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(Re)Constituyéndonos contra la violencia neoliberal. Por John Charney, Laura Mayer, Enzo Solari y Karla Varas

En una conocida carta[1] dirigida al economista austríaco F. A. Hayek de febrero de 1982, M. Thatcher celebra la reducción sustancial de la participación del gasto gubernamental y el éxito de la economía chilena en la última parte de los años setenta. También elogia la transición del socialismo de Allende a una economía capitalista de libre empresa y afirma que el caso chileno es un poderoso ejemplo de reforma económica de la que los británicos podrían extraer lecciones importantes. Sin embargo, y a pesar de su entusiasmo, Thatcher reconoce que el alto grado de consentimiento requerido por las instituciones democráticas británicas haría que algunas de las reformas impuestas violentamente en Chile fueran inaceptables en Gran Bretaña. Cierra la misiva diciendo: “nuestra reforma debe estar en consonancia con nuestras tradiciones y nuestra Constitución. A veces el proceso puede parecer dolorosamente lento. Pero estoy segura de que conseguiremos nuestras reformas a nuestra manera y en nuestro tiempo. Entonces perdurarán”.

 

1. En estos días violentos, conviene identificar esa violencia estructural que se ha incrustado en Chile desde la dictadura cívico-militar de Pinochet. Por supuesto, estructuras violentas recorren toda la historia republicana y colonial de Chile: un fenómeno como la hacienda —institución varias veces centenaria erigida sobre relaciones de abuso y sumisión— que ha pervivido en empleos sumamente precarios y a través de relaciones radicalmente asimétricas. El propio patriarcado -omnipresente, insolente, con frecuencia brutal e impune- que hace poco desencadenó una oleada feminista en nuestro país y en nuestras universidades. El desconocimiento o negación sistemática de nuestros orígenes indígenas y mestizos —que ha llegado a ser guerra explícita o larvada contra pueblos originarios— y que hoy permite a los más termocéfalos exigir una nueva y más intensa militarización de la Araucanía. Etc.

 

2. Las últimas décadas permiten subrayar el vínculo entre violencia y neoliberalismo, una de cuyas manifestaciones ha sido la imposición a sangre y fuego del modelo chileno (de ‘El Ladrillo’[2]). Por supuesto que el neoliberalismo, y mal que les pese la palabra a las élites criollas, tiene cara global; a este respecto no estaría de más repasar lo que H.-J. Chang ha dicho del ascenso y caída del neoliberalismo y de su cobertura teórica por parte de la economía neoclásica tan dominante como dogmática (y es que, como dice Chang hacia el final de su Economics, “la economía es un argumento político. No es, y nunca podrá ser, una ciencia. En la economía no existen verdades objetivas que puedan ser establecidas independientemente de los juicios políticos y a menudo morales. Por lo tanto, ante un argumento económico, debemos plantearnos la vieja pregunta ‘cui bono?’ (‘¿quién se beneficia?’), formulada por […] Marco Tulio Cicerón”).

 

Tampoco sería recomendable pasar por alto diagnósticos de la actual fase neoliberal del capitalismo como el de W. Streeck: “paso a paso, el matrimonio a la fuerza del capitalismo con la democracia vigente desde 1945 se está rompiendo. En las tres fronteras de la mercantilización (el trabajo, la naturaleza y el dinero) las instituciones reguladoras que restringen el avance del capitalismo para su propio bien se han derrumbado, y tras la victoria final del capitalismo sobre sus enemigos no se vislumbra ninguna agencia política capaz de reconstruirlas. El sistema capitalista está actualmente afectado, por lo menos, por cinco problemas que empeoran y de los que no existe una cura inmediata: descenso del crecimiento, oligarquía, liquidación de la esfera pública, corrupción y anarquía internacional. Lo que se puede esperar, si nos atenemos al historial reciente del capitalismo, es un periodo largo y doloroso de decadencia acumulativa: de fricciones cada vez más intensas, de fragilidad e incertidumbre y de una sucesión regular de ‘accidentes normales’, no necesariamente, pero con bastante probabilidad, a escala del desmoronamiento global de la década de 1930” [3]. Todo esto no escapa a la detección de artistas como J. Coetzee (en carta a P. Auster): “desde 1970 más o menos, se ha propagado una visión bastante mezquina a la que se le ha permitido tomar el rumbo del planeta, una visión de los seres humanos como máquinas encaminadas al beneficio individual y de la actividad económica como un combate de todos contra todos para quedarse un botín material […] En consecuencia, se ha impuesto una noción degenerada de lo que constituye la vida política, y a su vez esa noción ha generado una visión llena de desprecio de lo que constituye la praxis política”.

