Los sueños se esfuman. El 28 de diciembre de 1861, a orillas del río Bío Bío, Cornelio Saavedra ordenó la fundación de Mulchén, destinado a convertirse en el asentamiento que entrelazaría, “la nueva línea con las poblaciones del norte” y ser la capital de la nueva frontera “en el territorio indígena”. Luego comenzaría el proceso de entrega de tierras a los colonos, quienes construirían junto con los soldados los primeros poblados y las líneas de ferrocarriles, la tierra, dividida en cuadros perfectos conformaría una nueva clase propietaria, una auténticamente capitalista como dictaban las normas de la revolución industrial.
A los mapuche se les entregaría títulos de propiedad y una vez consolidado este proceso de asentamiento, comenzaría a crearse una “nueva línea sobre el río Malleco” (Saavedra, 2009). Ciento treinta dos años después, en diciembre de 1993 –y con menos de un mes de promulgada la Ley Indígena 19.253–, el Consejo Municipal de la comuna reconoció a uno de sus arquitectos y nombró a la Plaza de Armas de la comuna en su honor: “General Cornelio Saavedra Rodríguez. Fundador de Mulchén”.
A pocos kilómetros de esta ciudad, entre medio de las plantaciones forestales, vive la familia Guzmán Paillemal. Una de sus líderes, Mirta Paillemal, con una memoria histórica que no olvida los detalles de este largo camino, recuerda que su padre, Gregorio Paillemal llegó a vivir a las tierras en las que hoy experimentan un encierro a mano de forestal Mininco. La memoria la traslada a la Unidad Popular, cuando esas mismas tierras eran parte de un fundo de trigo y ellos vivían en su interior, por decisión del patrón, quien les donó la tierra a tres familias: Díaz, Guzmán y Paillemal. “Nosotros nos quedamos, -recuerda Mirta Paillemal-, se quedaron viviendo mis viejitos. De ahí fallecieron mis viejitos y quedó la nueva generación”. Algunas familias, cuando llegó el antiguo propietario a entregar las tierras ya no estaban, por lo tanto, quedaron fuera de toda posibilidad de obtenerlas. No obstante, el asentamiento agrario, como todos, fue disuelto por la dictadura luego del 11 de septiembre de 1973. Algunos inquilinos vendieron, porque no tenían acceso a luz -aún no la tienen- mientras las plantaciones continuaban avanzando alrededor para brotar con la altura que las vemos hoy en la década de los 80 y 90 a mano de los consorcios Mininco y Arauco.
Como es la historia de diversos campesinos e indígenas en la zona sur de Chile, esta familia comenzó a asentarse con la construcción de un Ruko y sobre ella fueron mejorando la vivienda hasta llegar a la casa actual construida de madera y pisos cerámicos. Los mayores de la familia recuerdan una vida en que ellos sembraban y la tierra les permitía vivir de lo cosechado. Pero a los pocos años, el agua comenzó a brotar menos. Las tierras agrícolas, en palabras de Juan Guzmán, “comenzaron a ser menos fructíferas” y Norma Guzmán incorpora su sentir: “Rodeados, por ambos lados. Por fuera, incluso por fuera y la carretera, estamos rodeados de forestales. Ustedes llegan a la carretera y nadie sabe que aquí adentro hay gente. Y uno va al pueblo y le dicen ¿y a dónde viven ustedes ahí? Si uno ve puros árboles”.
Vivir al lado del camino
El rubro forestal es imparable en la región del Bío Bío. Como una gota de aceite, se ha expandido a la novena región y en los últimos años a las regiones del Ñuble y Maule. En la (…)
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