¿Cómo disipar el exceso de datos, noticias e imágenes que quema nuestras pantallas y nubla nuestras mentes? Un método revolucionario, aunque con dos milenios de antigüedad, podría ofrecer un refugio a los desertores de la guerra de la atención. Sus virtudes sorprenden a sus usuarios; su poder aterroriza a Silicon Valley.
Atención, he aquí un texto fuera del tiempo, fuera de los flujos y el torbellino digital. Su estructura no obedece a las nuevas reglas adoptadas por periodistas, blogueros, influencers y editores en su intento por sobrevivir a la guerra por la atención que causa estragos en las pantallas. Empezaremos su lectura sin conocer la cifra mágica que precede ahora a la primera frase de cada artículo online: los minutos necesarios para recorrerlo. Su mensaje principal no crepita desde la primera línea para grabarse en las retinas antes de que nuestros ojos se desvíen hacia otra parte, como cuando sobrevuelan una página web.
Servicio inteligente
Con ayuda de un dispositivo de seguimiento ocular, el experto en ergonomía informática Jakob Nielsen estableció que “el patrón de lectura dominante se asemeja a una F. Los lectores tienden a empezar en la esquina superior izquierda, después recorren toda la página hacia la derecha. A medida que bajan por la página, se fijan cada vez menos en lo que está del lado derecho” (1). Cincuenta y cuatro segundos: ese es el tiempo promedio que se pasa en una página web, pero la mitad de las visitas terminan antes de que transcurran diez segundos; en cuanto a la duración promedio de una visita a un sitio web de noticias, no supera… los dos minutos (2). Si la longitud del artículo exige desplazarse, el visitante tiende a abandonarlo. Sobre todo porque la multiplicación de las notificaciones de sus smartphones los incita a revisar sus bandejas de entrada abarrotadas, a responder un mensaje de texto, o a navegar por los infinitos hilos de Instagram o TikTok. Incluso los hipervínculos, las joyas del formato digital que abren un acceso en capas a un conocimiento infinito, degradan en definitiva la comprensión: “La toma de decisiones adicional y el procesamiento visual necesarios para navegar de un enlace a otro aumentan la carga cognitiva de los lectores, al pedirles una capacidad de memoria que tal vez supera sus habilidades”, concluye una revisión de la literatura sobre el tema (3).
Desde el “tiempo de cerebro humano disponible” que el ex gerente general de TF1 Patrick Le Lay se jactaba de haber vendido a Coca-Cola en 2008, hasta las pujas científicas de las conciencias orquestadas por las plataformas digitales, la economía de los medios de comunicación no cambió fundamentalmente ni de naturaleza ni de objetivo. Pero su ritmo conoció una aceleración vertiginosa. Y los tanteos en la medición de las audiencias para alcanzar segmentos burdamente recortados (la famosa “ama de casa menor de 50 años,” tan apreciada por los publicistas de la década de 1990), abrió paso a una individualización refinada del mensaje gracias a la extracción de datos personales. Estos datos alimentan a los algoritmos que determinan estadísticamente qué hay que darle a cada usuario para ver, leer y escuchar y para que se quede la mayor cantidad de tiempo posible conectado a la plataforma. Disputada, convertida en papel picado, desintegrada en briznas de sonidos, pedacitos de imágenes, fragmentos de palabras, la recopilación de información está desacoplada respecto de las condiciones que permiten ofrecerle algún sentido: la lentitud, la continuidad y la libertad de deriva mental. Más allá de las pantallas, el conjunto de los tiempos sociales, particularmente los dedicados al trabajo, están sujetos a esta trituración destructiva.
La disciplina de las estadísticas
Enfrentados a este diluvio de datos y a la imposibilidad de asimilarlo todo, los humanos reaccionan de diversas maneras. En el siglo XVI, la popularización de la imprenta, el choque con los “Nuevos Mundos” y el redescubrimiento de los autores de la Antigüedad provocaron un maremoto editorial. “¿Hay algún lugar en la Tierra que escape a estas marejadas de nuevos libros?”, se lamentaba el humanista Erasmo –él mismo un autor prolífico– en 1525, en un comentario sobre el proverbio “apurarse despacio”. “Su número mismo es un serio obstáculo parael aprendizaje”, despotricaba, porque “estas distracciones desvían la mente de la lectura de los autores antiguos”. Y el teólogo holandés era tan fulminante como si acabara de pasar una hora en la red X: los impresores desenfrenados “cubren el mundo de panfletos y de libros estúpidos, ignorantes, maliciosos, calumniadores, insensatos, impíos y subversivos; y la avalancha es tal que incluso las cosas que podrían haber hecho algún bien pierden todas sus virtudes” (4). Percibimos la misma desaprobación en el reformador Juan Calvino, irritado por “este confuso bosque de libros”, y, un siglo y medio más tarde, en el primer biógrafo de Descartes, Adrien Baillet (1649-1706): “Tenemos motivos para temer que la masa de libros que aumenta cada día de modo prodigioso haga naufragar a los siglos futuros en un estado de tal barbarie como la de los siglos posteriores a la caída del Imperio Romano”. Entre principios del siglo XVI y finales del XVIII, el número de títulos publicados en Londres se multiplicó por 150 (5). Pero en lugar de levantar una pira decadente al estilo de Sardanápalo, los eruditos esquivaron la sobreabundancia mediante la organización metódica del saber. Fue la época de los almanaques, las antologías, las enciclopedias, los manuales, pero también de las bibliografías, los índices temáticos...