 

A la vez, el neoliberalismo ha tenido su faceta local, como acaba de decir J. Ossandón, al recordar que neoliberalismo significa varias cosas a la vez: primero, es una respuesta a la pregunta por el momento actual del capitalismo, el tipo de capitalismo post-1973; segundo, describe una forma específica de gobierno de los problemas sociales usando al mercado como modelo; tercero, describe una particular forma de vida cotidiana y la experiencia de lidiar con nuevos roles; cuarto, corresponde a un nuevo espacio de disputa de formas de acción colectiva; y quinto, se refiere a una red de producción de conocimiento, precisamente el que construye el ‘técnico’ de think tank: “el invento clave es la figura del tecnócrata. El éxito de los Chicago Boys fue convencer a las autoridades de la dictadura de que ellos eran expertos en lo que estaban haciendo. Uno podría decir que si de algo sabían era en algunos temas de economía (política monetaria, inflación). Lo que hicieron los Chicago Boys—y los economistas que siguieron llegando luego a las oficinas de ODEPLAN, desde donde se organizaron las reformas sectoriales—, fue convencer al resto de que ellos eran expertos en todo. Educación, pensiones, recursos naturales, salud. Esto no era cierto […] Los economistas inventaron la figura del experto ignorante. El experto ignorante se presenta como científico, pero no hace ciencia. Es un científico que no cree en la necesidad de investigar, pues no cree que la realidad empírica pueda contrastar lo que asume como dogma. El truco es que para ser efectivo el experto ignorante necesita que los otros actores relevantes en la toma de decisiones lo tomen como si fuera experto. Desde los 80s, lo que hacen los Chicago Boys es construir una infraestructura institucional en que el experto ignorante siga cumpliendo un rol central”[4].

 

3. Pues bien: muchas cosas podrían decirse del neoliberalismo à la chilena, como que la violencia está en el origen de nuestro actual sistema político y económico (incluida la creación de la constitución aún vigente). Que esa violencia sigue advirtiéndose en disposiciones de otro rango, así como en prácticas políticas y legales de instituciones de diverso tipo, las cuales inmunizan a las desigualdades y a la degradación natural de casi toda posibilidad de cambio político significativo. Que esta violencia originaria, a partir de la cual se impone el modelo neoliberal, no fue circunstancial, sino que es una característica que lo acompaña en toda su fase de implementación y consolidación. Que el sistema de relaciones laborales es un claro ejemplo de lo abusivo que puede ser el neoliberalismo, en la medida que desconfía del único sujeto capaz de romper con la asimetría de poder propia de la relación laboral —el sindicato— y que se construye bajo la óptica de intervencionismo en, y restricción de, dos derechos que resultan esenciales para entregar el poder que le es despojado al trabajador/a en el plano individual —la negociación colectiva y la huelga (cosa que por lo demás se advierte en cada una de las palabras del artífice de este plan laboral, J. Piñera[5]. Que la violencia es no solo normativa sino obviamente fáctica, tendiendo a volverse experiencia cotidiana de privilegios y segregaciones abrumadores y sin embargo deliberados y evitables—, en una sociedad en la que apellidos, colegios y hasta lugares donde se vacaciona siguen siendo datos relevantes y capaces de eclipsar toda forma de genuina meritocracia. En el caso chileno, además, la violencia fue efectivamente constitutiva de un nuevo orden, de una modelación institucional con rasgos sumamente patológicos y dañinos, justamente eso que W. Benjamin describe como la violencia que funda derecho. Si la relación entre violencia y neoliberalismo es evidente cuando la primera es el medio para imponer la segunda, esa relación se vuelve borrosa cuando el neoliberalismo se introduce por medios democráticos, como ocurrió en Gran Bretaña, o cuando se consolida y desarrolla, después de una imposición violenta, por canales institucionales perversos pero realmente efectivos para contener a la política, tal como en el arreglo o modelo chileno de democracia semisoberana (en la feliz expresión de C. Huneeus). Esto no significa, sin embargo, que la violencia deje de ser un elemento central dentro de la constitución neoliberal; solo significa que se exhibe de manera más sutil.

