determinaban la naturaleza el mensaje. Si pensamos en Chile, basta con conocer la historia de El Mercurio y sus medios satélites para comprobar la veracidad de la afirmación de McLuhan.

Pero de la misma manera como el capitalismo clásico renegó de la acumulación de bienes como base de su poder, y adoptó la pura especulación financiera como único norte y meta de la economía, también “el mensaje” escrito, radiodifundido, televisado o expandido sin límites luego de la aparición de internet, mutó, y en lugar de reflejar los intereses del medio, empezó a distorsionar el lenguaje hasta convertirlo en un reflejo de la sociedad especuladora, pero en un reflejo difuso destinado a ocultar y confundir.

Así, ahora es común leer que novelas como “Hambre” de Knut Hansum o “ El Vaso de Leche” de Manuel Rojas describen el infortunio de “individuos en situación de calle”. El eufemismo ocultador y negador de las circunstancias sociales, políticas, económicas que niegan el alimento, la vivienda, el trabajo, el desarrollo de la potencialidad humana, la esperanza y los derechos, hace que el pobre sea el único responsable de su miseria y, lo peor, logran que el pobre termine por aceptar que es víctima de sí mismo.

Una sociedad basada en la especulación económica necesita crear una “normalidad” plenamente aceptada, y hoy se llama sociedad de la precariedad. Lo normal es lo precario, los salarios precarios, los contratos precarios, la educación precaria, la salud precaria, la moralidad precaria, el lenguaje precario que imposibilita el relato esperanzador, paso imprescindible para criticar la precariedad y tratar de salir de ella.

Hoy, la terrible situación de ser despedido del trabajo, de caer en la cesantía, en el paro, de perder lo poco conseguido, la comida diaria, la vivienda, se llama “desvinculación”. Nadie es despedido, es simplemente desvinculado de la normalidad precaria, y se intenta convencer al despedido, al “desvinculado” a que vea en esa situación “una oportunidad”. Y así es muy posible ver al desvinculado vendiendo sopaipillas en la calle, convertido en un “emprendedor”.

En los países más ricos la precariedad es adornada con anglicismos. Alimentarse de lo que se encuentra en los contenedores de basura se llama “friganismo”, compartir entre varios un minúsculo espacio de vivienda se llama “co-living”. Compartir entre dos o tres el mismo trabajo por un solo salario se denomina “co-working”. No salir de casa el fin de semana porque no tienes para pagar el bus, la entrada a un cine o una cerveza se llama “nesting” y es algo que “rebaja tu ansiedad e ilumina tus posibilidades de superación individual”.

La precariedad es ya un asunto global. Es el gran logro del liberalismo, y el lenguaje sibilino del mensaje construido con eufemismos se impone como una maldición.

Si es que hay futuro, cosa que dudo, ¿entenderán las futuras generaciones la absurda trampa en la que nos hicieron caer?

Luis Sepúlveda.

17 de septiembre de 2019

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