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Y ahora, ¿qué? por Camilo Carrasco

El sábado recién pasado, mientras trabajaba (en una botillería, de noche) vi a través de redes sociales a dos ex compañeres de militancia compartiendo contenido desde un bar de Concepción habiendo colgado el lienzo de su asamblea tras ellos, emanando un olor milico, una impronta de generales festinando sobre el territorio conquistado, entregándome el último sorbo de la botella de un cuestionamiento que me ha sido tan intenso que, aquí, lo vomito a él y al almuerzo. Y ahora, tras ésto, dos, realmente. Primero, cuánto se ha adoptado por parte de nosotres, seres comunes sin el monopolio de las armas, de aquella cultura militar y, segundo, cuánto de ésta lucha política se ha convertido en una fiesta de sustancias y egos riendo alrededor de mesas, dando vuelta vasos y besando a la fuerza. Es decir, cuanta impronta de hombre con uniforme verdoso tiene la revuelta.

Quiero comenzar rindiendo honores a quién, me enteré hoy once de enero de dosmilveinte, cede su nombre para la plaza de Tribunales de Concepción, escenario de batallas tan dispares que parece la selva vietnamita, espectadora de tanto maltrato que emana tristeza a través del concreto puesto a la rápida, don René Schneider, un militar, padre de una doctrina que se basa en velar por el absoluto y total respeto a la voluntad del pueblo expresada en las urnas. Espero se sepa hacerle honores en el plebiscito de abril próximo, y no se interprete la garantía de la constitución como una excusa para mantener un statu quo injusto, caduco y podrido.

En dicha plaza René Schneider se ha enfrentado el pueblo armado al pueblo a pie. Carabineros de Chile ha establecido base en una de las esquinas, la que apunta hacia la diagonal que da a la universidad de Concepción, y allí ha resistido los piedrazos ilusos que buscan penetrar un metal diseñado para resistir balas. Y digo resistido pues, cuan amigx tóxicx, han sabido provocar eficientemente con tal de recibir la primera cachetada, aunque su brazo pese cincuenta kilos mas y hayan entrenado dos años cacheteando árboles milenarios. La estrategia militar de Carabineros se ha centrado en sacrificar un guanaco que dispara eventualmente, principalmente para abrirle paso a los piquetes que disparan desde sus escopetas, en dicha esquina y ahí concentrar a un ejército autoconvocado, empeñado y esperanzado en romper los gruesos latones con armamento precario y con insultos que buscar romper la moral de quienes han demostrado no tenerla, para luego emboscarles cobardemente de sorpresa. Insultos, por cierto, de la misma calaña de “Destroyer” o “Super Dick”, orientados a buscar denigrar a los efectivos, situándolos involuntariamente dentro de la comunidad lgbtiq+ (porque, claro, estar dentro de esa comunidad es muy denigrante) o reviviendo las viejas glorias de la derecha oligárquica antiestatista, enarbolando un “cafiches del estao” muy de señora perlada en una escena de Machuca.

De la policía uniformada chilena, altamente militarizada, es absolutamente inferible un comportamiento militarizado, sin embargo, que orgánicamente haya surgido una estructura así en la ciudadanía autoconvocada se me hace preocupante y triste. Preocupante pues demuestra que nuestra forma de resolver debe considerar, orgánicamente, formas de combate, que el parlamento no se nos da, que necesitamos batirnos a golpes para resolver un problema. Y muy triste, pues no puedo ni imaginar el dolor que le genera a lxs traumadxs ver a carabineros comportandose tal cual en dictadura en respuesta a un pueblo que está tan enojado que no ha sido capaz, aún, de ocupar la calle de una forma no militar. O no de forma sostenida, pues allí siguen las piedras mas no las performances y textos que dotan de cuerpo simbólico una revuelta que nos ha tenido chocando de cabeza con la reja de la casa del poder oligárquico. Tampoco están aquí aquellxs a quienes la pelea con las fuerzas de orden les asusta, o les asquea, o les entristece, retrocedieron hacia sus casas a doler, o quizás a ni pensar, apedreados también por una supuesta vanguardia que ha criticado todo el quehacer menos el propio.

Pues más que una adaptación casi predecible, una mutación a una infantería escudada, mucho no hay. Los láseres son curiosos, sobre todo por cuanto han obligado a mantener viva la memoria de los ojos reventados a balinazos, pero siguen estando enfrentados a balines en los ojos. Siguen siendo, a lo mas, una resistencia. Las barricadas de adocretos fueron tan efectivas que se tomó detenides a personas que participaron en la extracción de los materiales, que no fueron eternos, tampoco, y que no pudieron derribar los latones. Después de años de oír las piedras contra los latones una creería que ya nos pudimos convencer de que no les rompe, pero parece que falta un poquito para eso.