 

4. Las reflexiones de H. Arendt sobre la violencia son útiles para ilustrar este punto y mostrar el funcionamiento de la violencia constitutiva de nuestro sistema político. Alejándose de una larga tradición de pensamiento político que ve la violencia como la expresión más clara del poder, Arendt desarrolla una noción de violencia que se opone precisamente al poder[6]. Para Arendt, ‘equiparar el poder político con la organización institucional de la violencia’ o definir al Estado como el ‘monopolio del uso legítimo de la fuerza’ es una idea errónea de la capacidad humana para actuar concertadamente. El poder no es la eficacia del mando, ni la capacidad de dominar o de imponer la voluntad de un agente sobre la voluntad de otro. Si el poder se redujera a esos términos, habría que aceptar la afirmación de Mao Tse Tung de que “el poder nace de la boca del fusil” y reconocer que la ausencia de violencia impide el poder. En cambio, el poder se distingue de la violencia porque mientras esta es siempre instrumental, el primero es “la verdadera condición que permite a un grupo de personas pensar y actuar en términos de categorías medios-fin” [7].

 

El poder solo existe cuando las personas actúan juntas en la esfera pública y definen entre sí los propósitos, reglas y condiciones de la vida en común. Y como el poder no solo es la capacidad de actuar, sino de actuar en concierto, está enteramente definido por categorías de pluralidad. Arendt argumenta así: “cuando decimos de alguien que está ‘en el poder’, en realidad nos referimos a su poder por un cierto número de personas para actuar en su nombre. En el momento en que desaparece el grupo desde el que se originó el poder, ‘su poder’ también desaparece” [8]. Aunque la violencia a lo largo de la historia ha sido un catalizador que ha unido a la gente en la búsqueda de hechos comunes, creando sentimientos fraternales entre ellos y a veces la esperanza de que surja una ‘nueva comunidad’ o un ‘nuevo ser humano’, esos sentimientos y empresas han sido siempre breves. Solo duran hasta que se ha cumplido la tarea. Porque de hecho, como instrumento, la violencia no es, no podría ser el principio a partir del cual se crea una comunidad política. Incluso si la violencia es capaz de destruir el poder, según Arendt es “totalmente incapaz de crearlo” [9]. Y añade: aunque la violencia puede cambiar el mundo, su cambio más probable es el de un mundo más violento[10].

 

Como el poder y la violencia se oponen frontalmente, la vigencia absoluta de uno supone la ausencia absoluta del otro. Esta es la razón que explica por qué cuando la capacidad de actuar en concierto se debilita, cuando el poder está en peligro, la violencia hace su aparición. (En nuestras circunstancias y en estas semanas que corren, esto vale, en primer término, para tantas violaciones de derechos humanos perpetradas por agentes policiales y militares del Estado chileno que tendrán que ser cuidadosamente investigadas y sancionadas; enseguida, para graves actos delictivos sobre personas y bienes que también habrá que perseguir con los estándares civilizados del Estado de derecho y el debido proceso —estándares al término de los cuales, por desgracia, pueden imponerse penas privativas de libertad en un sistema carcelario como el chileno tan degradante, violento y desigual. Por supuesto, no encontramos formas de justificar ni remotamente aquellas violaciones ni estos delitos, pero todo hay que decirlo: nos parece que una comprensión adecuada de ambos fenómenos tiene que diferenciar, pues una cosa es el Estado que deja de ser político y se vuelve violento respecto de sus propios ciudadanos —¡el mundo al revés!—, otra la violencia irracional desplegada por particulares en los cuales se asoma con frecuencia la marginalidad extrema —que habría que conocer y que debiera hacer pensar y actuar también políticamente, si es que la violencia estructural del modelo neoliberal acumula, en quienes son víctimas directas de la desigualdad, una rabia y frustración que ha estado contenida por años y que hoy hemos visto explotar.) Aun consciente de su complejidad, Arendt sostiene ante la violencia una actitud escéptica y por el contrario testarudamente política, no violenta: “como lo que nos interesa fundamentalmente es la violencia debo prevenir aquí contra la tentación de una falsa interpretación. Si consideramos a la Historia en términos de un continuo proceso cronológico, cuyo progreso es inevitable, la violencia, en forma de guerras y revoluciones, puede presentarse como la única interrupción posible. Si esto fuera cierto, si solo el ejercicio de la violencia hiciera posible la interrupción de procesos automáticos en el dominio de los asuntos humanos, los predicadores de la violencia habrían conseguido una importante victoria. (Teóricamente, por lo que yo sé, esta victoria nunca ha sido lograda, pero me parece indiscutible que las quebrantadoras actividades estudiantiles de los últimos años se hallan basadas en esta convicción.) Es función, sin embargo, de toda acción, a diferencia del simple comportamiento, interrumpir lo que de otra manera se hubiera producido automáticamente y, por eso, previsiblemente” [11]. Es lo que decía S. Weil: la violencia suele instrumentalizar al que cree gobernarla.