Los pocos segundos
A principios del siglo XXI, el mercado reaccionó a la información algorítmica de una manera totalmente distinta. Ya no se trataba de domar el caos de los flujos de información, como en el siglo XVIII, sino de acelerar su absorción mediante diversas técnicas de alimentación automatizada. Las plataformas y redes sociales proponen la lectura de contenidos a velocidad rápida (x1,5 o x2), lo que multiplica otro tanto la absorción de publicidades. Una multitud de servicios como Power Reader, Spreeder, Outread, Speed Reader, ReadQuick y Reedy prometen “leer tres veces más rápido que lo habitual” gracias a “un método que concentra la mirada en pequeños fragmentos de texto a la vez”, o mediante “una opción de resaltado automático de palabras para facilitar el consumo de contenidos”. Smartnews “selecciona informaciones de diferentes fuentes en resúmenes concisos, lo que te permite mantenerte informado sin sentirte abrumado”; InShorts sintetiza “las mejores noticias nacionales e internacionales, resumidas en 60 palabras como máximo”. En síntesis, “un servicio inteligente”, “resume los puntos esenciales de manera clara mientras los clasifica automáticamente por tema”. Para decirlo en menos de diez palabras: el mercado responde a “demasiado” con “todavía más”. Dado que todo texto largo implica un sostén de la atención, es visto como un obstáculo.
Uno por uno, los “creadores de contenido”, como se denomina ahora a esos oficios que consisten más en llenar las redes que en nutrir a las mentes, están deponiendo las armas. Publicar más artículos para aparecer más visible en los motores de búsqueda, ofrecer un picoteo de títulos gancheros y “puntos clave”, seguir el ritmo de los canales de noticias en vivo y de TikTok, pavonearse en Twitch durante horas: estas recetas ya gastadas jalonan desde hace mucho tiempo la cotidianeidad de los diarios online. Pero lo central está en otra parte. Por sus índices de popularidad y viralización, la información algorítmica está induciendo una transformación más insidiosa de la línea editorial que es similar a la observada después de la privatización de TF1 en 1987 bajo el efecto de la carrera por los índices de audiencia. Una encuesta reciente detalló el proceso en funcionamiento utilizando el caso de Brut, un medio de comunicación online con una sala de redacción real, que se lanzó en 2016 para transmitir contenido de calidad en las redes sociales a un público joven poco familiarizado con el periodismo tradicional (6).
“Los índices de audiencia están reemplazando en parte el trabajo de definir una línea editorial”, concluye la autora después de analizar tres años de producción (noviembre de 2016-mayo de 2019), o sea 828 videos. Con el transcurso del tiempo, los temas de la sección “sociedad” se multiplicaron, mientras que el porcentaje de los temas de “economía” se redujo. Los problemas ambientales (219 casos de 828), muchas veces abordados desde la perspectiva de las actitudes individuales ecoresponsables en la vida cotidiana, encabezan la lista, mientras que los movimientos sociales, que no reciben los favores ni de las estadísticas ni de los anunciantes, inspiraron 15 tópicos, 11 de los cuales estuvieron dedicados a los “chalecos amarillos”.
Porque despierta una mayor “tasa de interacción” (número de interacciones –likes, reposteos, comentarios– dividido por el número de vistas) y, por lo tanto, una mejor monetización, la personalización crece hasta convertirse en el enfoque dominante: representó el 1% de los primeros temas emitidos por Brut a fines de 2016, en comparación con más del 49% en la primavera de 2019. Así, a lo largo de los meses, la investigadora vio cómo se multiplicaban “los videos en primera persona, protagonizados por personalidades conocidas para el gran público o anónimas que cuentan sus historias, sus dificultades, pero también cómo las superaron mientras apuntan con el dedo a la negligencia de los políticos”. Por ejemplo: “Jonathan Destin, que sufría bullying en la escuela, intentó suicidarse quemándose vivo a los 16 años. Hoy cuenta qué lo empujó a cometer ese acto”. Sometida a las limitaciones específicas de la imagen, la trayectoria de Brut presenta una curva sin duda más pronunciada que la de los medios impresos. Pero el efecto disciplinario de las estadísticas también influye en la orientación editorial de los diarios impresos. En los últimos 15 años, contrataron cohortes de “community managers” que, bajo el pretexto de aumentar la visibilidad de las publicaciones en las redes sociales, en última instancia trabajan (…)
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