La toma de la ciudad de Al-Fashir por las Fuerzas de Apoyo Rápido el pasado 26 de octubre y los abusos que la acompañaron recordaron a los medios de comunicación occidentales la existencia y la intensidad de la guerra civil sudanesa. A menudo presentado como el resultado de una rivalidad entre dos jefes militares y sus facciones, el conflicto también interesa a potencias extranjeras, que buscan sacar provecho manteniendo la dinámica del enfrentamiento.
Desde el 15 de abril de 2023, entre batallas con armamento pesado, destrucción y vejaciones contra la población civil, Sudán se fue desintegrando en una guerra civil total en la cual la población paga el precio más alto. El conflicto enfrenta a las tropas de las Fuerzas Armadas de Sudán (FAS), dirigidas por el teniente general Abdel Fattah Abdelrahmane Al-Burhan, dirigente de facto del país, contra las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), lideradas por el general Mohammed Hamdan Daglo, conocido como Hemetti. Sin embargo, estos dos hombres no siempre fueron enemigos. En octubre de 2021, derrocaron al gobierno civil nacido de la caída de la dictadura del general Omar Al-Bashir, quien a su vez había llegado al poder mediante un golpe de Estado en junio de 1989. Al-Burhan, que era el jefe del ejército regular, se convirtió en presidente del Consejo de Transición, mientras que Hemetti asumió la vicepresidencia. La entente entre ambas facciones finalmente duró apenas un año y medio, mientras cada parte se preparaba para el ineluctable enfrentamiento (1). Al cierre de esta edición, el llamado gobierno de transición controlaba el norte, el centro y el este del país, mientras que las FAR, que multiplican sus ofensivas contra las posiciones rivales, controlaban el oeste y algunas partes del sur.
Atrocidades documentadas
Según estimaciones de Naciones Unidas, hubo más de 150.000 muertos desde abril de 2023 y casi 13 millones de personas desplazadas, 4 millones de las cuales se refugiaron en países vecinos. Como consecuencia de los combates, la hambruna hace estragos y amenaza a 25 millones de personas de una población total de 36 millones. Pese a algunas iniciativas de mediación, ninguna de las partes parece proclive a aceptar una tregua duradera. En noviembre, después de 18 meses de asedio, la ciudad de El Fasher, capital de Darfur del Norte, cayó en manos de las FAR. Imágenes atroces de masacres, torturas y ejecuciones de civiles llegaron al mundo entero a través de las redes sociales. Darfur es el nuevo “epicentro mundial del sufrimiento humano”, declaraba entonces Thomas Fletcher, secretario general adjunto de asuntos humanitarios y coordinador de los socorros de emergencia dentro de la ONU, después de una visita de 10 días a la región (2). “Según los testimonios que pude recabar, El Fasher es esencialmente una escena del crimen”, agregó Fletcher durante una videoconferencia donde mencionó ejecuciones de carácter étnico, violaciones colectivas, secuestros extorsivos y la desaparición de niños. Estas atrocidades fueron documentadas por agencias de la ONU presentes en el lugar y corroboradas por análisis de imágenes satelitales realizados a principios de noviembre por expertos de la Universidad de Yale.
El 24 de noviembre, las FAR anunciaron una tregua humanitaria unilateral de tres meses, un día después de que las FAS rechazaran una propuesta internacional de cese el fuego formulada por el “Quad”, que agrupa a Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Arabia Saudita. Pero ese mismo día, las tropas de Hemetti lanzaron su segundo asalto sobre la ciudad de Babanusa, en Kordofán, en el centro del país. El 2 de diciembre, este estratégico nudo ferroviario cayó en manos de las FAR. Ahí también se cometieron atrocidades múltiples. Las masacres perpetradas contra la población de ambas ciudades arrojaron una cruda luz sobre la violencia que tiene lugar en Sudán. El país terminó por tener derecho de ciudadanía en los medios occidentales, especialmente cuando la Corte Penal Internacional (CPI) recordó que había abierto una investigación sobre los actos cometidos por las FAR que “podrían constituir crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad según se deriva del Estatuto de Roma” (3).
Sembrar el terror
Durante la captura de El Fasher, los soldados de las FAR no ocultaron su ambición de eliminar a los aproximadamente 300.000 civiles que todavía permanecían en la ciudad, alegando que habían colaborado con el enemigo. Con la publicación de videos extremadamente violentos de torturas y ejecuciones sumarias, las tropas de Hemetti lograron sembrar el terror entre la población de las zonas asediadas, pero también, y sobre todo, dentro de las FAS. En este sentido, parecen inspirarse en la estrategia mediática de la Organización del Estado Islámico (OEI). Recordemos que la “Yihad 2.0” del ISIS logró sembrar el pánico en las filas del ejército iraquí, cuya desbandada allanó el camino para la captura sin combates de la ciudad de Mosul. Mediante la guerra, las FAR apuntan a tomar el control de todo el país. De este modo, el teatro de operaciones militar sudanés implica diversas facetas. Si bien la atención mediática se focalizó en Darfur –donde el próximo gran enfrentamiento probablemente involucre a la ciudad de El Obeid–, también hay intensos combates en las llanuras al norte de Kordofán y al oeste de esa provincia. Para ambos bandos, la victoria sólo puede ser total, y bajo ningún (…)
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