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Entre la vida y la muerte. Por Claudia Baeza Rosales

“Sobrevivir es irrenunciable incluso a través de la muerte o a través de la experiencia de la anticipación de la muerte (...). Jamás pude pensar el pensamiento de la muerte o la atención a la muerte, incluso la espera o la angustia de la muerte como algo distinto de la afirmación de la vida.”.
Jaques Derrida.

Durante estas últimas semanas, las conversaciones familiares, sociales y las consultas se llenaron de cifras, de estadísticas que deambulan entre la vida y la muerte y que esbozan cuan peligroso es salir a la calle. Se han creado discursos de terror para aumentar el miedo a salir de casa. Testimonios e incluso imágenes que circulan en redes sociales mostrando los cuerpos al momento de ser conectados a un respirador mecánico.

Aumenta la angustia frente a la posibilidad de contagio del propio cuerpo, de la pérdida de un ser querido, la incertidumbre, el miedo que habita las conversaciones entre vecinos que guardan metros de distancia y prefieren esperar el próximo ascensor, cuando éste llega.

A la lucha contra el virus, en los últimos días se le suma la lucha contra el hambre en los sectores más vulnerables de nuestro país y a esto, se le suma recientemente, la lucha contra el racismo.

Están pasando muchas cosas, como si la pandemia haya puesto en el tapete cuestiones que obviábamos en el día a día. El hambre de pan, así como el hambre de vivir dignamente, quedó develado hace unos meses en nuestro país, pero hace años que se venía acumulando. Sin embargo, continuábamos corriendo: metro, trabajo, tuto -(metro-boulot-dodo)- dicen en Paris, realidad que devela la cotidianidad de los ciudadanos, lo que se hace todos los días, casi de manera automática. Me parece que esta frase, se puede analogar a lo que era la vida en Santiago.

Hoy, el transporte público, el lugar de trabajo y el sueño se volvieron terribles amenazas.

La cifra de contagiados y las muertes cada mañana y tarde en los noticieros, manifiestan lo peligroso que es salir a la calle, nos quedamos sin metro y sin trabajo, todo reducido al espacio de cada uno en su casa. A su vez, aumenta los terrores nocturnos y el insomnio.

Hoy en la calle, también se oye hablar del frío, del hambre, de la pobreza, más de la que imaginaba el ministro de salud y como me dijo alguien por ahí, “la dignidad aún no ha llegado...”

¿Llegará? ¿Llegará la dignidad que se pide y se instala como significante en el estallido social del 18 de octubre? ¿Seguiremos contando canastas y haciendo fondos solidarios para quienes no pueden nunca llegar a fin de mes? ¿y/o criminalizando los actos de quienes pertenecen a las comunas más pobres de Santiago?!

Para seguir viviendo necesitamos comer, necesitamos respirar, pero también necesitamos el deseo de vivir, deseo de aferrarnos a un mundo compartido con otros.

Como efecto de esta pandemia hemos quedado presos de un contador de contagiados, de recuperados y de muertos. Estadísticas que nos señalan si son pocos o son muchos muertos, según el numero de contagiados, la densidad de la población, entre otros factores que desconozco.

El mundo se detuvo, la vida como solíamos vivirla se detuvo. Hoy la conversación esta llena de cifras y escuchamos expertos hablando sobre un posible futuro del virus, ¿se controla, vuelve, muta, habrá una vacuna pronto?

Seguimos día a día contando las muertes, parece que de eso se trata ver si como país estamos bien o estamos mal. Se supone que acá habrían otras tantas muertes sin contar. Y me recuerda al estallido, cuando también se le daba importancia al conteo de gente que asistía a las manifestaciones, unos decían una cifra, otros señalaban otra cifra muy distinta, y así, como si el contar diera como resultado si fuese importante o no la causa de la manifestación. Y hoy el número de muertos pareciera decirnos qué tan bien hemos enfrentado la crisis.

Por ahora, quedamos los que seguimos vivos, pendientes o no de las cifras que van aumentando en Sudamérica y disminuyendo en Europa. Me quedo pensando en el lugar que ocupan las palabras muertos y muertes hoy.

Concuerdo con Derrida y “no imagino un deseo que nazca si no es a partir de la experiencia de la muerte posible”., pero que la muerte sea un posible, le da un sentido a la vida en la medida que se posibilite que la olvidemos a ratos. Hacemos planes y construimos, de alguna forma, un porvenir. Hoy, pareciera muy dificultado ese posible porvenir, cuando nos levantamos y nos acostamos con las cifras de una pandemia que arrasa con esta posibilidad de subjetivar, de anhelar algo mas allá.

Como dice Constanza Michelson, en su libro: “el deseo de vivir es otra cosa”, este pasa por otras vías, porque si bien todos sabemos que vamos a morir, también necesitamos olvidarlo para proyectarnos en un mañana, en un futuro posible.

Para vivir, necesitamos comer, necesitamos respirar y también necesitamos el deseo de vivir. Necesitamos espacios que posibiliten la palabra y la escucha a lo que tenemos para decir. Sobre todo hoy, cuando el mundo que conocíamos y que compartíamos, se detuvo y se nos está cayendo. La vida que llevábamos ya no está mas afuera y quizás no volverá en algunos meses o algunos años. Todo lo que por años hicimos, de manera casi automática, hoy se ha visto imposibilitado.

¿Qué vendrá después del virus? ¿Cuándo se silencie el Covid-19 y queden resonando todos los malestares y las pérdidas?

Me imagino que además de las fotos en Instagram de los encuentros familiares, de las salidas y los viajes, vendrá un enorme duelo: ¿Estaremos preparados para acogernos?

La pandemia además de aterrorizarnos con la posibilidad de muerte, también ha revelado que para desear, para comer, para vivir, necesitamos del otro. Que necesitamos a un otro para decir, para nombrar. Un otro que nos escuche en tanto otro, porque no se trata sólo de no morir en esta pandemia, sino de permanecer habitando un mundo compartido.

Proteger el lazo social, no restarnos del mundo, por muy angustiante que éste se muestre. Y para eso necesitamos instancias de palabra, de vida. “Hablemos un poco de la vida, aún debe haber algo que te guste hacer”, me sorprendí diciéndole a mis pacientes, cuando llegan -a nuestro encuentro virtual- sobrepasados de cifras de muertes y cargando un exceso de encierro. Y lo he pensado también dentro de mi análisis.

Hablemos de lo que nos gustaba y nos sigue gustando, de lo que nos gustaría hacer en un futuro, aunque cueste, para olvidarnos por un momento que la muerte ronda en la calle, que no nos permite habitar el mundo como antes, y que nos obstaculiza el compartir, el transitar de un espacio a otro, el trabajar y el dormir.

Claudia Baeza Rosales es psicologa clínica - psicoanalista

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