 

Como sea, hay múltiples factores que pueden socavar el poder. En su conjunto, Arendt ve en el proyecto de la modernidad, caracterizado por la expansión de la economía y su apropiación de la esfera pública para la satisfacción de las necesidades materiales, una de sus mayores amenazas. La transformación del gobierno en administración, de las repúblicas en burocracias y el encogimiento de la esfera pública son una pérdida de lo que tenemos en común, es decir, de un mundo intersubjetivamente constituido de experiencia y acción mediante el cual establecemos nuestra autoidentidad y nuestro propio sentido de la realidad. No es difícil advertir cómo estas tendencias modernas y antipolíticas se han radicalizado en esta fase capitalista neoliberal y con la peculiar intensidad y violencia del modelo chileno en el que hemos vivido durante los últimos 40 años.

 

5. Especialmente ahora, al debatir qué tendríamos que hacer para configurar deliberativamente una política para todos, no colonizada de entrada por el neoliberalismo, un arreglo básico de instituciones y derechos ecuménicos, comunes, posibilitantes del poder democrático y del libre juego de diversos proyectos colectivos, hay que distinguir entre lo que es genuina argumentación y lo que por el contrario es legitimación ideológica de posiciones políticas y económicas. Esto hay que hacerlo porque la función académica de los universitarios —es bueno recordarlo una y otra vez— consiste no en satisfacer expectativas de autoridades de cualquier tipo, sino en homenajear la libertad docente, de investigación y de crítica política que reunidas son el núcleo de la libertad académica[12], construyendo y ofreciendo públicamente las mejores razones posibles. Es cierto que el derecho, como la economía, es un argumento político, pero también lo es que el modo en que se desarrolla la argumentación de uno y otra puede ser académicamente lúcido o tramposo, autónomo o bien servil para con las inercias ideológicas. Y si bien quienes participamos de este debate crítico acerca del Chile actual tenemos (más o menos ostensibles) posiciones políticas, la pregunta es si en las ideas expuestas por nosotros y por otros universitarios hay lo que es esperable que haya: algo más que mera racionalización a posteriori de esos mismos posicionamientos políticos.

 

6. Así, sine ira et studio, es como hay que plantear, a la vista de las características violentas del neoliberalismo que hemos vivido y de la antítesis entre poder y violencia, la cuestión del sentido constituyente del estallido chileno de 2019. Por primera vez en toda la larga transición tras el término formal del pinochetismo, prima en el debate el reclamo de una nueva constitución: hace unos días la derecha gobernante anunció un congreso constituyente, discusión ciudadana y luego un plebiscito; desde veredas académicas se propusieron caminos como la reforma constitucional[13] para la rebaja de quorums, a fin de que la política democrática pueda operar por decisiones mayoritarias, respetando los derechos básicos pero sin vetos de minoría, y la asamblea constituyente[14] para permitir que una nueva constitución sea la expresión de la voluntad de todos, incluidos aquellos que han sido sistemáticamente excluidos del pacto social y político. Finalmente la mayor parte de la política institucional se ha puesto de acuerdo en el Congreso chileno concordando en un plebiscito de entrada, por ende con decisión popular sobre nueva Constitución y el mecanismo para ella (asamblea constituyente aunque con otro nombre, o bien una convención mixta con miembros especialmente elegidos y parlamentarios), y en fin un nuevo plebiscito de salida; todo hay que decirlo: hay cuestiones discutibles ya decididas, como el alto quorum para votar en la asamblea o convención, y otras por decidir, al menos aquellas sobre la obligatoriedad del voto ya en el primer plebiscito, sobre maneras de evitar que los postulantes al órgano constituyente requieran siderales sumas de dinero para hacer campaña y sobre fórmulas para evitar la sobrerrepresentación masculina y santiaguina y la infrarrepresentación de pueblos originarios. (No se olvide, conviene que conste, la negación del sentido constituyente de este momento que apelaba a malas experiencias de asambleas constituyentes, incluso denunciando el fetichismo constitucional[15] que las haría posibles. Aunque si hubiera que hacer psicoanálisis político, tan fetichista podría considerarse a la inversa el rechazo maniático de la crisis constitucional por la que atravesamos y la confianza se diría que infantil en que la praxis política sin alteración de la constitución vigente y de sus patrones culturales pudiera llevar a cabo transformaciones significativas del arreglo neoliberal.)

