Apenas designado, el ministro del Interior francés, Laurent Nuñez, ex prefecto de policía de París, anunció que “la guerra contra los narcotraficantes” sería prioritaria. Con discursos alarmistas y exageradas analogías con América Latina, el aumento de la demanda de drogas preocupa menos que la caza de los proveedores.
“El crimen no sólo es normal sino que es fácil demostrar que tiene muchas utilidades”. En un momento en el que el “narcotráfico” parece convertirse en uno de los principales flagelos de la sociedad francesa, esta sentencia de Karl Marx, de un breve texto escrito a principios de la década de 1860, merece que nos detengamos en ella (1). En contraposición con la criminología de la época, que tendía a percibir la delincuencia como una patología (social o mental), Marx sugiere que es consustancial a la vida colectiva. Una pista que Émile Durkheim exploró más sistemáticamente: el sociólogo demostrará unos años más tarde que la agrupación de ciertos actos o comportamientos bajo la categoría de “delito” sirve para fijar las fronteras morales de una sociedad, separando a una mayoría “de hombres honestos” de una minoría de “delincuentes” (2). Pero Marx tiene una intuición adicional cuando se pregunta por los “beneficios secundarios” de esta criminalidad, es decir, por el conjunto de actividades (el derecho, la literatura, la prensa, la ciencia, la técnica) y profesiones (policías, abogados, aseguradoras, cerrajeros, etc.) que prosperan gracias a su existencia. La lista que elabora no es exhaustiva y hoy podría incluirse a la mayoría de las élites políticas, ya que han convertido la seguridad en uno de sus temas predilectos.
Ley y orden
Iniciado en Estados Unidos a principios de los años 1970 bajo la etiqueta law and order (“ley y orden”), este movimiento se extiende treinta años más tarde desde Europa hasta América Latina. Desencadenó una escalada de leyes y proclamas que condenaban el “angelismo” o el “laxismo” y pedían un endurecimiento de la represión, incluso en los partidos tradicionalmente más favorables a la prevención y la defensa de las libertades. Al separar la seguridad de la cuestión social en la que antes estaba integrada, esta dinámica reconfiguró profundamente los marcos de análisis y las lógicas de funcionamiento de la justicia, la policía, pero también la escuela o los servicios sociales (3). En consecuencia, las cárceles se ven colmadas más allá de su capacidad –85.000 personas detenidas en Francia al 1° de julio de 2025, para 62.509 plazas– (4), sin que se observe ningún efecto en la disminución de la delincuencia, ni que este fracaso produzca un cambio en el discurso público.
Pero quizás ese no sea el problema. El giro punitivo es también una dramaturgia en la que las palabras cuentan más que los hechos y el anuncio de leyes o reformas más que sus consecuencias reales. Con la complicidad interesada de los medios de comunicación, alaba las posturas marciales y agudiza la competencia entre los profesionales de la política que buscan parecer más “duros” que sus pares. También obliga –como es propio de las dramaturgias– a renovar periódicamente las “amenazas” al orden social o nacional. Después de las “bandas”, la “violencia de los menores”, la “radicalización”, parece que ahora le toca al “narcotráfico”.
“Inundación es la imagen que se impone para describir el fenómeno al que se enfrenta Francia”, se preocupa un reciente informe de investigación del Senado. “Ya no hay ningún territorio ni ninguna categoría social que queden eximidos. El tráfico se infiltra en todas partes, con el consiguiente aumento de la violencia. Las escenas de guerra que viven algunos habitantes contribuyen a lo que se podría llamar “narcoterrorismo”, ya que instauran un clima de miedo e inseguridad constante para el conjunto de la sociedad” (5). Bruno Retailleau, ministro del Interior, añade: “Hay un tsunami blanco que se abate sobre Francia” (Le Monde, 22 de agosto de 2025), y se indigna: “Los narcos están por todas partes. Hay que combatirlos con una determinación implacable. […] La elección que tenemos hoy es entre una movilización general o la mexicanización del país” (Le Parisien, 1 de noviembre de 2024). Para no quedarse atrás, Gérald Darmanin, ministro de Justicia, anunció que los “cien narcotraficantes más importantes” deben ser aislados en “una prisión de alta seguridad” (LCI, 12 de enero de 2025).
