En el fondo del golfo arábigopérsico se acumulan, como sedimentos, décadas de fronteras disputadas entre Irak, Kuwait e Irán, un yacimiento de gas identificado en los años sesenta y la vieja frustración iraquí de tener apenas sesenta kilómetros de costa sin puerto de aguas profundas. La reciente presentación de Bagdad ante la ONU llevó ese conflicto latente a la superficie, en una región ya sacudida por la guerra.
Algunos días antes de que Estados Unidos e Israel desencadenaran la guerra contra Irán, a fines de febrero pasado, el gobierno iraquí planteó sus reivindicaciones sobre las aguas del Golfo presentando una lista de coordenadas geográficas ante el secretario general de las Naciones Unidas. El gesto despertó de inmediato una oleada de protestas, en particular por parte del conjunto de los Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo: Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Qatar. La cuestión del acceso de Irak a estas aguas codiciadas atravesó todo este último siglo. Pero adquiere una nueva dimensión en un contexto regional muy degradado –tanto más porque Irán está también involucrado–.
En el origen de este conflicto hay un problema clásico de geopolítica: la voluntad iraquí de salir de una situación de cuasi-aislamiento. En 1914, el Reino Unido estableció un protectorado sobre Kuwait (1) con la finalidad de impedir que el Imperio Otomano y su aliado alemán dispusieran de un puerto de aguas profundas en el extremo occidental del Golfo y pudieran amenazar la ruta hacia las Indias. Irak, que obtuvo su independencia del Reino Unido en 1932, se encontró con una salida al mar muy reducida –60 kilómetros contando el canal de Khor Abdallah– y una costa fangosa, carente de un puerto de aguas profundas (2). Es cierto que Bagdad dispone, en su frontera con Irán, del puerto de Basora, situado en el Shatt al-Arab, río formado por la confluencia del Tigris y del Éufrates, cuyas aguas están compartidas con Irán. Sin embargo, el acuerdo de Argel de junio de 1975 fijó la frontera en la línea media del río, cuyo estuario se encuentra a 55 kilómetros. A fin de disponer de una salida al mar menos vulnerable, Irak también desarrolló el puerto de Um Kasar, situado al final de un brazo de mar compartido con Kuwait. Sin embargo, Bagdad nunca aceptó verdaderamente esta situación: tras la revolución de los “Oficiales Libres” de 1958, reivindicó su soberanía sobre el emirato vecino y se negó durante dos años a reconocerlo cuando Kuwait obtuvo su independencia en 1961. Mantendrá después sus reivindicaciones sobre las islas de Bubiyán y Warba, posicionadas bajo soberanía kuwaití. Esta es una de las razones que llevaron a Saddam Hussein a invadir a su vecino en agosto de 1990, lo que precipitó la primera Guerra del Golfo.
Una costa, un siglo de rencores
Como consecuencia de este conflicto, las Naciones Unidas implementaron la Misión de Observación de las Naciones Unidas para Irak y Kuwait (UNIKOM), una comisión encargada de fijar definitivamente las fronteras terrestres entre ambos Estados. Éstas se caracterizaban por su imprecisión e involucraban principalmente a los brazos de mar –Khor Al Zubair, Khor Shityana, Khor Abdullah (3)– que separan ambos países y llevan al puerto de Um Kasar. La comisión situó la casi totalidad de las aguas del Khor Al Zubair bajo soberanía de Bagdad, acordando así una relativa seguridad de acceso inmediato al puerto de Um Kasar. En cambio, la frontera en las aguas del Khor Shityana y del Khor Abdullah se fijó en la línea media. Esta propuesta fue respaldada por la resolución 833 del Consejo de Seguridad, adoptada por unanimidad el 27 de mayo de 1993. El poder ejecutivo iraquí primero la rechazó, antes de resignarse, a regañadientes, ante la perspectiva de un levantamiento de las sanciones. La frontera fijada dejaba así a los países de la región la tarea de delimitar sus mares territoriales y sus respectivas zonas económicas exclusivas (ZEE).
Ambos países firmaron después, en 2012, un acuerdo de navegación en el canal Khor (…)
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