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Un paseo por el oscuro pasado francés

Los fantasmas del Bois de Boulogne

Un escritor recorre el Bois de Boulogne en el 81° aniversario del Día D y descubre que la memoria tiene capas: la Resistencia francesa, los selk’nam exhibidos como animales en 1881, y los niños que hoy siguen muriendo ignorados. ¿Somos hijos del desembarco o de la indiferencia?

Cuando visité por primera vez el Bois de Boulogne, a los nueveaños, no fui a ver el Jardin d’Acclimatation. Recién décadas más tarde me enteré de la oscura historia de ese lugar. Quizá, si el día que me propuso dar un paseo por aquel inmenso parque de París mi papá me hubiera dicho que escondido en algún rincón del vasto bosque había un parque de diversiones con animales y calesitas, habría querido visitarlo.

Pensándolo ahora, creo que fue una decisión deliberada de su parte. Aquel hombre de saber enciclopédico no ignoraba los crímenes y traumas que ocultaba ese lugar, y seguramente no quería abrumar al niño que yo era entonces. Por supuesto no podía saber que dentro del bosque nos esperaba otro capítulo del oscuro pasado francés. Mientras paseábamos por un laberinto de senderos, nos topamos, de pura casualidad, con una gran estela cilíndrica de piedra: el monumento a los fusilados de la Cascada de Bois de Boulogne.

La voz de mi papá se ensombreció: “El monumento de la Cascada. Ah, sí, lo oí nombrar. Conmemora el sacrificio de treinta y cinco jóvenes que…”. Se detuvo, y prosiguió: “Fue después del desembarco, claro, el 6 de junio”. Si mal no recuerdo, después guardó un momento de silencio.

Habíamos llegado a Le Havre a principios de junio de 1951. Mientras nos acercábamos al puerto, mi papá había comentado lo extraño que era estar llegando a Normandía siete años después del “Día D”. Divisábamos a lo lejos la playa de Utah, donde las tropas aliadas habían luchado para poder pisar el suelo francés. “A mediados de agosto, si no me equivoco, todas las unidades de la Resistancia de París recibieron órdenes de prepararse para la insurrección”, dijo mi papá. “Mira”, agregó, señalando los nombres inscritos en el monumento: “Treinta y cinco nombres”.

“Murieron luchando contra los nazis”, aventuré. “Contribuyeron a la liberación de su país”. “No”, respondió mi papá. “Estos muchachos nunca tuvieron oportunidad de combatir. Dos días antes de la insurrección, los capturó la Gestapo en el Bois de Boulogne, en este lugar, y los ejecutó acá mismo. ¿Te gustaría leer sus nombres?”.

Aunque no sabía francés, balbuceé los treinta y cinco nombres de la lista. Y, cuando terminé, mi papá me mostró un roble que estaba ahí cerca, y que aún conservaba la marca de las balas disparadas esa noche. Fue lo que más me impresionó: que alguien pueda estar vivo y que, unos segundos más tarde, esté muerto; que haya causas por las que valga la pena morir, y momentos en los que hace falta correr ese riesgo.

Zoológicos humanos

No sabía lo que me esperaba el 11 de septiembre de 1973. El golpe de Estado en Chile me obligó a esconderme, y después a exiliarme en París con mi esposa Angélica y nuestro hijo de siete años, Rodrigo. No llevé a Rodrigo a pasear conmigo al Bois de Boulogne para ver el monumento. Apenas me acordaba de esa visita de mi infancia, y ninguno de los nombres se me había quedado grabado. Tenía otros muertos en la cabeza, los desaparecidos, en el país del que me habían expulsado.

Pasaron los años, y recién hoy, este 6 de junio de 2025 —ahora que vivo de nuevo en Estado Unidos y vuelvo a visitar París pero, esta vez, con 83 años de edad— me volvió a la cabeza de improviso el monumento del Bois de Boulogne. No tenía (…)

Artículo completo: 1 953 palabras.

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Ariel Dorfman

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