 

En fin, esperamos que este momento efectivamente constitucional[16] sea un proceso de liberación (al menos dentro de las posibilidades no solo chilenas sino globales) del extremismo neoliberal y sus tóxicas consecuencias institucionales. Y, a la vez, que sea un camino de constitución colectivamente inteligente de instituciones y formas políticas menos oligárquicas, más republicanas, plurales y soberanas. Maneras nada emotivistas sino políticamente racionales de entender un momento como el que vivimos son precisamente lo que necesitamos. Como la que delineaba el mismo Coetzee (tratando la gran crisis económica del 2008) y que podríamos parafrasear constituyentemente: “el quid de la cuestión es si realmente queremos un régimen numérico (= constitucional) nuevo, si somos capaces de ponernos de acuerdo en un nuevo conjunto de números (= de instituciones). Así pues, si nos miramos hoy día a nosotros mismos, vemos justamente lo que cabría esperar: que nosotros, ‘el mundo’, preferimos vivir en la miseria de la realidad que hemos creado (la realidad completamente artificial de la crisis) antes que organizar una nueva realidad negociada”. O como la que hace unos años vislumbraba (a propósito de Valparaíso, su patrimonio y la negligencia del Estado centralista santiaguino) Pablo Andueza, estudiante y dirigente legendario de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Valparaíso donde trabajamos (y, dicho sea de paso, un practicante de la no violencia activa radicalmente convencido de su eficacia política): “los estragos […] van asociados al avance del capitalismo en sus versiones más recientes, la supervivencia de unas burocracias locales instrumentales a los grandes grupos económicos y la incapacidad de fraguar un proyecto de país, al fin, soberano. Frente a estos se levantan hoy estos combates ciudadanos, más ‘limpios’, más discursivos, y quizá hasta elegantes (‘culturales’), pero que no desconocerán nunca esas otras luchas de antaño, las que dieron nuestros antepasados en la fábrica, en la pampa, en el mismo puerto, en la mina y en el campo. Siguen siendo reclamos de un porvenir más justo”[17].

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Los autores son los profesores John Charney de Derecho Constitucional; Laura Mayer de Derecho Penal; Enzo Solari de Filosofía del Derecho; y Karla Varas de Derecho Laboral; todos de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

 NOTAS:

[1] Véase https://s.libertaddigital.com/old-wp/diego-sanchez-de-la-cruz/13.png.

[2] Véase http://www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdfs/mc0032306.pdf.

[3] Véase https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/PC_13_streeck_web_2.pdf (p. 95).

[4] Véase https://ciperchile.cl/2019/11/08/abajo-el-neoliberalismo-pero-que-es-el-neoliberalismo/.

[5] Véase http://www.josepinera.org/zrespaldo/REVOLUCION%20LABORAL%20RESUMIDO.pdf.

[6] Véase http://bello.cat/Sobre%20la%20violencia-H.%20Arendt.pdf (p. 77).

[7] Ibidem (p. 71).

[8] Ibidem (p. 60).

[9] Ibidem (p. 77).

[10] Ibidem (p. 110).

[11] Ibidem (p. 47).

[12] Véase https://m.elmostrador.cl/noticias/opinion/2018/01/19/docentes-de-educacion-superior-constituyen-la-asociacion-chilena-de-profesores-universitarios-para-proteger-la-libertad-academica/.

[13] Véase https://ciperchile.cl/2019/11/08/para-superar-el-problema-constitucional-una-propuesta-alternativa/.

[14] Véase https://ciperchile.cl/2019/11/11/por-un-cambio-constitucional-que-no-le-de-la-espalda-a-la-ciudadania-una-respuesta-al-profesor-correa/.

[15] Véase http://www.elmercurio.com/blogs/2019/11/03/73694/Fetichismo-constitucional.aspx.

[16] Véase https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2019/11/02/el-fin-de-la-transicion-y-la-necesidad-de-una-nueva-constitucion/.

[17] Véase https://drive.google.com/file/d/1MNx-RPsdFgdtZkDU1qsgGwvRaxldJvdT/view (pp. 11-12).

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