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Ciencia y política, la diplomacia científica como herramienta del futuro

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Alain Tergny, Cube 18 (Acrílico claro y esmerilado), 2016
(Exposición en Galería La Sala hasta el 31 de enero)

En las últimas décadas se ha venido instalando la idea de que la ciencia y la política pertenecen a esferas separadas bajo el argumento de que la ciencia debe ser objetiva, neutral y ajena a los intereses del poder, a diferencia de la política, dominada por ideologías, negociaciones y disputas sesgadas. Sin embargo, lo cierto es que hace más de 400 años, Francis Bacon en su Novum Organum (1) ya reconocía la influencia de los actores sociales y sus “doctrinas” como parte de aquello que determina la práctica científica. En esta misma obra, fundamental para la ciencia moderna, Bacon enumera las limitaciones de la ciencia identificando cuatro fuentes principales, tres de las cuales emergen de las interacciones socioculturales de quienes hacen la ciencia: los seres humanos. La ciencia es una práctica social, realizada en contextos históricos determinados, con financiamiento público o privado, prioridades definidas y consecuencias directas sobre la vida de las sociedades. En ese sentido, el quehacer científico no sólo dialoga con la política, sino que constituye en sí mismo un acto político. Desde esta premisa, no es extraño esperar una relación bidireccional entre las actividades propias de la política con aquellas de la investigación y desarrollo científico de un estado, surgiendo la noción de diplomacia científica.

Cuando hablamos de diplomacia científica nos referimos al uso “estratégico de la ciencia, la tecnología y el conocimiento para facilitar acuerdos internacionales, promover la cooperación académica y fortalecer las relaciones entre Estados con el objetivo de abordar problemas globales” (2). Esta definición implica que no se trata simplemente de la colaboración académica en búsqueda del desarrollo de nuevos métodos o tecnología en común, sino de un enfoque que integra producción de conocimiento, política exterior y acciones multilaterales. Tal como se define en el reporte inglés-estadounidense New Frontiers in Science Diplomacy (3) la diplomacia científica reconoce que la ciencia no es una actividad aislada ni neutral, sino una práctica social ejecutada en un contexto geopolítico y atravesada por intereses, valores y relaciones de poder.

Aunque el concepto de “diplomacia científica” se formalizó recién en las últimas décadas, en la práctica su origen se remonta al surgimiento de las primeras redes científicas internacionales a fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando se crean organizaciones con el objetivo de estandarizar métodos y formas de comunicación de resultados científicos que pudieran ser utilizadas internacionalmente. Tras la Segunda Guerra Mundial, la ciencia se utilizó como una herramienta para cuidar vínculos internacionales tensionados, o recomponer aquellos deteriorados (4, 5, 6). Es así, como el CERN, fundado en 1954, constituye un caso paradigmático de cooperación científica como instrumento de reconciliación en la Europa de posguerra, agrupando a Suiza, Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia en la creación de un centro internacional para estudios nucleares. Así mismo, la firma del Tratado Antártico (1959) constituye otra perla en las relaciones internacionales, cuando se establece por primera vez (…)

Artículo completo: 1 559 palabras.

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Fernando C. Ortiz* y Macarena Rojas Abalos*

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