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Un país encorsetado por las “reformas” de los noventa

La calesita presidencial peruana

“Voto cerrado”. Apenas pasada la medianoche del 16 de noviembre de 2020, el Congreso peruano cerró la votación parlamentaria con estrepitosos aplausos. Francisco Sagasti –de derecha– acababa de ser elegido por sus pares para asumir la presidencia de la República. El diputado reemplazó a Manuel Merino –también de derecha–, quien había llegado a la cabeza del ejecutivo la semana anterior, cuando su predecesor Martín Vizcarra –igualmente de derecha– había sido destituido en una operación orquestada por parlamentarios tan conservadores como él. Vizcarra había heredado la función suprema dos años antes, luego de que el último presidente elegido por el voto popular (en 2016), Pedro Pablo Kuczynski fuera obligado a renunciar por sus vínculos con un escándalo de sobornos. El banquero Kuczynski era tan poco de izquierda como sus predecesores, Ollanta Humala (2011-2016), Alan García (2006-2011) y Alejandro Toledo (2001-2006).

Un año atrás, Chile, Colombia y Ecuador se veían sacudidos por enormes protestas populares que denunciaban las políticas económicas neoliberales (1). En ese entonces, el diario Le Monde celebraba la “excepción peruana”: “Mientras que, durante estos últimos meses, fuertes movilizaciones estallaron en los países de la región [...], los peruanos parecen manifestar cierta moderación ante la decadencia de su clase política” (2). El periódico francés, que proclamó la “caída de la Casa Morales” –en referencia al ex presidente boliviano Evo Morales, víctima de un golpe de Estado en 2019 (3)– dos semanas antes de la aplastante victoria de su partido en las presidenciales de octubre de 2020, no fue más lúcido respecto de la situación en Perú: en efecto, la población no dio muestras de ninguna “moderación” en las gigantescas manifestaciones que llevaron a la renuncia de Merino, el 15 de noviembre de 2020. Ahora bien, ¿qué efecto puede llegar a tener esta movilización, en un marco de debilidad institucional, inestabilidad política permanente y corrupción generalizada? Todos males cuyas raíces remontan a varias décadas atrás.

Un largo eclipse
Durante los años ochenta, Perú debió hacer frente a una serie de crisis estructurales. El país se hundió en el conflicto armado que enfrentó a los gobiernos sucesivos con las guerrillas de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. La violencia dejó 69.280 muertos y desaparecidos (4) y una profunda marca en la sociedad. En paralelo, el modelo económico implementado en los años 1960 entró en crisis. La desindustrialización y la hiperinflación que se dispararon en 1988 exacerbaron el descontento popular. El desprestigio de la clase política llevó a que la población se alejara de las estructuras tradicionales (5). Esta crisis de representación se tradujo en la victoria de personajes recién llegados a la política –como Ricardo Belmont Cassinelli, ex periodista y director de prensa, alcalde de Lima entre 1990 y 1995–, quienes destronaron a los representantes de los partidos, incluso cuando no contaban con una base sólida. El rechazo a la política que se expresa hoy en día en las calles peruanas nació en este periodo, pero experimentó un largo eclipse que duró alrededor de diez años.

En efecto, el 10 de junio de 1990, un ingeniero de origen japonés venció al escritor conservador Mario Vargas Llosa en las elecciones presidenciales (6). El nuevo jefe de Estado, Alberto Fujimori, canalizó el rechazo popular a los dirigentes tradicionales a través de un discurso antisistema y logró despertar la esperanza de una salida a la crisis económica. Fujimori prometió construir un gobierno de “gente competente”, sin importar su partido de origen (7), con el objetivo de resolver el conflicto armado, al tiempo que tranquilizaba a los sectores dominantes, preocupados por el avance de las guerrillas. En los días posteriores a su elección, voló a Washington para encontrarse con Michel Camdessus, entonces presidente del Fondo Monetario Internacional (FMI). Al volver a Lima, destruyó sus promesas de campaña y administró una violenta terapia de shock económico a un país conmocionado.

Pese a sus tentativas de construir un gobierno de unión nacional, Fujimori no tenía mayoría en el Congreso. Su movimiento, Cambio 90, solo contaba con 32 de los 180 diputados y 14 de los 62 senadores. El Parlamento frenaba sus proyectos de “reforma” y el Senado desarrolló una súbita preocupación por las múltiples violaciones a los derechos humanos cometidas durante la guerra contrainsurreccional.

Autogolpe y corrupción
Con la ayuda del ejército, Fujimori orquestó un golpe. El 5 de abril de 1992, disolvió el Congreso, (...)

Artículo completo: 2 244 palabras.

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Romain Migus

Periodista, fundador del sitio de información sobre América Latina Les Deux Rives (les2rives.info).

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