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Una herramienta política

¿Para qué sirven las encuestas de opinión?

Pese a sus recurrentes falencias, comprobadas en todo el mundo, y a su opacidad, las encuestas de “intención de voto” prosperan. Encargadas por los propios candidatos, y celebradas cuando les son favorables, su superioridad se consolida en un contexto en el que los viejos métodos de persuasión –puerta a puerta, volanteadas– así como la proximidad física con los votantes retroceden.

“Si las elecciones fueran el próximo domingo, ¿por qué candidato votaría?”. Tal es la pregunta planteada por las encuestas antes de una elección presidencial, legislativa o municipal, aun cuando todos saben que, salvo excepción, las elecciones no serán el domingo. Con varios meses de anticipación, o incluso más, la operación tiene algo de incongruente. Y, sin embargo, tan problemáticas como inciertas, las encuestas prosperan. Según el recuento de la Comisión de encuestas, en Francia hubo 409 antes de las elecciones presidenciales de 2012, 560 antes de las de 2017 –contando las encuestas relativas a las dos primarias, de izquierda y de derecha– y 467 antes de las de 2022. Las encuestas de opinión representarían menos del 15% del volumen de negocios de las empresas de sondeo –aquellas sobre las intenciones de voto, aún menos–, pero están al frente de la escena.

Cajas negras

La historia de las encuestas comenzó con la elaboración de las técnicas estadísticas que permitieron, a fines del siglo XIX, construir muestras representativas, pero las elecciones contribuyeron altamente a su éxito. Estas permiten una suerte de puesta a prueba, confrontando las estimaciones con los resultados reales. Gallup parece ser el pionero en Estados Unidos, seguido por otros, como la Sofres en 1965 en Francia –con aproximaciones y fracasos evidentes–. En 1936, la encuesta fundadora de la nueva industria llevada a cabo por George H. Gallup subestimó el resultado de Franklin D. Roosevelt por 5 puntos. En 1948, la misma encuestadora anunció –erróneamente– la derrota de Harry Truman. Estos traspiés fueron olvidados.

Hubo que esperar hasta fines del siglo XX para que nos preguntáramos acerca de la caja negra de la que salen los impecables porcentajes. Las tasas de indecisión resultan muy elevadas –menos de 350 personas responden que irán a votar, sobre una muestra de 10.000 encuestados–; las muestras, cada vez menos representativas —más de 10.000 llamadas telefónicas son necesarias para obtener 1.000 encuestados; las muestras casi no cuentan con votantes entre los más jóvenes, los más humildes o los que tienen menos títulos–, pero sobre todo las encuestadoras corrigen sus datos llamados “brutos” sobre la base de criterios completamente opacos. En torno a los años 2000, algunas empresas de sondeo duplicaron sus intenciones de voto a favor del Frente Nacional (FN); otros las triplicaron, dado que sus votantes habían subdeclarado esa opción.

Tras una larga lucha, en 2016 los legisladores impusieron la publicación de los criterios de ajuste de los resultados brutos. Pero las empresas de sondeo se permiten hacer otras correcciones, a discreción de los directores de los departamentos de “opinión”: un juego de manos o una intuición basada en el estado de ánimo del momento. En la práctica, el método, o la ausencia de método, siguen siendo confidenciales –por lo tanto, “no lo suficientemente auditables”, como lo constató recientemente una comisión de investigación parlamentaria–.

Engaños y desengaños

¿A título de qué las encuestadoras se arriesgan hoy a hacer encuestas preelectorales con mucha anticipación, acerca de una situación incluso más hipotética por el hecho de que la fecha límite es distante? Dado que las preguntas siguen siendo las mismas y la técnica de corrección también, todavía se habla de “intenciones de voto”. A pesar de ello, si bien podemos concebir intenciones formadas poco antes de una elección, ¿qué veracidad tiene esto mucho tiempo antes, cuando los encuestados ignoran quiénes son los candidatos? Por lo demás, mientras menos votan los electores por “marcas” políticas estables –como tendían a hacerlo cuando, para resumir, la competencia electoral enfrentaba a comunistas y socialistas con liberales y gaullistas–, más difícil es proponer opciones.

Poco importa: si todavía se ignora el nombre de los candidatos, se les proponen hipótesis alternativas –a menudo cinco o seis– a los encuestados. Así, la reciente encuesta de Odoxa para Public Sénat [el (…)

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Alain Garrigou

Profesor de Ciencia Política de la Universidad París-Oeste Nanterre-La Défense. Coautor, junto a Richard Brousse, de Manuel anti-sondages. La démocratie n’est pas à vendre!, La Ville brûle, Montreuil-sous-Bois, 2011.

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