La elección de José Antonio Kast -al igual que el ascenso de la extrema derecha en diversas democracias occidentalesno se puede comprender como un fenómeno meramente identitario, cultural o reactivo frente al progresismo. Su emergencia está profundamente anclada en una crisis estructural de las expectativas económicas y políticas, específicamente en la imposibilidad de recuperar las condiciones de crecimiento y estabilidad que caracterizaron el ciclo histórico que Joseph Stiglitz denominó los “felices 90”.
Ese período, que se extendió aproximadamente entre el fin de la Guerra Fría y la crisis financiera global de 2008, estuvo marcado por una convergencia excepcional de factores. A nivel global, el crecimiento económico se sostuvo en el auge de las nuevas tecnologías de la información, la expansión del comercio internacional empujado por China, la pacificación geopolítica posterior al colapso del bloque soviético y una fuerte disciplina fiscal en numerosos Estados. Sin embargo, ese dinamismo tuvo un reverso menos visible: una financiarización creciente de la economía, alimentada por políticas monetarias complacientes y por un marco institucional debilitado deliberadamente por la desregulación. Ello dio lugar a conflictos de interés, fraude sistémico, colusión, asunción de riesgos excesivos y una acumulación de vulnerabilidades que permanecieron latentes durante años.
Consenso binominal
Chile fue uno de los países donde ese ciclo se manifestó con mayor nitidez. Tras el fin de la dictadura, la transición política permitió consolidar un modelo de estabilidad sustentado en el consenso binominal, la previsibilidad institucional y la contención del conflicto social. Se configuró así un reformismo pasivo, en el sentido gramsciano, caracterizado por transformaciones impulsadas desde arriba que fueron institucionalizando el nuevo orden de manera gradual e inocua, sin politizar la convivencia social. El crecimiento económico se sostuvo en la expansión de las exportaciones, la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral -que duplicó los ingresos familiares en amplios sectores-, el aumento sostenido de la demanda global, en particular desde China, y una profunda desregulación que abrió al mercado ámbitos previamente excluidos de él. Este conjunto de factores alimentó una percepción de progreso continuo y de movilidad social ascendente, que terminó por estructurar el imaginario de éxito del país.
El primer quiebre relevante de ese ciclo se manifestó con la crisis asiática de 1998, que mostró la fragilidad de un modelo altamente dependiente de los flujos externos. No obstante, esa crisis fue parcialmente superada gracias al nuevo boom de los commodities durante la primera década del siglo XXI. El verdadero punto de inflexión llegó con la crisis financiera global de 2008. Desde entonces, el régimen de crecimiento desregulado y la estabilidad política heredada de la transición entraron en una crisis prolongada, sin que haya sido posible restablecer las condiciones excepcionales de los años noventa. Además, se generó una crisis de legitimidad por los escándalos de abusos de las élites, colusión empresarial, impunidad y privilegios arbitrarios.
Avances sociales
A partir de ese momento, Chile -como muchas otras democracias- comenzó a transitar por ciclos electorales pendulares, (…)
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