Por otro lado, los soldados enemigos del pueblo, los que están armados y protegidos, los que conducen enormes pseudobestias robóticas blindadas y que tienen con que cubrir sus ojos frente a enemigxs que no tienen ni balines ni el entrenamiento para atinar a un ojo, han operado tal cual sus jefes han querido, tal cual la historia nos dice que lo han hecho antes, también, y tal cual podíamos esperar. Violando, mutilando, asesinando, no retrocediendo, ganando las batallas para las cuales fueron entrenados, repitiendo las humillaciones que sufrieron en la escuela, cabros pobres, con otros cabros pobres más flacos y menos vestidos. La historia ha ido tal cual podía predecirse, y apunto a que así ha sido pues se ha enfrentado con las mismas herramientas anacrónicas que se ha enfrentado siempre. Cuánta insensibilidad hay en quemar ramas de árboles urbanos cuando se ha oído, o no, el bosque chillar bajo tierra en los últimos años de enormes y devastadores incendios forestales.

Y hay contadas glorias, hay contados registros de carros retrocediendo dando vueltas por redes sociales, tal vez de días donde mas tarde fueron a reprimir y secuestrar a alguna población pobre para dejar con esa sensación de victoria al pijerío anticonstitucional de los centros de las ciudades, que conocieron hace poco las plazas secas y descuidadas. Pues claro, además, tan poco hemos pensado en nuestros entornos que ni siquiera nos hemos detenido a ver como está el pasto que caminamos o los árboles que nos permiten respirar entre los bombardeos. Tan poco hemos hecho distinto, tanto hemos obligado a les fotógrafes a tomar las mismas fotos que en los ochenta.

Y hay, al parecer, tal familiaridad con el ejercicio de la protesta tal como la conocemos, que algunes se permiten hacerlo bajo efecto de drogas. Con ésto no condeno a quién se toma una lata de cerveza en plaza de la dignidad o en la rotonda de la revolución en Concepción, pero si a quienes, como aquel cabro que tuve que arrastrar junto a un capucha cuando la policía nos emboscaba, no se puede el cuerpo de borrachx al lado de la barricada, deshonrando, para mí, la memoria de quienes fueron tan valientes que levantaron esos mismos tótems con las fuerzas militares en el poder. Personalmente, me aterraría entorpecer mi cuerpo cuando sé que me acechan las fuerzas policiales.

Y en ambos puntos encuentro dos vicios propios de la sociedad que se nos ha heredado, por un lado, una necesidad de festinar en contacto con las drogas en cualquier instancia donde nos sintamos cómodes, o tal vez, para sentirnos cómodes cuando se nos hace difícil. Y por otro lado, una forma de resolución a través de la violencia. Respecto de ésto último, crecí creyendo que la violencia era patrimonio de aquellos en el poder, de esa derecha que bombardeó la moneda y que reprimió a balazos todo levantamiento popular. Al menos en el país, lo que Fidel Castro hizo también fue violento, liberador, pero se valió de balas, igual.

Y es que debo reconocer un sesgo personal, me cuesta lo violento. Mi forma de honrar a quienes cayeron a balazos, a quienes caminaron por las calles de mi ciudad muertxs de miedo, con cuatro balas en un arma de mala calidad escondida en algún lado, a quienes dijeron que debían guardar la última para si mismxs, es procurar que nunca más, que nadie más deba verse en esa situación. Por eso temo, pues no confió en ellos, en nuestros adversarios. Temo que, en riesgo la constitución, las bayonetas y fusiles salgan a cumplir con su mandato constitucional de garantizar por la sobrevivencia de la misma, y que en eso se nos vaya la vida a quienes hemos procurado un nuevo Chile, un mejor Chile, que somos miles, cientos de miles en todo el país.

Además creo que en esa retórica de la violencia ,en esa reivindicación de una intifada urbana latinoamericana, se le regala a la ultraderecha Van Rysselberghe un argumento irrefutable, que salen a avalar las Marianas Alwyn, el de la violencia, el de la ilegitimidad del proceso destituyente por ser violento, como si no así fuese cualquier proceso destructivo de preludio a la reconstrucción.

Y es que, siento que, por eso, no hemos salido del momento destituyente, no hemos salido de la caída de los ídolos y las catedrales. Si me preguntan, creo que el último cayó con la PSU, y que no necesitó mantener viva niuna llama para hacerlo, que podría haber sido esporádico y habría derribado la estatua de igual forma.

Ahora, ¿como avanzamos a un proceso constituyente? Creo que la derecha conoce ésta falencia, sabe que no hemos salido del proceso destituyente y que por eso ahora nos ataca ahí, antes del inicio de la carrera. No por nada JVR sale a exigir el corte del proceso reconstituyente, sabe que no hemos construido como ellos sí lo han hecho, que no nos hemos ordenado como lo hizo la derecha cuadrándose con el rechazo a la iniciativa y fraguando un boicot al proceso mismo.

Por cierto que es mucho más dificil ordenar un movimiento sui generis, acéfalo y autoconvocado, sin embargo, hay cuestiones comunes que conocemos y diferencias que suponemos, pues no hemos conversado lo suficiente.

Tal vez, tampoco hemos podido, incluso, saber cuanto tenemos en común, porque seguimos gritando lo mismo, coordinades y mirando hacia los carros verdeolivo. Tal vez, creo, sea momento de bajar la voz y hablar tierna y constitucionalmente con quien tenemos al lado, ya convencido de que con quien tenemos al frente dificilmente podamos llegar a algo.

Que caiga el patriarcado de la militarización, que caiga la guerra y su lógica.

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