A priori, todo enfrenta a Francia con Rusia. En primer lugar, su sistema político-económico: en efecto, al régimen capitalista liberal de mercado de París, Moscú le opone un sistema oligárquico bajo tutela del Estado. Luego su postura geopolítica: Francia defiende un orden mundial bajo la hegemonía estadounidense; Rusia, por su lado, se posiciona a favor de un nuevo orden mundial multipolar. Finalmente, la naturaleza de su democracia: cuatro presidentes franceses se sucedieron desde el ascenso de Vladimir Putin al Kremlin, del que solo se alejó entre 2008 y 2012 para convertirse en Primer Ministro.
Pero hay un punto estructural en el cual Francia y Rusia presentan grandes similitudes: el hiperpresidencialismo y las posibilidades institucionales de un endurecimiento autoritario, sobre todo militar. Un ejemplo : a pesar de existir disposiciones constitucionales que formalmente indican lo contrario (1), los presidentes franceses y rusos, como Jefes del Ejército, disponen de prerrogativas que les permiten involucrar de manera discrecional a sus países en un conflicto armado y de continuar en él, incluso contra la opinión de un Parlamento que les está por designio subordinado y que pueden disolver. Esta práctica deriva de un modelo híbrido que comparte Francia con Rusia (y con Ucrania) : un sistema semipresidencial, heredado de la visión constitucional del general De Gaulle, a su vez fuertemente inspirada en el modelo de Weimar.
Ecos de Weimar y de De Gaulle
En la expresión “semipresidencial”, establecida por Maurice Duverger (2), el término “semi” no apunta a describir a un presidente privado de la mitad de sus prerrogativas: se trata de calificar a un sistema “hiperpresidencial” combinando disposiciones propias de los regímenes presidenciales con otras que pertenecen a regímenes parlamentarios. Concreatamente, un presidente electo por el sufragio universal directo, por una parte; un gobierno, único responsable frente al Parlamento, por la otra. Creado bajo la República de Weimar en 1919, este modelo fue retomado en dos oportunidades por la Vº República (en 1958, luego en 1962), y finalmente adoptado en Rusia a partir de 1993.
En 1919, la República de Weimar innovó con la creación, frente a un Parlamento elegido, de un Presidente también elegido por sufragio universal directo en una elección mayoritaria a dos vueltas. Este dispositivo, que le ofrecía al jefe de Estado una fuerte legitimidad protegiéndolo del Parlamento, institucionalizó “la no responsabilidad política” del presidente: no tenía que rendirle cuentas al Parlamento. Por el contrario, el presidente disponía del derecho a disolver la Asamblea (una prerrogativa que escapaba al Primer Ministro), lo que aspiraba, al menos formalmente, a hacer del Canciller (equivalente al Primer Ministro) un simple subordinado. Máxime cuando el presidente disponía además de plenos poderes de emergencia y del derecho a convocar referéndums y plebiscitos. Esta última disposición fue poco utilizada; los plenos poderes de emergencia, por el contrario, fueron utilizados de forma cada vez más frecuente y, finalmente, de manera casi permanente.
En 1958, el general De Gaulle se basó en este sistema para avanzar con una versión más militarista y presidencialista. El texto de 1958 retomó el principio de “no responsabilidad” del presidente electo, así como su poder de disolución, de utilización de los plenos poderes y de convocatoria a reférendums y plebiscitos. Pero De Gaulle acentuó la naturaleza presidencialista del modelo weimariano al eximir a las decisiones presidenciales de la doble firma ministerial (que imponía, a todo acto del (…)
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