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Un balance de la revuelta popular de octubre

Dos pasos adelante y la política que falta

En septiembre y octubre 2020, cuando el Covid-19 dio un respiro, pudo la sociedad chilena volver a concentrarse en lo que la tiene en crisis. Hubo dos pasos progresivos: un avance hacia un entendimiento en profundidad de la revuelta y los alcances de la reivindicación y la demanda social que la anima, y el asomo y anuncio de un nuevo cuerpo electoral. No alcanzan para consolidar, pero sí para que siga fluyendo la marcha que partió hace un año, en octubre del 2019.

Con Razón
Puede decirse que por estos meses hace, si no consenso, voz de nueva mayoría una interpretación de los acontecimientos de octubre como una revuelta reivindicatoria racional, es decir, comprensible en su lógica: la anima una demanda popular radical de transformaciones respecto de un régimen de sociedad que, en medio de su propio éxito (1) se hace cotidianamente, subjetivamente, aborrecible.

Lejos de explicarse, según se dijo, por corrientes emocionales adolescentes o tendencias anómicas, se trataba de una disconformidad existencial de la generación nueva de un pueblo nuevo formado en el propio camino que había instalado y obligado el régimen neoliberal.

Octubre fue un quiebre social: resonaban, quebrando el orden, los quiebres de las biografías de las generaciones populares que hicieron todo lo que el modelo exigió y a quienes, luego, pagaron en muros cerrados y los destinos de siempre. Al final del viaje desventura; se acumuló, en cada quien y entre los tantos/as, el mismo mal sabor de la derrota y el fraude. Así hasta octubre, cuando reventó el malestar como revuelta reivindicatoria de la dignidad desconocida.

Nada liviano entonces: un reclamo espeso, fundado en las raíces del modelo de sociedad que se venía implantando, con tamaño y resonado éxito, durante los últimos cuarenta y cinco años. De sus propias promesas, y hasta obligaciones, venía la razón, y hasta los métodos, de la cobranza. De ahí también lo irreversible del descontento.

La sociedad desnuda
Mientras fuimos en el imaginario neoliberal, pareció que un antiguo y bien sabido Chile ya no estaba. El Chile en curso se imaginaba, al fin, a la puerta de su desarrollo y modernización plena; al pasado la historia postal, de origen y por los siglos, de amos y siervos, sub terra y sub sole (2).

Roto el espejo queda la sociedad en su matriz de siempre. A la vista de todos, y no hay cómo acomodarse, una antigua forma nos persigue: a) sigue la partición de estamentos, estirpes, privilegios de cuna; y b) sigue la economía basada finalmente en la explotación de la clorofila, la geología y la fuerza o disponibilidad humana.

Y bien visible que ambas reglas van juntas: para los unos, del pequeño y disciplinado estamento A, los pocos buenos puestos de trabajo complejo, directivo y bien remunerado, para los del estamento B, los demás de siempre, los trabajos simples también como siempre (3).

Como sea, cuando la conformación neoliberal hace crisis, vuelve a flotar esa escena arcaica de la modernidad aquí nunca habida, y de la tan peculiar e inaguantable forma chilena de la desigualdad -como injusticia de estamento, o de cuna, y como condena popular al jornaleo de los obligados al trabajo simple, de bajos salarios y su vivir al día-.

Esperanza colectiva
En estos meses, vuelve a nombrarse la esperanza. Ya se escuchó, se dejó ver, en en momento. Mon Laferte, por ejemplo, la invoca con su sensibilidad magistral en su gira poblacional. Pero por diversos motivos, era la rabia y la frustración social lo que parecían dominar el ánimo. (...)

Artículo completo: 1 861 palabras.

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Manuel Canales Cerón

Académico Universidad de Chile. Universidad Estatal de O’Higgins

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