La respuesta punitiva
“El peligro está a nuestras puertas”, escriben los senadores, un juicio difundido por una multiplicidad de titulares, reportajes y dossiers especiales en los medios de comunicación generalistas. Es urgente reaccionar, y ese es el objeto de la ley, “destinada a sacar a Francia de la trampa del narcotráfico”, promulgada el 13 de junio de 2025. En particular, crea una Fiscalía Nacional contra la Delincuencia Organizada (PNACO), siguiendo el modelo de la Fiscalía Nacional Antiterrorista (PNAT) y los barrios de lucha contra la delincuencia organizada en dos centros penitenciarios (el de Vendin-le-Vieil, inaugurado en julio de 2025, y el de Condé-sur-Sarthe). Refuerza el estatuto de “arrepentido”, las medidas de embargo preventivo y confiscación de bienes delictivos, así como las posibilidades de represión penal y administrativa. También amplía las técnicas especiales de investigación de los servicios policiales, hasta tal punto que el Consejo Constitucional tuvo que censurar las relativas a la vigilancia digital y algorítmica, consideradas demasiado lesivas para la privacidad. Paralelamente, las funciones y personal de la Oficina Antidroga (OFAST), creada en 2019 para coordinar la lucha contra el tráfico, han sido reforzados, y el informe del Senado propone incluso convertirla en una “DEA [Drug Enforcement Agency] a la francesa”, siguiendo el modelo estadounidense.
Las cifras
La magnitud de esta campaña político-mediática no deja de sorprender al observador de lo que hasta ahora se denominaba “lucha contra el tráfico de estupefacientes”. Porque este corrimiento semántico no es neutro. La expresión “narcotráfico” evoca un imaginario ligado a la situación latinoamericana, popularizada por exitosas series de televisión como Narcos y El Chapo y películas como Traffic de Steven Soderbergh (2000). En esta última, carteles fuertemente organizados, jerarquizados y armados le disputan al Estado porciones completas de su territorio y luchan por el monopolio de la producción y comercialización de la droga, utilizando simultáneamente la violencia y la corrupción.
La comparación es caricaturesca. La tasa de homicidios es veinte veces menor en Francia que en México o Colombia (1,3 por cada 100.000 habitantes en 2023, frente a 24,9 en ambos países), y está en constante descenso, ya que se ha reducido a la mitad desde 1990 (6). Los “ajustes de cuentas entre delincuentes” solamente representan el 9% de las 900 víctimas registradas anualmente (7).
La retórica alarmista de las autoridades públicas es acaso una manera torpe de llamar la atención sobre el lugar que ocupan ahora las drogas en nuestra sociedad. De acuerdo con el Observatorio de Drogas y Toxicomanías de Francia (OFDT), el número de personas de entre 18 y 75 años que han probado el cannabis en su vida aumentó del 12,7% en 1992 al 50,4% en 2023 (8). En cuanto a la cocaína, se pasó del 5,6% en 2017 al 9,4% en 2023. El consumo de heroína permanece relativamente estable (2% en 2023) y las drogas sintéticas están en aumento: en 2023, MDMA, 8,2%; anfetaminas, 4,3%, y poppers, 14,9%. Se trata, por lo tanto, de un fenómeno masivo que afecta a todos los ámbitos, desde trabajadores temporales y estudiantes hasta diputados o directivos de empresas. Sin embargo, las medidas adoptadas por los ministros y parlamentarios, al igual que sus análisis, se basan en dos presupuestos erróneos: la asimilación de (…)
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