Existe consenso en que el siglo XX consolidó la idea de que, para la modernidad, cualquier concepto puede ser considerado verdadero, bueno o bello siempre que funcione como un constructo tecnológico que confirme la supremacía del pensamiento científico y racional.
A partir de esta premisa, prácticamente toda la investigación científica contemporánea debe demostrar su utilidad y novedad para generar conocimiento que perfeccione los procesos productivos y la división del trabajo. Por lo mismo, aquella investigación que carezca de un fin práctico a corto plazo es considerada carente de interés y difícilmente contará con financiamiento.
Es por ello que la reflexión sistemática y la investigación en áreas como la estética y la filosofía resultan marginales en la vida universitaria. Además, las disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades han perdido legitimidad profesional, debido a que el capitalismo postindustrial no les reconoce una función práctica sustantiva.
En nuestro país, existen 58 universidades, pero solo un 18% de ellas ofrece una carrera asociada a la filosofía. Un antecedente clave es que la mayoría de estos programas se presentan como Pedagogía en Filosofía. Es decir, se concentran en la formación de profesorado para la educación escolar. En esta constatación se advierte, nuevamente, la urgencia por hallar un uso funcional para la filosofía y asegurar su inserción en el mercado laboral. Todo esto ocurre a pesar de que, como es sabido, el currículum escolar nacional ha desplazado a la filosofía hacia la optatividad, eliminando su carácter obligatorio”.
Por otra parte, también se debe considerar que casi todas las instituciones de educación que mantienen una formación en filosofía o en pedagogía en filosofía, corresponden a universidades dependientes de una congregación religiosa casi obligadas a mantener esta disciplina en función de sus misiones institucionales. A la fecha, solo tres universidades chilenas mantienen la carrera de “Licenciatura en Filosofía” sin que sus mallas curriculares las asocien a la formación pedagógica, en este reducido grupo se encuentra la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica.
Ahora bien, con la reflexión anterior no se pretende señalar que la estética o la filosofía carezcan de una utilidad práctica, por el contrario, han sido y siguen siendo esenciales para la emancipación de la humanidad, para la libertad, para frenar el autoritarismo y para advertirnos del pensamiento “unidimensional”, tal como lo señaló Herbert Marcuse en 1964. La función práctica de la estética y la filosofía se centra en el cuidado del pensamiento crítico.
El pensamiento crítico moderno, a diferencia del medieval, por ejemplo, consiste en la habilidad que tiene la humanidad para analizar, evaluar y (…)
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