Cada otoño, en noviembre, Lisboa se convierte en la capital mundial de las nuevas tecnologías digitales. Mientras las playas más cercanas a la ciudad de las siete colinas se van quedando vacías, el Web Summit, uno de los principales encuentros del sector tecnológico, se llena por completo. “Al principio, era más bien un encuentro para ‘startupers’. Ahora, es una especie de demostración de fuerza de los Estados en su carrera por la inteligencia artificial”, observa Bertrand Mangano, quien preside la delegación local de la “Mission French Tech”. Creada en 2013 por el Ministerio de Economía, esta iniciativa tiene como objetivo “unir el ecosistema de las startups francesas, tanto en Francia como a nivel internacional”, al tiempo que promueve la “marca French Tech” (1).
Desde que el evento se trasladó de Dublín a Lisboa, en 2016, se ha convertido en uno de los principales instrumentos de la nueva ambición portuguesa: la de situarse a la vanguardia de la modernidad en el Viejo Continente. Pero detrás del bullicio que se apodera del Parque das Nações se esconde una paradoja en la que nadie, en las filas de la “cumbre”, quiere realmente detenerse.
Tras la crisis financiera de 2008, la “troika” (Banco Central Europeo [BCE], Comisión Europea, Fondo Monetario Internacional [FMI]) le impuso a Portugal un doloroso “plan de rescate”. La receta reconfiguró la economía y el mercado laboral portugués (2). Para The Economist, la operación es un éxito total: en 2025, el semanario liberal británico elevó al país al rango de “economía del año”: tan “suave como un pastel de nata”, habría logrado “combinar un fuerte crecimiento del Producto Bruto Interno [PBI], una baja inflación y un mercado bursátil al alza” (3). De hecho, los indicadores macroeconómicos del país muestran un vigor impresionante. Portugal acaba de registrar su cuarto superávit presupuestario consecutivo, y su deuda pública, que equivalía al 134% del PIB en 2020, se redujo al 90,2 % cinco años después, según el BCE.
Centro mundial
Aprovechando esta recuperación, el gobierno conservador (minoritario) de Luís Montenegro lanzó en 2025 su “estrategia digital nacional”. ¿Su objetivo? Convertir a Lisboa en un “centro mundial” y a Portugal en el “líder europeo de la transformación digital” (4). Ese mismo año, el presidente de Microsoft, Bradford Smith, aprovechó la Web Summit para anunciar una inversión de 10 mil millones de dólares (8,63 mil millones de euros) en un “megacentro de datos” equipado con 12.600 chips Nvidia en Sines, al sur del país. El Primer Ministro se mostró eufórico: una de las empresas GAFAM (5) se sumaba a su proyecto de modernización de Portugal.
“En realidad, nuestro país no está dando ningún salto tecnológico, –nos explica Ana Gomes, candidata socialista a la presidencia en 2021–. Nosotros aportamos el terreno, el agua y la electricidad, pero la tecnología no es portuguesa”. Para la ex diputada europea, los gigantes estadounidenses no buscan conocimientos técnicos locales, sino salarios bajos y una ubicación geográfica ventajosa. Sines no fue elegida por casualidad. Esta pequeña ciudad portuaria se encuentra en la confluencia de varias grandes rutas de cables submarinos de fibra óptica que constituyen la estructura física de Internet a nivel mundial. Estas vías de transmisión de datos de alta velocidad conectan, frente a la costa atlántica portuguesa, a Europa, África y las Américas. Para los gigantes digitales, contar con un punto de anclaje de este tipo en el corazón de las infraestructuras estratégicas de la conectividad mundial no es un simple detalle logístico: es una condición esencial para su desarrollo.
Así pues, no habría sido la innovación portuguesa, sino su población devastada por la crisis y su ventaja geográfica lo que habría llevado a la empresa estadounidense Davidson Kempner y a la británica Pioneer Point Partners a instalar en Sines el centro de datos Start Campus. Como era de esperarse, todo es de origen extranjero, salvo la energía, que es totalmente renovable. “Aparte de unos cuantos empleos en logística, ¿qué nos aporta realmente este tipo de (…)
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